Morir en tiempos de covid. En recuerdo de Pepe, el conserje

Carlos Feuerriegel

Nos veíamos a menudo. Junto a la valla del colegio, él regando los árboles, su acebo, su roble, que tanto cuidaba. Yo de camino a mi casa. Cuando se jubiló dejé de verle en el jardín del colegio, pero pasé a verle en la tienda del barrio que regentaba Viri. Era siempre agradable, cariñoso y su presencia y sus ocurrencias alegraban el momento, ya fuera hablando del tiempo, del campo o de los baños en la Balsa Mayor. Pepe era una buena persona, se intuía aun solo con un conocimiento superficial como el que yo tenía.

No supe que estaba enfermo hasta que un día en la farmacia se habló “de lo malo que estaba Pepe”, relacionando su estado con el coronavirus. Entonces ni siquiera sabía a quién se referían. Luego lo supe. El estado en el que Pepe se encontraba parecía como venido al dedo para seguir alimentando el terror frente al virus. Pepe parecía poder reunir los requisitos adecuados: no estaba vacunado, porque desconfiaba de esas vacunas. Nadie había influido en su decisión, Pepe era un hombre libre.   Ana, su hija, había manifestado dudas acerca de la forma en que se estaba informando sobre el coronavirus. Pepe era un mirlo blanco que no podía dejarse escapar. Pese a quien pese.

Pepe ingresó el día 4 de octubre en el hospital de Almansa, el mismo día en que había dado positivo a un  test de antígenos que se le hizo a él y a su hija. Ella dio negativo. Ninguno tenía fiebre. El mismo día Pepe sería llevado en ambulancia al hospital para seguir su evolución.  En ningún momento su hija se opuso a su ingreso y este se realizó sin incidencia alguna. Falso es que ella se opusiera y que llegara a intervenir la Guardia Civil para hacer posible el traslado. Tanto a Ana  como a sus dos hijos, Jorge y David, se les hicieron pruebas PCR en ese mismo día cuatro de octubre. Al día siguiente, los resultados de las pruebas dieron positivo para los tres. David, el hijo pequeño ya se encontraba confinado en casa, por algún caso en su clase. Jorge se confinó a partir de ese día. Ninguno de los compañeros de su clase dio positivo con las pruebas que les tomaron.  Esto no impidió que Ana recibiera amenazas en el móvil, ante la posibilidad de que su hijo Jorge contagiara a otros niños en la clase. Algo que debiera llevarnos a reflexionar sobre el grado de inhumanidad al que se está llegando. En nuestro pueblo. Por doquier.

Durante los dos primeros días de estancia de Pepe en el hospital, caso positivo de Covid, éste no podía recibir visitas, pero sí hablar por teléfono. Con sus dos hijos y personas del pueblo que le llamaban. A partir del tercer día comenzó la aplicación del “protocolo Covid” con las medidas que allí se contemplan, pero sin llegarse en ningún momento a la intubación. Su estado empeoró y sería llevado a la UCI en donde  pasaría 28 días hasta ser dado de alta como caso Covid.  Pepe a partir de ese momento no era un caso Covid y permaneció en el hospital porque se habían detectado problemas en su hígado ¿Contribuyeron los días en la UCI al agravamiento de estos problemas, el protocolo de tratamiento contra el Covid? No podemos saberlo.

Hacia mediados de noviembre, Pepe fue enviado a Albacete para que le hicieran pruebas encaminadas a saber qué pasaba con su hígado. Se le detectaron piedras y una mancha. A la primera visita le seguiría una segunda y en esta ya se le detectó  un cáncer gástrico. El grado de desarrollo de la enfermedad hacía  inviable una operación.  Ni siquiera una tercera  visita al hospital de Albacete, con medidas para para tratar de aliviar síntomas, pudieron  ser llevadas a cabo.

Pepe se había sentido mal ese verano, un malestar no localizable que fue diagnosticado como de estado depresivo. Se le recetaron fármacos, y a casa. Probablemente se manifestaban síntomas del tumor que ya hacía su camino. Esto no se vio. En un sistema sanitario que desquiciadamente giraba en torno al sol único del Covid, otros males, siempre presentes, fieles anunciadores de nuestra finitud, parecían haber perdido todo su brillo, pero seguían y siguen allí, siguen aquí.

Pepe falleció el 22 de diciembre. Acompañado de su hijo, sabiendo de la cercanía de su hija y de sus nietos. Pepe era creyente y murió en paz, en la paz de los hombres buenos. Lamentaba que no llegara a ver “la verdad”, todo lo que hay detrás de esta pandemia de virus y frialdad, de ausencia de empatía y de miedo desbocado que está quebrando confianzas, afectos y cercanías.

No, nada tuvo que ver que Pepe no se hubiera inyectado las espículas del coronavirus en su muerte.  No, en nada ayudaron las actitudes feroces de algunas madres a  que Ana, también madre y que sacaba adelante a sus hijos con la ayuda de su padre, fortaleciera su equilibrio emocional, que tanto iba a necesitar en esas semanas. Ambos estaban muy unidos desde la muerte de la madre hace ya cuatro años.  Demasiadas muestras de rechazo han estado de más. Demasiados palos de ciego, cegados por el Covid.

Aprender a vivir es aprender a morir. Por miedo a la muerte estamos dando la espalda al aprendizaje  de la vida,  vaciando la vida de contenido e infantilmente tratando de llenarla de tiempo. Pepe trasmitía un saber vivir cercano y cálido. Sin duda también supo morir. Pero muy triste es esta muerte en tiempos de coronavirus y algún día echaremos la vista atrás y nos preguntaremos cómo fue posible. Ese día la verdad que Pepe quería conocer será sabida.

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