Cuando la pandemia mató nuestra capacidad crítica
7 octubre 2021
A caballo entre la década de los setenta y del ochenta del pasado siglo, “La Clave” , un programa de la televisión pública, la única existente entonces, metía el debate en nuestras casas. La democracia orgánica andaba camino de quedarse huérfana de adjetivo, para quedarse en democracia a secas. Al mismo tiempo, el poder político hacía sus primeros ensayos con las alternancias descafeinadas, cada vez más alejadas de alternativas verdaderas.
Entre los mantras del nuevo régimen, la necesidad de formar ciudadanos críticos capaces de sostener un juicio propio y fundado. Pasados cuarenta años de aquel momento, el balance no puede ser más desolador.
El debate de ideas realmente contrarias, en un espacio televisivo, y ahora hay muchos donde elegir, está tan fuera de lugar como el humo de la pipa de Balbín.
La democracia perdió su adjetivo al mismo tiempo que los pensamientos, paulatinamente iban revistiéndose de uno nuevo: los pensamientos debían ser positivos y las personas, a ser posible, vitamínicas, en oposición a las tóxicas tan poderosas en tiempos pasados. O eso se decía. El futuro tenía que ser radiante, tolerante, sostenible, justo e inclusivo. El futuro de ayer es el presente de hoy. Vivimos plenamente ya en él. No hay lugar para el fracaso y mucho menos para el examen de conciencia. Todo lo que hacemos lo hacemos bien y no existe alternativa a la forma en que lo hacemos . El debate está de sobra y no se le deja oportunidad de manifestarse en parte alguna.
La democracia perdió su adjetivo al mismo tiempo que los pensamientos paulatinamente iban revistiéndose de uno nuevo: los pensamientos debían ser positivos y las personas, a ser posible, vitamínicas, en oposición a las tóxicas tan poderosas en tiempos pasados. O eso se decía. El futuro tenía que ser radiante, tolerante, sostenible, justo e inclusivo. El futuro de ayer es el presente de hoy. Vivimos plenamente ya en él. No hay lugar para el fracaso y mucho menos para el examen de conciencia. Todo lo que hacemos lo hacemos bien y no existe alternativa a la forma en que lo hacemos . El debate está de sobra y no se le deja oportunidad de manifestarse en parte alguna.
La pandemia ya fue derrotada por nuestro gobierno en más de una ocasión, con el añadido de que saldríamos reforzados de ella. Pensamiento positivo elevado a la enésima potencia. Tanto autobombo no ha dejado lugar para que en medio alguno se haya dado voz a las personas que han defendido una forma radicalmente distinta de hacer frente a la pandemia proclamada desde las alturas. Personas o países con una política sanitaria en las antípodas de la nuestra parecen haber desaparecido del globo terráqueo. No existen, porque no deben existir. Los resultados que esos países han obtenido en la protección de la vida y la salud de sus gentes mejoran considerablemente los obtenidos en España o países con políticas similares pero, precisamente por ello, no deben llegar a ser conocidos por los antaño anhelados ciudadanos bien informados.
Afganistán es otro ejemplo de ocultación y negación de la realidad por nuestra incapacidad de hacerle frente. Durante casi veinte años los militares españoles, mandados por los diferentes gobiernos, han adiestrado a la policía y fuerzas de seguridad afganas. Coste en vidas, coste económico. La idea de que éramos ocupantes armados a la sombra del gran ocupante estadounidense no debía entrar en nuestras cabezas . Estábamos allí para llevarles la democracia y quitar el burka a las mujeres. Mentira sostenida durante todos estos años y que el Sr. Biden se encargó de enterrar al afirmar en su discurso a los estadounidenses de hace apenas unas semanas, que ellos no fueron a Afganistán para eso. Y nosotros con ellos. No busquen profundas reflexiones sobre tamaño engaño, Afganistán debe seguir siendo para nuestros gobernantes todo un ejemplo de solidaridad por nuestra parte y de ingratitud por parte del pueblo afgano. La culpa es de ellos, nunca nuestra.
Para la inmensa mayoría de la población, no existe lo que no sale en la pantalla del televisor o del móvil, una y otra en manos de empresas cuyo poder ya quisieran los reyes absolutos de otros tiempos.
Nuestro mundo moderno occidental del pensamiento positivo cosecha derrota tras derrota a la vez que deja en su camino triunfal toda una cuneta repleta de cadáveres. De los otros, pero también nuestros. La incapacidad manifiesta para hacer frente a visiones alternativas del mundo y de la vida le pasa factura a nuestra debilidad de carácter y endeblez de pensamiento.
El mundo virtual de las redes sociales, con su abandono del contacto real y el cultivo de una falsa seguridad entre las cuatro paredes de casa no parece que vaya a ser capaz de alumbrar generaciones con capacidad para revertir la situación actual. Sintomático de todo esto es, por ejemplo, que en las universidades norteamericanas se hayan tenido que crear “espacios seguros”, lugares en los que los estudiantes pueden recluirse cuando son invitados conferenciantes al campus, cuyas ideas chocan con lo que se considerable políticamente correcto. Junto a los espacios seguros, figura la censura y la prohibición, pura y dura, que impida hablar a los indeseables. Todo menos el debate y tener que hacer frente a mensajes que no le refuerzan a uno en su capullo de amistades de Facebook. El argumento sobre el cual se cimentan esos espacios seguros es que esos mensajes incorrectos dañan la salud emocional de los estudiantes, es decir, constituyen una agresión intelectual a la que no quieren ni deben ser expuestos.
Dieciocho personas cada día. Es el número de antiguos soldados norteamericanos que se suicidan. Desde 2014 hasta hoy suman 45.000 muertos. Más que los soldados muertos en combate en Irak y Afganistán desde que esos países fueron atacados por los EEUU . Es el resultado más brutal y nítido del choque entre la ficción en la que creían , el mundo irreal en el que han crecido, y el mundo vivo , directo, palpable, luchador y sufriente que han conocido en sus correrías bélicas. Han visto un mundo alternativo y no estaban, están, ¿estamos?, preparados para ello. La ausencia de la cultura del debate y de la confrontación, perderle el miedo a esta palabra, están en las raíces de esas cifras y este empobrecimiento generalizado de nuestra capacidad de razonar y defender nuestras ideas.
Cada caracol se refugia en su cáscara y toda cohesión social necesaria se esfuma ante la complacencia del poder real, que celebra la inexistencia de cualquier amenaza a su discurso.
La realidad es poliédrica. Las ideas se pulen , refuerzan y prueban en el debate. Desconfíen de todos aquellos que no lo permiten. No buscan su protección emocional, sino su servidumbre
enlace al primer debate científico sobre la pandemia en España