La voz de nuestra madre y el latido de su corazón son los primeros sonidos que percibimos en el silencio de ese mar primordial que es el vientre gestante. Porque el silencio nos habla y a esos dos seres únicos y diferentes les habla de dependencia y fragilidad, pero también de la fortaleza cultivada por su unión. El silencio no dejará de hablarnos durante toda nuestra vida.
Ortega afirmaba que la vida plena de cada hombre requería para su desarrollo el que éste llegara a ser quién realmente es. Que cumpliera con su vocación, pero esta vocación sólo podía ser percibida si escuchábamos a nuestra voz interior. Para ello es necesario poder cobijarnos en el silencio. No es un silencio que nos separa de la vida a nuestro alrededor, por el contrario, es el requisito primero para poder emprenderla con confianza en nosotros mismos, es una invitación a comprenderla, partiendo de nuestra propia comprensión. La demanda fundamental del mundo clásico, el “Conócete a ti mismo” es impensable sin el silencio que nos invita a ello.
El silencio está lleno de armonías pero vacío de ruidos. Las percibiremos si perdemos el miedo a dejar que aquel nos abrace. Ha sido uno de los escultores de nuestro carácter. Nuestros antepasados durante miles de generaciones no llegaron a apreciarlo, tal como nosotros no somos conscientes de nuestro respirar, pero sin silencio y sin aire puro no es posible la vida plena que reclamaba el filósofo y que añoramos en demasía. No estaba racionalmente presente en los pensamientos de los primeros hombres, porque era parte inseparable de ellos. Como la salud, sólo se echa en falta cuando desaparece. Hoy lo echamos en falta y nuestra salud se resiente. No sólo ella.
La infantilización del mundo actual tiene mucho que agradecer al reinado del ruido y la ausencia del silencio. No es posible madurar, poder llegar a ser quienes somos, sin hacer del silencio uno de los compañeros sustentadores de nuestra vida.
El silencio no es enemigo de la conversación, al contrario, no hay conversación ni diálogo edificante que no sea hijo de silencios, con uno mismo, con la infinita sabiduría contenida en el cofre misterioso de los libros.
Cuando camino por el bosque disfruto deteniendo mis pasos, para poder escuchar en silencio el canto del mundo que fascinaba a ese maravilloso creador que fue Jean Giono, el autor del imprescindible “El hombre que plantaba árboles”, bardo moderno de la Galia antigua que cantó a las aguas libres y a los fuegos danzantes. La vida surgió de las aguas, no nos sorprenda que la melodía de las olas siga cautivándonos. El fuego trajo el calor a nuestros hogares y contemplar el hechizo caprichoso de las llamas, hoy como ayer, nos atrapa mágicamente. Un hogar sin un fuego vivo es como una escuela sin maestro y hoy en nuestras casas no hay lugar para este pedagogo de incontables veladas pasadas y también por venir. El maestro que lo fue de muchas personas de mi generación, el recordado Félix Rodríguez de la Fuente, lamentaba que la civilización hubiera alejado el fuego de los hogares, aquel que a ella le dio la vida. Lo echamos de menos como echamos de menos la cultura y las fábulas que se tejieron a su vera.
El fuego en las casas alimentó la imaginación de los pueblos como las pantallas que nos iluminan apagan las luces de nuestro entendimiento.
Cuando los oídos se acostumbran a percibir el ruido de los árboles que caen, se vuelven sordos para escuchar al bosque que crece. La gran noticia, el verdadero evangelio de la creación, es que no nos está vedado el poderlo hacer porque los bosques siguen creciendo.
El poderoso ciclo de la vida desafía a nuestra sordera porque nos conoce mejor que nosotros mismos. Recobremos nuestro poder para escuchar a los bosques, las aguas, las llamas, los vientos y a todo aquel que quiera aportar pensamientos ricos, hijos del silencio, el aprendizaje y la reflexión. Está a nuestro alcance y basta con atreverse a darnos un baño en ese silencio que es la sauna imperecedera que abre todos los poros de nuestra piel.