No Violes. Por Carlos Feuerriegel

Moisés se subió a una montaña para dictarle a su pueblo que honrara  a sus padres, no cometiera actos impuros y también, por si acaso, que no matara. Por aludidos debían darse, principalmente, los varones del pueblo ambulante por el desierto. Bien necesitado andaba el pueblo de Israel de estos preceptos tan elevados, vista su hoja de servicios, antes y después de la recepción de los diez mandamientos. El antiguo testamento no anda precisamente escaso en actos de violación. Moisés se tomó sus precauciones y grabó los mandamientos en piedra, aun así, serían desobedecidos con la misma facilidad que si hubieran sido escritos en papel, papel mojado.

Nuestro Excelentísimo Ayuntamiento de Ayora sí que los imprime en papel. No  se sube al Montemayor para proclamarlos, de hecho, de no haberme olvidado la bolsa del pan, ni me habría enterado.  Supongo que no debo de haber sido el único.

Muy mal deben de andar las cosas en el pueblo cuando en una humilde bolsa de papel para el pan, el Ayuntamiento de la Villa nos tiene que pedir que “no mires su teléfono, no acosemos, ni peguemos, ni insultemos, ni tampoco, que violemos”. Así como suena. Con respecto a lo del teléfono a duras penas me aclaro con el mío. Yo no sé a ustedes, pero a mi esa bolsa de papel me sugiere varias reflexiones que espero me ayuden a salir de mi asombro e incredulidad.

Imaginen que el Sr. Alcalde o la persona responsable de la Concejalía de Igualdad, les pidiera a ustedes, directamente y sin rodeos, cara a cara, que no insultaran, acosaran, pegaran o violaran. ¿Cómo se lo tomarían? Lo más probable es que lo consideraran un insulto y con ello, precisamente, lo que se nos pide evitar en el mensaje institucional. Los redactores del texto parecen no haber percibido esta contradicción. Desde el momento en que se nos pide es porque se nos considera capaces de ello.

El mensaje, evidentemente, carece de destinatario concreto alguno y por ello no tenemos por qué darnos por aludidos. Nos lo tragamos inconscientemente y damos por bueno que somos potenciales violadores. Como no teníamos bastante con ser posibles agentes infecciosos asintomáticos, ahora también podremos pasar por acosadores, agresores y violadores en espera de víctima propiciatoria. En la escala de nuestro amor propio vamos progresando. Con la ayuda de las autoridades, nos van haciendo cada día más fuertes y seguros de nosotros mismos.  Esto parece  tener método.

Los israelitas congregados al pie de la montaña, sabían para qué estaban allí. Se reunían para escuchar a su guía. Yo no me podía esperar semejante índice levantado de los poderes públicos al comprar una barra de pan. Olvidado aquello de la presunta culpabilidad, entramos de lleno en el amplio campo de la presunta inocencia.

Con la misma ligereza que ayer nos pedían que ahorráramos agua o que no condujéramos después de haber bebido, malos hábitos más que extendidos, ahora nos piden que no violemos. El mensaje es similar, pero la violación es un crimen. No estamos ante hechos comparables y la forma en la que se trata la violación, la trivializa. En lugar de realzar su gravedad, la reduce a una agresión de menor entidad.  El medio empleado, nuevamente, contradice el efecto deseado.

Creo que las mentes fértiles impulsoras de tan moralizante iniciativa, o  no han considerado la carga tóxica y contraproducente que hay detrás de esas exhortaciones o bien intuyen que la mayoría ni siquiera las leerá. Más lo segundo que lo primero o quizás, ninguna de estas dos consideraciones.

Una bolsa de pan no es el lugar para realizar un ensayo sobre la agresión a las mujeres. Cabe esperar, sin embargo, de tan incontable número de organizaciones, pactos de Estado, secretarías generales y demás gentes dedicadas  profesionalmente a luchar contra estas agresiones, que nos digan cuál es la evolución de las mismas en España o en otros países de Europa que llevan décadas de adelanto sobre nosotros en la llamada lucha contra la violencia de género.  Se sorprenderían, pero no hay motivo alguno para la sorpresa.

Una sociedad que todo lo cosifica para comercializarlo después, donde nosotros mismos nos ofrecemos en el escaparate digital diario de las redes insociales, nunca podrá fomentar las relaciones verdaderamente humanas y basadas en la confianza y el respeto.

Naufraga este barco comunitario cuando sus tripulantes aceptamos que se dé por buena una sospecha genérica de culpabilidad hacia una mitad de la población, que en forma directa y concreta jamás consentiríamos. Un verdadero abuso de poder y un insulto a la inteligencia, ejercidos por los autoproclamados guardianes de la virtud. También un reconocimiento velado pero absoluto de fracaso, porque a ningún hombre merecedor de tal nombre debiera pedírsele que no violara. Tener que hacerlo, eso es el fracaso.

Este barco hace aguas y como salvavidas nos tiran una bolsa de papel. No creo que sirva.

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