25 de diciembre. El príncipe Harry se fue de caza.

Podría ser el comienzo de un villancico navideño, pero se trata del saldo final de una contabilidad. Pum, pum, pum. Valga la onomatopeya por los tiros con los que el bueno del príncipe Harry se jacta de haber matado a 25 afganos, en versión abreviada y por no herir la sensibilidad del lector. Este retoño de sangre real afirma en su libro de memorias, anunciado este pasado mes de diciembre, por la Navidad, que para él se trataba de “meras piezas en el tablero”. A las que dio jaque mate.

Harry es el mozo avanzado de la tan distinguida familia real británica, el rompedor de moldes que osa casarse con una plebeya con más sangre negra que anglosajona, pero que no puede negar que es vástago de la real y antaño imperial prole.  La empatía no la mamó en la cuna y no es de extrañar porque su padre, el orejones hoy sentado en el trono, ni siquiera le abrazó cuando le comunicó la muerte de su madre. Tal y como el príncipe nos relata en sus memorias. Algo ya intuíamos que en esa real casa andaban más escasos de la capacidad de amar que los chimpancés de su compatriota Jane Goodall que sin dejar de ser monos nos dieron una lección de cómo se abraza (1), aun cuando por desgracia no escribieran sus memorias.

Lo del abrazo, recordado y echado en falta por Harry unas décadas después, era previsible con mirada retrospectiva. Su señor padre es uno de los portavoces del Gran Reinicio profetizado por el psicópata del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, y en ese antro se llama a abandonar toda muestra de humanidad que no pueda ser expresada a través de la aséptica pantalla de un ordenador. Todo debe ser digital, que bien clarito lo han escrito y lo repiten día tras día.  Dicen que por prevención ante los virus, no te vayas a contagiar. El bueno de Harry se crio en ese ambiente gélido y lo han venido a pagar unos afganos que moraban a varios miles de kilómetros de la gran Gran Bretaña. Nosotros, que estamos más cerca, no debemos preocuparnos porque triscamos en la misma trinchera que Harry y ahora somos de los civilizadores. Los muertos los ponen otros.

No siempre fue así. Otro santo varón, y a la sazón presidente de los Estados Unidos, Teodoro Roosevelt, recordando sus andanzas en la guerra de Cuba, escribía  a su amigo del alma el senador Henry Cabot Lodge :

“¿Te conté que maté a un español con mis propias manos?” (2)

Roosevelt estaba eufórico de su gesta y sus correrías al frente de una unidad llamada “Los rudos jinetes”. Con sus propias manos dice haber matado sólo a uno, bien lejos de la hazaña de Harry. En cualquier caso, nosotros hicimos entonces el papel de afganos. Los Teodoros y Harries el suyo. 

Junto a los muchos Harry de la Gran Bretaña, España también estuvo en Afganistán, civilizando, quitando el burka a las mujeres y llevando a las niñas al colegio. Una lástima que el bobo de Harry haya patinado al resaltar las “piezas” que él mató, haciéndonos olvidar la excelencia de nuestros propósitos en tierra afgana, porque ya saben que la democracia española se defiende en la cordillera  del Hindu-Kush. Hasta que un buen día los amos, los descendientes de Teodoro, dijeron que ellos se iban, que ya habían civilizado bastante, y todos los demás, silbando y mirando para otra parte, dimos también por concluida nuestra benefactora misión. Nos fuimos y a la par nos apropiamos de todos los activos económicos del Estado afgano en el exterior. A modo de ayuda. Para que no nos olviden.

Imaginen cómo se recibe en el mundo no occidental, engañoso término donde los haya, en la temida selva del compatriota Borrell, en los países a los que echamos en cara no sustentar nuestros caros valores, las jactancias del príncipe Harry, la inhumanidad del muy democrático y sostenible rey Carlos. En la selva también tienen internet, televisiones, radio y demás aparatos para difundir y mofarse de nuestra bajeza. Además, en la selva hay chimpancés y dan clases gratuitas de abrazos en horario partido y presencial. Por eso en la selva saben sacar sus conclusiones, que no coinciden con las nuestras. Afortunadamente.

Un año antes de que Teodoro Roosevelt cabalgara sable en mano a la caza de españoles por tierras cubanas, se sinceró con un amigo manifestándole:

“En estricta confidencia, agradecería casi cualquier guerra, pues creo que este país necesita una” (3)

Y tuvo su guerra. Como Harry tuvo la suya y como a nosotros, pobres vasallos del capital de la City de Londres y de Wall Street, poco a poco, nos van metiendo en otra. Esta vez en Europa. Para mayor gloria de los Teodoros y los Harries. Para vergüenza y perjuicio nuestro.

(1)https://www.facebook.com/watch/?v=148510229865030

(2)Henry Cabot Lodge “Selections from the Correspondence of Theodore Roosevelt and Henry Cabot Lodge, New York, 1925, tomo I, pg. 327

(3)Howard Zinn “La otra historia de los Estados Unidos” Ed. Argitaletxe HIRU, S.L. pg 263

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