Olvida tus genes, no van contigo. Reemplaza tus hormonas, la farmaindustria te echará una mano. Recrea tu cerebro, no te faltarán psicólogos puestos al día que te echarán la otra. Leyes, juicios y condenas harán el resto para despejar el camino hacia donde tú quieras llegar. Coge el pico para derribar, cemento, pastera y paleta para construir y levanta el edificio de tu sexo legal sin olvidar colocar la bandera cuando completes el tejado. Por supuesto, la del arco iris, que todas las demás son trapos hijos del arraigo y el fanatismo. Negruras que no van contigo.
El mismo espíritu de los tiempos que nos llama a seguir a la ciencia, se detiene pudorosamente cuando se acerca a nuestro cerebro humano. Los mismos ecólogos de saldo que salivan ante la maravilla de la unidad de la vida, echan el alto y reclaman la excepcionalidad humana, relegando la biología al baúl de los recuerdos ante la determinante prevalencia de las construcciones sociales, introduciendo una cuña disolvente entre la una y las otras.
Contamos a los primates entre nuestros parientes más cercanos, pero al contrario que todos esos hermanos de nuestra aventura evolutiva, nuestros cerebros carecerían de dimorfismo sexual. Solo en nuestra especie humana no existiría un cerebro femenino y un cerebro masculino. Una “mágica” ruptura se produjo en el camino: con dificultades racionales para explicarla, pero con todo el poder del argumentario del Gran Reinicio biocida que decreta esta ruptura como el único pensamiento admisible y administrativamente sancionado. Cualquier otra explicación es abiertamente herética.
Las mismas cabezas que en España ridiculizan el que en los Estados Unidos de Norteamérica la enseñanza de la teoría creacionista sea moneda común en no pocos de sus Estados, sin problema alguno nos introducen el creacionismo progresista por la puerta de atrás. Recuerdan un poco a aquel incorruptible Robespierre que, tras derribar los altares de la iglesia romana, organizó la tragicómica procesión en honor del Ser Supremo en el centro del Paris revolucionario. Nuestros progresistas del sexo como construcción social -género, en uso de germanía- creen devotamente en una historia evolutiva a modo de escalera, con nuestra especie ocupando ¡cómo no! el penúltimo peldaño. El último no, que este se reserva para el transhumanismo, todavía en la cocina de los mismos chefs de la progresía, pero cuyos aromas ya nos van llegando hasta la mesa de los invitados a la farsa. El pobre Darwin quizás se sorprendiera de que a estas alturas no hayamos todavía comprendido que la evolución de la vida no adopta la forma de una quimérica escalera, sino la de un potente y hermoso arbusto con infinidad de ramas y una especie perfectamente adaptada a las condiciones en las que evolucionó en la punta de cada rama. Ya se llamen Alberto o Laura, abejorro o puercoespín, todos ellos son únicos y maravillosos en sus capacidades, en su diseño y en su suficiente perfección. Todos ellos nos llaman a celebrar la vida tal y como es, tal y como debiera sorprendernos si supiéramos conservar la fascinada mirada de los niños.
La falsa imagen de la escalera esconde la idea del progreso y de la meta y nos coloca, a nosotros los humanos, en una liga aparte a la del resto de los seres vivos ¿Cómo sino explicar que en nosotros no valga la ley que vale para todos los demás? La propia vida como fuerza creadora se antoja demasiado pequeña, improbable para llegar a alcanzar cotas tan elevadas como la que nosotros representamos olvidando que, desde esa nuestra altura, somos los únicos seres capaces de negarnos a nosotros mismos, destruir el entramado que nos sustenta y echar por tierra, a ojos vista, cada día, a toda hora, esa misma idea de la meta y del progreso.
Por más que se quemen millones de euros en campañas institucionales para que rechacemos juguetes llamados sexistas, pelotas y muñecas, azules y rosas, la llamada paradoja nórdica proporciona algún que otro quebradero de cabeza a los defensores del cerebro humano sexualmente no diferenciado. La pesada broma escandinava consiste en que precisamente en aquellos países que llevan más tiempo educando en la igualdad desde la cuna y en donde no existe discriminación legal alguna que cierre el paso a la mujer a la hora de realizar cualquier trabajo, los patrones tradicionales de preferencias laborales se siguen manteniendo. Con irreverente, iconoclasta y heterodoxa tozudez. Las mujeres se siguen inclinando por tareas donde la empatía ocupa un lugar principal y los hombres por labores que requieren mayores habilidades técnicas. No existe cultura humana sobre la tierra que no conozca diferencias de este tipo entre labores masculinas y femeninas, debiendo considerar estas diferencias como valores medios que no explican todos y cada uno de los casos.
Los apóstoles del cerebro único, de la excepcionalidad humana, achacan estas incorrectas elecciones laborales de las sociedades nórdicas a que las mujeres “han interiorizado” el modelo patriarcal de sociedad y que será necesario tiempo para superarlo. Antaño, otros sacerdotes recurrían en estos casos al exorcismo para sacar al demonio de tales cuerpos albergadores de semejantes aberraciones. Hoy todavía no se recurre a él. Cabe preguntarse si este modelo patriarcal, omnipresente y que se arrastra desde hace miles, cientos de miles de años, no habrá sido también afianzado por la selección natural actuante durante todo este tiempo, máxime cuando las diferencias entre la psicología femenina y la masculina han servido eficazmente a la supervivencia de la prole y por tanto se habrían visto favorablemente reforzadas por esta fuerza selectiva. Más cómodo, sin embargo, es no hacerse la pregunta, no fuéramos a dar con respuestas incorrectas y peligrosas despertadoras de conciencias.
Es amplia y ruidosa la escuela que niega las diferencias en la mente de hombres y mujeres, libadora de los néctares del llamado marxismo cultural que sacó la lucha de las fábricas para llevarla a las aulas y luego entronizarla en el poder, pero no es seguro que el propio Carlos Marx fuera un devoto de estas ambrosías. Entusiasmado con la obra de Darwin, del que Marx se declaraba un “sincere admirer”, Marx le envió en 1880 a Darwin un ejemplar del primer tomo de El Capital, pidiéndole permiso para poder dedicarle su traducción al inglés. Darwin declinó educadamente la amable intención y la traducción inglesa quedó huérfana de esta dedicatoria. Sus aguados y descafeinados herederos pseudomarxistas no caerán en el mismo error de manifestar esta hoy incómoda admiración. Ni “El origen de las especies” ni los libros de biología reposan en sus mesitas de noche, tiempo ha que fueron desterradas estas lecturas, claro está, en el caso improbable de que la tarea de la demolición de la naturaleza humana les dejase tiempo para tal empeño.