Las piedras hablan. Por Carlos Feuerriegel

Creo que fue Quevedo el que dijo que deberíamos aprender a escuchar con los ojos a los muertos. Nos hablan a través del paisaje que modelaron, las casas que habitaron o las obras que escribieron. Pero para ello es necesario querer y saber escuchar, un arte tan viejo como la especie y que lleva camino de perderse. Cuando ni siquiera acertamos a conversar con nuestros vecinos, perdidos en apócrifos balbuceos digitales con una pantalla, muy cuesta arriba se presenta la capacidad y la voluntad de hablar con nuestros ancestros. Aquí no hay pantalla que valga.

Los egipcios constructores de pirámides tenían diferentes clases de escritura. Una llana, accesible, abierta al entendimiento general, que conocemos como demótica y que bien podríamos llamar popular. Más conocida nos es hoy, paradójicamente, la escritura egipcia jeroglífica, aquella cuya comprensión sólo estaba al alcance de los iniciados y que adornaban las paredes de las tumbas en un permanente diálogo con el más allá. Los muertos para los que Quevedo pedía atención hoy ya sólo nos hablan con ese lenguaje reservado, indescifrable para nuestro mundo que ha renunciado a la piedra Rosetta necesaria para su entendimiento, y lo que es peor, no tiene la menor intención de buscarla. La curiosidad intelectual pura no se cultiva en el yermo mental en el que a conciencia se nos instruye. El que se siente adulado como anillo mágico, dorado y poderoso, sólo puede sentir desprecio por el humilde eslabón de hierro que garantiza la continuidad de la vida. El necesario diálogo con el pasado forma parte de esa cadena, que no nos ata, sino al contrario, nos da alas.

Goethe en 1770 cometió la travesura de colarse en la gran tienda que el protocolo de la corona francesa y del imperio austriaco habían construido en una isla del Rin, enfrente de Estrasburgo, terreno neutral y frontera entre ambas monarquías. En ella se llevaría a cabo la entrega de la princesa austriaca María Antonieta a la corte francesa y para que se convirtiera en la futura reina de Francia al casarse con Luis XVI. Las paredes del improvisado salón estaban decoradas con tapices traídos de palacios franceses y esos tapices le hablaron al joven estudiante Goethe: representaban las bodas del argonauta Jasón con la princesa Medea. Ejemplo clásico de la mitología griega de un enlace nefasto, acabado en tragedia. La leyenda le anunció al poeta cuál sería la suerte de esa real pareja. Ambos morirían bajo la guillotina veintitrés años más tarde.

Todo cuanto nos rodea nos habla y nos llama a la reflexión. Nos empobrece hacernos los sordos y nos niega a nosotros mismos. Dicen que no menos de cien veces al día un joven usuario de móvil conectado a la red, consulta su pantalla. Asumiendo que dedique ocho horas al sueño, le quedan apenas mil minutos de vigilia diaria, en las cuales debe realizar todas las actividades que solemos realizar despiertos. Unos más, otros menos. Es decir, cada diez minutos esta persona fija su mirada en la pantalla. En estas condiciones es totalmente imposible realizar ningún trabajo que requiera concentración, elaborar ningún pensamiento que exija reflexión y con ello renunciamos a cualquier decisión que requiera de una discriminación razonada. Vedada toda aventura por terrenos intelectualmente ignotos, quedamos reducidos a autómatas que obran conforme a la pautas previamente establecidas, normales, esperadas.  Aquellas que no requieren reflexión ni esfuerzo alguno. Así damos forma al ideal del rebaño para todo aquel que ambicione pastorearnos. Y pastores no faltan, no ya en los montes, sino en las nuevas antecámaras reales. Si millones de años de evolución nos han dotado de un cerebro capaz de elegir, o lo que es lo mismo, inteligente, apenas unas décadas están arruinando este maravilloso logro. Por ello acabamos negándonos a nosotros mismos, a nuestra verdadera naturaleza humana, renunciando a la concentración que necesitamos como el respirar y haciéndonos los sordos frente al discurrir real de la vida del que nos habla todo lo que nos rodea.

Un familiar estas navidades, me habló de un nieto suyo que con sólo un año (!¡) ya era capaz de activar en una pantalla móvil la aparición de dibujos animados. Con ellos quedaba fascinado y sin ellos se negaba a comer. Un año. Apóstoles habrá, y bien pagados, que ensalzarán esta maravilla de precoz inteligencia. No lo es. Al contrario, es una atroz condena para un cachorro humano que se está privando de su relación con el mundo real. Esta relación es el fundamento para su desarrollo mental, emocional, físico. A la sordera de la edad adolescente y adulta, añadamos ahora nuestra ceguera para crear problemas donde no los había y para los cuales echaremos manos de todo un inútil y prescindible gremio de expertos ansiosos por darnos la solución y ganarse la vida. A nuestra costa, por nuestra estupidez.

Nada nos impide recuperar nuestra capacidad de interpretar libre, crítica y autónomamente la realidad que nos rodea y rechazar los platos mentales precocinados, refritos; la narrativa elaborada por aquellos que nos quieren dispersos, atomizados, castrados, ciegos y sordos. Infinitos tapices con Jasones y Medeas se alzan ante nuestros ojos y nos susurran al oído. Reclaman nuestra atención para ser interpretados y ayudarnos en nuestras decisiones de cada día. Escuchémosles.

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