Augurios. Por Carlos Feuerriegel

Cicerón fue una de las personalidades más importantes de la historia de Roma. Político y filósofo, vivió sus últimos años inmerso en las turbulencias de la guerra civil que anunciaba el fin de la República y el advenimiento de la Roma imperial. Para Cicerón dos eran los fundamentos que habían hecho grande al Estado romano: los augurios y el Senado. Veinte siglos más tarde, otro filósofo, Ortega y Gasset meditaba en nuestra Hispania  sobre la significación de esas palabras de Cicerón (1). Unas y otras vierten mucha luz sobre este tiempo presente.

Sabido es que los romanos, como otros pueblos de la antigüedad precristiana veían en determinadas señales de la naturaleza una expresión de la voluntad de los dioses. Lo de menos es la técnica interpretativa de cada momento, lo importante era y es, la convicción que subyacía, y ésta es la creencia en la existencia de una realidad que no es perceptible con la razón y que ejerce un imperio sobre el orden del mundo. 

El hombre debía comportarse responsablemente en todos sus actos, consciente de la existencia de ese orden; el hombre formaba parte de ese orden, estaba subordinado a él y en modo alguno podía permitirse obrar de espaldas a esa realidad ininteligible, pero de presencia constante y absoluta.

De todos es conocida la expresión, todavía usada, de “pagar religiosamente” las deudas que uno tiene, es decir, con puntualidad y exactitud, tal y como dice el diccionario de la RAE. Respetando las reglas existentes que rigen en estos asuntos mundanos.  Y ese es precisamente para Ortega y Gasset el sentido original de la palabra “religioso”, aquel que respeta las leyes  no escritas que rigen el orden del mundo. Lo contrario es ser negligente, comportarse  sin cuidado hacia esas leyes.  Evidentemente, esta visión del mundo ni coloca al hombre en el centro, ni deja en su mano el cetro del mundo.  Es la verdadera representación del infierno para el hombre moderno.

Desaparecidos los dioses inmortales y sus leyes eternas, los últimos siglos en nuestras sociedades ilustradas solo han conocido un poder exterior desafiante a nuestra voluntad: la naturaleza. Entendida como algo ajeno a nosotros y que no solo se puede dominar, hacerlo es un verdadero imperativo. A nuestro alcance de manos de la ciencia que se antoja omnipotente. Nada hay que se escape a la acometida de su razón, y aquello que lo hace, carece de realidad, no existe.

Más allá de la vida, la ciencia nada puede ver. Ante nosotros el terror del vacío y la muerte, la antítesis de la vida. Todo lo que nace debe morir, era una de esas leyes reconocidas por aquellos que creían en los augurios. Pero es una creencia que no forma ya parte de nuestros anhelos.  Estamos en guerra con la naturaleza y el lenguaje bélico ha saturado los noticieros del tiempo pandémico. Los virus son naturaleza, traen la muerte, deben ser vencidos, pueden ser vencidos. De manos de las vacunas, hijas de la ciencia.

 Las nuevas tecnologías, con la herramienta del ARN mensajero, nos permitirán vencer el cáncer, evitar el envejecimiento, alargar la vida, que a través de vidas virtuales como las esbozadas por los apóstoles de este siglo, veáse al Sr Zuckerberg y su metaverso, de hecho, nos harán inmortales.  En una pantalla, en una nube.

Todos los síntomas de degeneración de nuestra naturaleza humana que estamos contemplando y sufriendo en esta pandemia son una manifestación de esta demencial, prepotente e infantil empresa bélica en la que nos hemos embarcado contra la naturaleza, fuera de nosotros y en nosotros mismos.  

Porque declaramos la guerra a nuestra naturaleza cuando aceptamos que sólo las vacunas, falsas vacunas, conceden la inmunidad, olvidando que la inmunidad natural es anterior a esas vacunas. Porque nos declaramos la guerra a nosotros mismos cuando nos enmascaramos aún en la mayor de las soledades.  Es una imagen que lo dice todo y derriba de antemano  cualquier pedestal al que el hombre moderno desee encumbrarse.  Hoy ya debemos protegernos hasta  de nosotros mismos. Verdaderamente, como dioses, no parecemos dar la talla, por más que nos pongamos de puntillas.

 Nos hemos convertido en seres atenazados por el miedo, dispuestos a darlo todo por una certeza y un cobijo. La certeza de que la ciencia nos salvará, el cobijo de sentirnos pertenecientes a la mayoría que obedece y baja la cabeza. Mucho es lo que entregamos y nada lo que recibiremos. Cicerón no se equivocaba al decir que los augurios eran uno  de los pilares de Roma. Nosotros sí lo hacemos al no reconocer  que la vida se rige por leyes intuidas que debemos respetar y que son precisamente las que  llenan de sentido la vida conocida.

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