Alejandría, Davos, Munich

CARLOS FEUERRIEGEL

Hipatia tuvo la suerte de contar con un padre matemático en la Alejandría de hace unos dieciséis siglos. En tablillas enceradas aprendió geometría como alumna y años más tarde sería ella la maestra. Sabía lo que era un ángulo recto, que los ángulos de un triángulo suman 180º y que un círculo tiene 360º. Su sabiduría fue su condena. Acabó lapidada en el año 415 por el celo criminal de una turba de cristianos aleccionados por el patriarca Cirilo, santo varón donde los haya.

Annalena estudió con una pantalla como ama de compañía. Es una criatura de la era digital. Tuvo a Klaus Schwab, presidente del Foro Económico Mundial de Davos y patriarca de la Iglesia del Gran Reinicio como padre espiritual. Annalena no sabe hacer la O con un canuto. Nadie le ha dicho que para trazar un círculo debes acabar donde empezaste, recorriendo en la travesía los 360º de rigor. Hasta las pescadillas lo saben, que gustan de morderse la cola. Annalena, mal que le pese, es alemana y en Alemania no se comen pescadillas. Su alarde de ignorancia no tendría mayor importancia de no ser porque la buena de Annalena es la Ministra de Asuntos Exteriores de su país. Ministra de los verdes ecologistas y verde, por madurar, en toda materia sobre la que ose abrir la boca.

Annalena ignora que fue Prusia, la semilla que florecería en el Estado alemán, la que ya en 1717 introdujo la enseñanza obligatoria, también para las niñas. El primer Estado europeo en hacerlo y uno de los pilares de su prosperidad, desprovisto como estaba de tierras fértiles, climas bondadosos o dominios coloniales. Casi ochenta años de ocupación de Alemania, de concienzudo borrado de su tradición, de pérdida de su soberanía, han convertido a ese Estado en un inmenso patio de recreo donde las Annalenas y Annalenos retozan incansablemente, con el dedo índice moralizante levantado y diciéndole al mundo cómo debe comportarse para poder gozar de su divina aprobación.

Annalena ha hecho un alto en sus juegos infantiles y ha hablado. Lo ha hecho en Munich (1) durante la Conferencia de Seguridad que todos los años en febrero reúne a los amantes de la evanescente hegemonía norteamericana. Flanqueada por el Ministro de Exteriores de la metrópoli, Blinken y por el Ministro de Exteriores de Ucrania, Kuleba, Annalena ha pedido al presidente de la Federación Rusa, “que dé un giro de 360º a su política” para que se pueda iniciar cualquier diálogo. Ni una carcajada en la sala. La audiencia de esta Conferencia está bien adiestrada y sabe que hay carcajadas que pueden ser mal recibidas. Desde Rusia se ha replicado sin perder un minuto, que están dispuestos a atender a la demanda de Annalena.  De fuentes bien informadas ha trascendido que Putin tras girar una vuelta completa en torno a si mismo se ha quedado tal y como estaba al inicio, pero con un ligero mareo que no reviste gravedad.  En los periódicos de medio mundo, el mundo que duda de nuestra superioridad moral, la sabiduría de Annalena ha propiciado algún que otro titular no tan respetuoso como los adocenados escuchantes de Annalena.

Annalena Baerbock, que así se llama nuestra heroína de la diplomacia germana, no es un verso suelto en la escuela de jóvenes talentos del Foro Económico Mundial donde fue instruida en las bonanzas del capitalismo financiero y la cultura de la cancelación. En una promoción anterior a la suya encontramos a nuestro hispánico José María Aznar, natural de Madrid, pero con inconfundible acento tejano cuando un presidente de los EEUU le deja poner los pies encima de la mesa. Justin Trudeau, primer ministro del Canadá, también pasó por esas aulas y la insular Jacinda Arden, primera ministra de Nueva Zelanda. Todos estos pupilos y pupilas tienen algo en común, veneran la guerra inaplazable. Aznar nos enseñó a los españoles que estábamos en guerra en Irak, Trudeau le hizo la guerra a sus propios compatriotas bloqueando las cuentas bancarias de aquellos que salieron a las carreteras con sus camiones para oponerse a la imposición de las vacunas más nefastas hasta la fecha conocidas. Jacinda Arden apretó un poco más las tuercas y levantó campos de internamiento para los positivos al coronavirus tras un test no válido para realizar diagnósticos. ¿Y Annalena? Ella ha puesto la guinda y ha declarado que “estamos en guerra con Rusia”. Toda una lección de diplomacia de quien no sabe hacer la O con un canuto.

Pero ha habido más. En Munich no todo han sido disparates. También ha habido una dosis de reflexión y autocrítica. Así en el Informe Preliminar para la Conferencia (2) se reconoce que la mayor parte de los países africanos, asiáticos y de Sudamérica no están sumándose a las sanciones impuestas por los países de bien contra la Federación Rusa. Es una llamada a actuar ante una situación en la que se está perdiendo el control. Algo tiene que ver en esta decadencia la ineptitud intelectual y moral de nuestros gobernantes. El resto del mundo toma buena nota de ella. Algunos, sin embargo, parecen no enterarse de nada.

Valga para muestra otro botón oratorio de marca. El compañero de tribuna de Annalena en la Conferencia de Munich, el Ministro ucraniano Kuleba, pidió a sus aliados en la guerra, que se le suministraran “bombas de racimo y de fósforo”, que ellos jurarían donde hiciera falta que “sólo se emplearían contra los rusos”.  Palabrita del niño Jesús. El que esas bombas estén prohibidas por un Convenio internacional, al señor ministro no parece inquietarle en exceso. Ellos no son firmantes de ese Convenio, así que, pelillos a la mar. La pobre Annalena tiene que oír esas cosas, ella que militó en contra, no ya de esas bombas, sino de las otras, las convencionales, las de andar por casa. Eran otros tiempos, pero el mismo patio de recreo. Ayer jugaban a la paz eterna y hoy a la guerra justa y permanente.

Hipatia no sembró el odio, pero fue víctima de él. Annalena y sus compañeros de promoción globalista vienen sembrando el odio contra Rusia desde hace meses, sin pararse un solo momento a valorar hasta qué punto la OTAN ha forzado la situación en Ucrania durante no menos de ocho largos años para obligar a Rusia a entrar en ese país. El Secretario General de la OTAN en un momento de honradez y lucidez inesperado lo ha manifestado en una conferencia de prensa el pasado 13 de febrero en la sede de la OTAN en Bruselas:

“(…) la guerra no empezó en febrero del pasado año. Empezó en 2014”

Annalena no se ha enterado. En el este de Ucrania y en la Federación rusa lo han sufrido y lo saben perfectamente. Aquellos polvos han traído estos lodos.

(1) https://www.youtube.com/watch?v=idzg-p2yclY

(2) https://portal.ieu-monitoring.com/editorial/msc-launch-of-the-munich-security-report-2023/400728?utm_source=ieu-portal

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