Carlos Feuerriegel
Un gallo cacarea por la República francesa, un águila sobrevuela por las praderas yanquis y un toro todavía lozano y libre de banderillas se planta por España. ¿Y por Rusia? Depende de la mirada. Los rusos se ven representados en un oso, pera para sus enemigos el oso se trasmuta en la figura de un ogro. Un ser más perteneciente al mundo de los cuentos que al de la zoología viviente, pero que encaja a la perfección con el manto de mentiras con el que desde esta parte de Europa hemos cubierto la realidad de aquel país. Al que se niega a ver el mundo tal como es, más le cabe ver ogros donde únicamente moran osos. Con las inevitables consecuencias que de ello se derivan.
Alexander Solzhenitsin, el resistente ruso contra la Unión Soviética y premio Nobel de literatura, recorrió los restos de su desolado país entre los años 1994 y 1998. Después de que la disolución de la URSS dejara a la Federación de Rusia como su legítima heredera y de que el saqueo interno y las presiones externas redujeran a la miseria a la mayor parte de la población. Todavía albergaba una dosis suficiente de ingenuidad como para sorprenderse de que desde la frecuencia de Radio Liberty, sostenida por los Estados Unidos, se intentara alentar el movimiento independentista en la lejana y despoblada Siberia (1). Sin éxito alguno. Se intentaría en otras regiones de la inmensa Federación. El afán por desmembrar la inmensidad del territorio ruso constituía en aquellos años un sueño acariciado por esos Estados Unidos que se consideraban vencedores por goleada de la guerra fría.
Aquellos eran también los tiempos en los que la terapia de choque recomendada por los sabios occidentales a las nuevas autoridades rusas exigía la venta del patrimonio público y la supresión de los monopolios del Estado. Como el de las bebidas alcohólicas, dando lugar al lúgubre negocio de las adulteraciones y su séquito fúnebre de mortandad asociada, hasta el punto de que la esperanza de vida de la población rusa cayó en 2002 hasta los 65 años, ¡57 años para los varones!, mientras superaba los 75 años para la mayoría de los países de la órbita de los EEUU, teniendo en estos últimos un valor de 77 años.
Al tiempo que el oso ruso, Yeltsin, bailaba borracho junto a un presidente norteamericano muerto de risa, Clinton, el oso pudo seguir siendo oso. Resultaba edificante ver el colapso del antaño peligroso enemigo, pero el desgobierno etílico denigrador del orgullo ruso no aguantó mucho. En la escena apareció el llamado a ocupar el puesto de ogro sin par: Putin.
Se ha hablado mucho de él. Se ha dicho casi todo de él y nada bueno. Pero apenas se ha hablado con él. Mucho menos se han dado a conocer las razones por las cuales su llegada al poder supuso un frenazo a la caída en picado de las condiciones de vida del pueblo ruso. Hoy, cuando el inquilino de la Casa Blanca, el patrón, ha cambiado ligeramente el objetivo de sus invectivas, a los figurantes europeos del vínculo trasatlántico, este sí que indisoluble por ahora, a los campeones de la rusofobia, ellos siempre tan tolerantes, toda esta mudanza les ha pillado con el paso cambiado. La realidad, que nunca se fue pese a ser ocultada, pide ahora abrirse paso a golpe de números y de evoluciones más que dispares.
Entre estas evoluciones destaquemos el alza de la esperanza de vida en Rusia durante la era del ogro. De los 65 años en el inicio de su mandato, a los 73 del año 2023. La mejora contrasta con el descenso de este indicador en los EEUU, de los 79 años en 2019 a los 76 del mismo año 2023. O consideremos los valores de la mortalidad infantil en ambos países. Mientras que en los EEUU en 2022 fue de 5,60 niños muertos por cada mil niños nacidos vivos, en Rusia esta es de 4,87. Quizás esto no nos diga mucho, pero sí que constituye una gran mejora si partimos de que en Rusia en 2003, el valor de mortalidad infantil era de 16,15. En veinte años se ha conseguido reducir casi a la cuarta parte. Mejora en Rusia, frente a deterioro en los EEUU: El ogro no parece haberlo hecho mal en política sanitaria. Algo que difícilmente pasa desapercibido a la población paciente.
Que la sanidad en los Estados Unidos no brille por su eficacia es más palpable si consideramos que estamos ante el gasto sanitario más elevado del mundo, en proporción a la riqueza nacional. Un gasto que tampoco es capaz de evitar que en 2023 se produjeran en el país faro de las libertades, 112.000 muertes por sobredosis, número muy superior al de los caídos en la guerra de Vietnam por parte norteamericana. En Rusia y tras más de veinte años de gobierno del ogro la hecatombe de muertos por alcoholismo del periodo osuno ha podido ser superada. Así, fallecieron 7.316 personas por drogadicción en 2021. Por más que la población rusa es muy inferior a la norteamericana, el contraste es abismal.
La tasa de suicidios en los EEUU y en Rusia, junto a su evolución (por cien mil habitantes) también es significativa:
Año EEUU Rusia
2.000 10,4 39
2.021 14,4 10,7
Nuevamente la tendencia es clara e indica un mejor horizonte para el pueblo ruso y un rotundo deterioro en el caso norteamericano.
Llegado hasta aquí, perseverante lector, no podrás dejar de llamarme la atención sobre el hecho de que en los dominios del ogro la represión es brutal, cotidiana y evidente, lo cual no impide que en el paraíso liberal de los EEUU, el número de personas en prisión supere (por millón de habitantes) en casi un 80% al de presos en cárceles rusas y considerando cifras de 2019 (2). Ya te oigo gritar,¡trampa, trampa!, porque en el caso ruso estaríamos ante presos de conciencia y esta no sería la situación de los EEUU. Para un objetor de la divina izquierda, la advertencia no viene al caso, pues todo delito sería consecuencia de las condiciones socioeconómicas del transgresor y las mismas en poco difieren de la pura opresión política. El objetor de la santa derecha tendrá otra alegación bien a mano. Las cárceles rusas se llenan con los enemigos del afán neosoviético del ogro.
Este afán, sin embargo no existe. Siendo cierto que Putin afirmó que:
“La desaparición de la Unión Soviética es la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”
No lo es menos que añadió que, “quien no lo lamente, no tiene corazón, pero quien la añore no tiene cabeza”. Esta segunda parte es convenientemente olvidada y la afirmación no debe desligarse del contexto temporal en el que se realizó y que son los años de deterioro radical de la vida del pueblo ruso tras la caída de la URSS. Los años de la miseria, los suicidios y el saqueo nacional.
Ojalá sirvan estas líneas para entender el porqué nuestro tratamiento del actual poder ruso no se ajusta a la realidad objetiva, ni mucho menos a la realidad percibida por la mayor parte de ese país. Ojalá también, me den crédito si les aseguro no estar en la lista de beneficiados por regalías del Kremlin. Tampoco de las más generosas de USAID, que creo que no financiaba este tipo de manifestaciones. Ellos estaban a otra cosa y con ella seguirán tras cambiar de nombre.
(1) Alexander Solzhenitsin, “El Colapso de Rusia”, Ed. Espasa Calpe, 1999
(2) Emmanuel Todd, “La defáite de l´Occident”, pgs 240 y siguientes, Ed. Gallimard, 2024