Los niños también se pinchan

La Asociación Española de Pediatría ha presentado su calendario vacunal para este año 2022. Entre las novedades figura la vacuna antigripal a administrar desde los 5 a los 59 meses y la inyección del preparado contra la COVID desde los 5 hasta los 11 años.

Entre los conocimientos que nos han proporcionado, estos dos años de coronavirus SARS-CoV-2, figura en lugar destacado el hecho de que esta infección discurre en la práctica totalidad de los casos de forma asintomática para los niños en esa franja de edad. Los riesgos de una evolución grave no han sido notificados salvo en los raros casos de existencia de severas  patología previas.  Los riesgos a medio y largo plazo se desconocen por la razón obvia de que no ha discurrido el tiempo suficiente para poderlos determinar, dado el corto periodo de tiempo que ha transcurrido desde los primeros ensayos clínicos. Los efectos adversos más que numerosos, pese a la censura que pretende ocultarlos, entre la población adulta, no permiten sin embargo, presagiar nada bueno.

Beneficios no son por tanto de esperar para  esta nueva  población infantil  que se someterá a los ensayos de campo, y de ciudad, urbanización, aldea, diseminado o extrarradio, que supone inyectarse el ARN mensajero que ahora recomiendan nuestros especialistas médicos pediatras.  Donde no se esperan beneficios, bien cerca se encontrarán los posibles perjuicios. Sin embargo, nuestros pediatras no tienen dudas. Ninguna. Al fin y al cabo, ellos siguen a la ciencia.

Aquí cabe, sin embargo, levantar el dedito, infantil e inocente, aquel dedito que señaló al rey desnudo y que ahora podría señalar a los diferentes caminos que sigue la ciencia.  Por ejemplo para preguntar por qué en Suecia las autoridades no recomiendan la vacunación para esas edades y también por qué en Alemania tampoco se aconseja de forma generalizada para las mismas edades (5-11 años) y salvo que concurran enfermedades graves previas.  De los suecos ya sabemos que nunca han balado con el redil desde el inicio de la inundación coronavírica, pese  a lo cual les ha ido mejor que al resto de los alumnos más aplicados. O quizás, precisamente por ello. Pero, ¿qué decir de los disciplinados y obedientes alemanes? Tampoco lo tienen claro. Mejor aplicar el principio de precaución.

En España no. Aquí no hay dudas. Protejamos a los niños de una amenaza que no es tal para ver si, de rebote, nos protegen a nosotros que tememos más por nuestra deteriorada salud general, que por el futuro de ellos. En esto no hacemos más que seguir las enseñanzas de la historia y de las leyes de la vida: la infancia siempre se sacrificó en beneficio de sus mayores. ¿O era al revés?

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