CARLOS FEUERRIGEL
Hay en las ciudades japonesas agradables locales, en los cuales y previo pago, puedes respirar aire purificado, bien condimentado con oxígeno para tus células. Una mayoría de la población urbanita nipona ya no sabe lo que es respirar aire libre de olores y sustancias nocivas. Cierto es, que como complemento a esas inhalaciones facturadas de aires pretéritos, relegados ya al baúl de los recuerdos de la vida diaria, también saben echar mano de la mascarilla protectora debidamente rociada de aroma de cerezos en flor. Ellos se lo pueden permitir, son una de las sociedades más ricas del mundo, riqueza entendida como dinero disponible en el bolsillo. Representan el progreso envidiado, el futuro por alcanzar.
En el Valle de Ayora todavía no nos hemos hecho dignos de tales bendiciones. Pero nos encontramos en el buen camino. Contamos con la guía clarividente del Excelentísimo Ayuntamiento de Zarra y con la complicidad de ese enfermizo sentir generalizado, mayoritario, tan democrático él, que confunde el valor con el precio de las cosas. Y el aire, aquí en nuestra ruralidad acosada, todavía no tiene precio. Razón por la cual carece de valor. Más o menos como el agua que bebemos y con la cual, todavía, hay quien riega. De ella siempre se dijo que cuando iba al río, “se perdía”. Pregúntenles a los de aguas abajo si tiene valor para ellos.
El proyecto para agraciar a esta comarca con un prometedor y gigantesco basurero en los campos de Zarra, es hijo de esa mentalidad ciega a todo aquello que apenas tiene precio y tiene que ser “puesto en valor” como afirman los cretinos graduados en la neolengua. Puestos de trabajo y albricias para las arcas municipales al precio compatible, al parecer irrelevante, de la contaminación de los aires y amenaza a la salud de las aguas. Al fin y al cabo, todo aquel que tenga libres los conductos nasales ya habrá comprobado de qué naturaleza son los aromas de la ribera valenciana cuando apenas rebase el cauce del río Júcar, camino de Valencia. Y en la ribera se puede vivir, incluso son pueblos más ricos, en aquello que tiene precio, que nosotros. Asumamos, nos dicen, el peaje de un aire futuro apestado. Nos acostumbraremos, afirman esos mismos de la “puesta en valor”.
En lo que a las aguas atañe, no son pocos los hogares de este Valle en los que el agua que se bebe, procede, embotellada, de manantiales lejanos. ¿Qué importa que se contaminen las que ya no bebemos y acabarán en el río que todo lo arrastra? Este contratiempo también parece caer dentro de lo compatible. No obstante, hay otra forma de contemplar la realidad.
Frente al pensamiento que tasa y fija el precio de las cosas, se alza ese otro sentido común que nos dice que ni el tiempo es oro, sino vida y que son precisamente las realidades sin precio las que poseen un mayor valor, lastradas con la gran pena de no ser apreciadas hasta que se pierden. No es necesario acudir a la salud para dejar testimonio de ello. O a la entrega desinteresada en favor de la comunidad. Volvamos al aire que respiramos y a las aguas sostén de toda vida, por más que creamos poder darles la espalda.
El proyecto de gran basurero de Zarra, Complejo Medioambiental en el eufemismo de los promotores, es una más de las amenazas a la que ha tenido que hacer frente el Valle, y no hemos andado escasos de ellas. Para el pueblo de Ayora, sin embargo, es crítica y también, irónicamente, lo es para la vecina Zarra, por más que lo ignoren algunos ante el riego monetario esperado. No tanto por lo que pretenden hacer, generosamente mejorable, sino por dónde pretenden ubicarlo y su magnitud.
Si las basuras debieran tener un recorrido mínimo desde donde se producen hasta donde se tratan y acaban vertiéndose, aquí lo tienen máximo. Para alegrar el tránsito por nuestras carreteras y travesías de nuestra población y también de Jarafuel.
Si las basuras debieran tratarse en entornos ya degradados por la misma actividad industrial que los genera, en Zarra lo que se pretende acoger son residuos industriales no peligrosos, aquí se elige un entorno con industria inexistente, rodeado de masa forestal y con un valor todavía alto, tanto natural como de paisaje.
Si las basuras debieran verterse, tras un reciclado y reutilización máximo, lejos de zonas que comprometan la salud de las aguas subterráneas, aquí se monta un descomunal vaso de vertido justo encima de las aguas que abastecen a Ayora, y también a Zarra, circunstancia, esta última, que jamás es indicada en el proyecto. Ausencia que no es gratuita y nos lleva a una brutal constatación: aquellos que defienden que todo tiene un precio, convicción gemela de la confusión entre valor y precio, actuarían coherentemente si llegaran a pagar un alto precio por un estudio que demostrara aquello que para ellos es de alto valor.
El estudio de las aguas que acompaña al proyecto de Zarra, alcanza este alto valor a los ojos de los promotores. Pero falta a la verdad, careciendo de todo valor objetivo y minando totalmente la credibilidad del proyecto de vertedero.
El laboratorio contratado para estudiar la posible afección del proyecto de basurero a las aguas subterráneas llega la sorprendente conclusión de que no existe conexión entre las aguas que se encuentran debajo de la zona del vertido proyectado y las aguas que salen por el minado de Ayora, aguas que Ayora comparte con Zarra desde la década de los años sesenta del pasado siglo.
¿Por qué comparte Ayora esas aguas con Zarra? Sencillamente porque las obras del minado de Ayora, acabadas en 1957 por orden de la Confederación Hidrográfica del Júcar, secaron el manantial de La Hoz, sito en el río de Zarra y que servían para el riego y abastecimiento de esa población. También para la producción de electricidad y el riego en Teresa de Cofrentes. Los autores del proyecto niegan esa conexión más que evidente entre el minado de Ayora y el río de Zarra. Al mismo tiempo afirman que las aguas que hay debajo de la zona de vertido son drenadas hacia ese río de Zarra. El que fue secado por el minado de Ayora. Todavía quedan en Ayora personas, que además de las actas y Órdenes Ministeriales de la época, pueden dar fe de ello. Sin necesidad de realizar costosos estudios hidrogeológicos a petición de parte interesada.
Cuando un proyecto debe sostenerse sobre cimientos tan falsos y evidentes, cabe no solo la sospecha sino la máxima alerta. No debemos dejarnos engañar por más que hagan sonar la bolsa con doblones para acallar conciencias. La consumación del proyecto de basurero de Zarra constituiría una pérdida irreversible para nuestro pueblo. Una pérdida de su calidad de vida, no cifrable en términos económicos pero real y verdadera. No podemos permitirlo y el Ayuntamiento de Ayora a la cabeza, respaldado por la población, debe mover cielo y tierra para el archivo de esta nueva amenaza que supera en mucho a la que paramos en el año 2002 y en ese mismo emplazamiento. Hoy la agresión proyectada es mayor y el pueblo de Ayora debe saber estar a la altura. Está en nuestras manos.