La cultura de la cancelación: la censura de nuestros tiempos.
Finis terrae. Finisterre, el fin del mundo conocido en el galaico extremo noroccidental de nuestra península. Colón, gracias a un tropiezo providencial, nos enseñó que el mundo no se acababa allí; buscando las Indias por el occidente vacío y desconocido dio con América. Había otros mundos.
Ayora, nuestro pueblo, pueblo levantino por asomarse a la parte oriental de la misma tierra ibérica por la cual el sol se levanta cada día. Aquí también nuestra percepción nos engaña, pues el sol ni se levanta ni se pone, que somos nosotros los que giramos en torno a él. Esta afirmación, hoy inocente y siempre verídica, hasta no hace tantos siglos podría llevarle a uno al suplicio. Josué, ese guerrero bíblico del neonato pueblo judío pidió a su dios que detuviera el curso del sol para poder exterminar a fondo a sus enemigos. Josué creía en una tierra inmóvil y su creencia formaba parte de una narración sagrada, palabra de dios para el pueblo de Josué y para los cristianos asentados tanto en el Finisterre como en el Levante.
Creemos que la revolución en los cielos desencadenada por Copérnico tenía como eje la negación de la centralidad de la tierra y la asunción de este puesto por el sol. No es así. La verdadera revolución consistió en abrir paso a la constatación de diferentes centros en el universo. El sol para la tierra, la tierra para la luna, los planetas para sus satélites. La multiciplicidad de centros conduce a la inexistencia de uno en concreto y a la infinitud del universo en contra de la idea entonces prevalente de un universo finito creado por un dios infinito y ajeno sustancialmente a él. Esta era la conclusión, junto a las consecuencias que de esto se derivaban, que sacó el pensador Giordano Bruno en el siglo XVI y que le llevó a la pira en el centro de Roma. Hoy Bruno no sería quemado pero ningún verificador oficial del poder le daría crédito y acabaría cancelado. Sería otro reo más de la cultura de la cancelación.
La irrupción de internet ha hecho posible que desde cualquier rincón se pueda desafiar el discurso oficial del poder, de cualquier poder. Internet no favorece tanto la difusión de falsedades, como la ruptura del monopolio de la falsedad por el poder. Abre vías de agua en este monopolio que el estamento político-financiero se ve incapaz de controlar con sus bombas de achique. Hay que recurrir a herramientas más contundentes y bien acreditadas. La censura tiene que trabajar a destajo. Leyes y más leyes se anuncian para poner trabas a la búsqueda de alternativas en la red al camino reglamentado que se nos presenta como carente de alternativa y de obligado seguimiento.
La explosión de la burbuja especulativa en 2008, la llamada crisis financiera, la locura pandémica de los pasados tres años o la guerra en Ucrania son ejemplos claros de acontecimientos en los que se trata de evitar que una explicación diferente y bien razonada acabe llegando a la población. No se lo pueden permitir.
El pasado año 2022 se celebró el quinto centenario de la circunnavegación del mundo. Una empresa costeada por la corona española, iniciada y capitaneada por Magallanes, pero concluida por Juan Sebastián Elcano. De los 265 marineros que salieron de Palos de la Frontera en cinco naves, sólo 18 volvieron y en una sola nave. Elcano figuraba entre los integrantes de la empresa que se rebelaron contra Magallanes en la costa austral de la actual Argentina. Al igual que los tres capitanes de los barcos rebeldes, de haber ellos vencido, ni siquiera se habría dado con el paso hoy conocido como Estrecho de Magallanes. Se habrían vuelto a España. La muerte de Magallanes en las Filipinas acabaría dando el mando a Elcano, cuya rebeldía había sido perdonada por Magallanes. Elcano completaría la gesta. La victoria tapó su rebelión y la historia fue debidamente reescrita. Aquí, pero no en Portugal ¿Cuál es la versión que debe ser elevada a memoria histórica legalmente establecida?
Al salir el sol sabemos que es la tierra la que se mueve y esta página de Ayora Despierta quiere ser una expresión mínima de ese movimiento y una llamada a dudar de las certezas que nos sirven a toda hora. La duda no como parálisis estéril sino como impulso para alcanzar el horizonte de la verdad, por definición inalcanzable pero no por ello menos anhelado.