CARLOS FEUERRIEGEL
Los más seguros son los de las plazas de los pueblos, esos que hoy estúpidamente reciben el nombre de mobiliario urbano, por más que usted no será capaz de moverlos, raíz de la palabra “mueble”, móvil, que se puede mover. Hay más de una razón para anclarlos firmemente en el suelo. Te puedes sentar en ellos y, bien sujetos, hay alta probabilidad de que no se vengan abajo.
Otra cosa son los bancos que crean el dinero y a través de los cuales pagamos gran parte de nuestras facturas. Estos sí se caen, no siempre con mucho ruido, pero sí con la mayor de las desvergüenzas, incompetencia y descaro. Virtudes todas ellas abiertamente amparadas por el casino financiero gobernante. Valga como ejemplo la quiebra reciente, primera en la lista de espera, del Silicon Valley Bank (SVB) en la California de los emprendedores. El paraíso de la incultura digital con el que sueña una mayoría de nuestra pertinaz cretinez nacional e ibérica.
Tratemos de explicarlo. Desde el atraco financiero de 2008, los bancos centrales de todos los países del eje del bien y entre ellos la Reserva Federal de los EEUU, que no es Federal y propiedad del Estado Norteamericano, sino privada, y nuestro entrañable Banco Central Europeo pusieron al rojo vivo la máquina de imprimir dinero con la finalidad de crear un alza especulativa en el valor de las acciones, solares y patrimonio inmobiliario. También para comprar la deuda de los Estados y sostener sus balances de ficción. La gran cantidad de dinero creado disparó al alza el valor de esas acciones, solares y patrimonio inmobiliario, bienes que son precisamente los que han alimentado el balance de esos bancos y les han permitido presentar cuentas saneadas. A ellas se refieren los gobernantes cuando hablan de la solidez del sistema. Hasta el 2020, esa masa de dinero acababa en el mismo sistema financiero, sin llegar a la economía real. Es la causa del milagro de bolsas siempre al alza en economías en retroceso.
La pandemia introdujo un cambio en estos flujos de dinero. Ahora también llegaba dinero de los bancos centrales, a través de programas gubernamentales, a los hogares y empresas. A la vez que caía en picado la producción de prácticamente todo. Era el inicio de la subida de precios, bastante antes de la guerra en Ucrania. En los EEUU y precisamente en el Valle del Silicio, Silicon Valley, matria de las gigantes de la digitalización, que ellas no pertenecen al patriarcado, los beneficios se acumularon justo gracias a la pandemia. Todos bien recluidos en zulos y cuevas sin asomar el morro a la calle no sea que nos pillara el virus resistente a nuestras sonoras sulfatadas con lejía ¡Quién se acuerda ya! Los grandes beneficios acumulados por los Google, Facebook, Apple, Amazon y compañía fueron en forma de depósitos al Silicon Valley Bank ¿Qué hacer con ellos?, el banco los invirtió en bonos del Tesoro de los EEUU, con una rentabilidad mínima, era el tiempo de interés a ras de suelo, pero segura. Mientras quede papel y tinta, no faltan ni dólares, ni euros.
La inflación que se inicia en 2021 y se dispara en 2022, aquí y en los EEUU, pero no sólo, lleva a los bancos centrales a cambiar su política de intereses nulos o casi nulos. Empiezan a subir y subir. Con ello sube la rentabilidad, el interés que se obtiene comprando nuevos bonos del Tesoro, en los EEUU y aquí, en la UE. Los bonos comprados en 2020 ya no valen lo que valían cuando se compraron. En el balance de los bancos, como el SVB, figuran con ese valor inicial y ya irreal en el caso de que se pusieran a la venta. Los nuevos bonos ofrecen más interés, son más rentables y son los buscados ahora por los inversores ¿La consecuencia?, las mismas empresas digitales que llevaron sus beneficios plandémicos al SVB retiran ahora sus fondos para invertir en los nuevos bonos. Para devolverles sus depósitos, el SVB debe vender los bonos viejos, los depreciados. Esa venta acarrea pérdidas dado que los depositantes tienen que recobrar el valor íntegro de sus depósitos y la venta de bonos depreciados no permite llegar a ese volumen de capital. El banco SVB debe recurrir a su capital propio, pero este es insuficiente. El banco está quebrado. En esta situación se encuentra prácticamente todo el sistema bancario, aquí y allí. Todos tienen sus balances repletos de bonos depreciados. El problema sólo surge cuando deben venderlos para hacer frente a retiradas masivas, por grandes inversores, de los depósitos. Punto, pero no final.
El SVB se presentaba como el banco de la inclusión, la paridad y la diversidad, DEI por sus siglas en inglés (Diversity, Equity and Inclusion). En consonancia con su clientela del mundo digital que ha estado y está a la vanguardia de la censura brutal operante en todos los medios que controlan y en complicidad absoluta con el gobierno de los EEUU y nuestra querida Comisión Europea. Los grandes inquisidores que quisieran reglamentar hasta el lado del que dormimos en la cama, no son amigos de que la chusma mire en sus intimidades. Y con razón. El SVB, desde abril del 2022 hasta enero del 2023 tuvo sin cubrir en los EEUU, en su sede central, el puesto de Responsable de Gestión del Riesgo, es decir del control de sus cuentas. Con anterioridad, ese puesto lo ocupó una mujer, Laura Izarieta. Desde enero del 2023, otra mujer está al frente, Kim Olson. A ella le ha tocado vivir la quiebra. Del gusto de la parroquia canceladora, debe de ser que mientras la vigilancia del riesgo bancario quedaba desatendida, la persona al frente del puesto de responsable de prácticas inclusivas, paritarias y de fomento de la diversidad, hacía horas extras. A su frente Angela Morris Lovelace (1), vigilante de evitar cualquier desvío patriarcal o no paritario en el banco. Es decir, del husmeo en las camas ajenas y en los pensamientos profundos.
La obsesión del SVB con la moralina inclusiva, igualitaria y diversificadora no se quedó al otro lado del océano. Cruzó los mares como Moisés y se plantó en la Gran Bretaña con sus nuevas Tablas de la Ley. En la divina Albion, otra responsable del control del riesgo de las cuentas de la entidad, Jay Ersapah (2), sacaba tiempo de tanta deficiente supervisión para dedicar sus esfuerzos mentales a la instauración en la empresa de toda una campaña de celebración del orgullo gay en la compañía y con una duración de apenas un mes con sus treinta días. Sus iniciativas llenaban de orgullo arco iris a la compañía, pero no consiguieron mejorar en nada su gestión. No se puede estar en misa y repicando habrían dicho por estos lares.
Cierto es que, en todo este tiempo, el SVB habrá llegado a saber cuáles son los hábitos sexuales de su personal, si alberga ideas heterodoxas o se ha saltado algún pinchazo espicular, pero parece no haberse enterado del estado de sus balances. No es la mejor tarjeta de presentación para un banco. Tampoco para un sistema. Porque la política del SVB hace escuela en el mundo financiero. Incluso en la tranquila Suiza de los chocolates y las cuentas discretas. Véase sino a otro alumno ejemplar de la clase: Philip o Pippa Bunce, director senior del Credit Suisse, la entidad que tímidamente se acaba de hacer con 50.750 millones de euros del Banco Central suizo para no echar el cierre. El señor/a Bunce se declara de género fluido. No, no está en la ventanilla, ni se ocupa del cajero bloqueado, pero un día se presenta de señora aderezada y otro de varón ejecutivo. Sin desechar corbata y con la misma sonrisa blanqueada, marfileña, en uno y otro caso (3). Al menos en esta ocasión, el sistema bancario nos asegura la liquidez, la del Sr/Sra. Philip/Pippa. Ciertamente no es la liquidez que usted desearía. Aquella era un liquidez rancia, felizmente superada y hace tiempo que dejó de contar para un sistema financiero por naturaleza hostil a la vida en sus fundamentos. La seguridad de los ahorros no es prioritaria; bastante tienen con la imposición de sus fantasías de resaca canceladora. Ellos, ellas y elles en la cúspide del sistema y en su quiebra.

(1) https://www.svb.com/profile/angela-morris-lovelace
(2) https://www.shethepeople.tv/news/jay-ersapah-silicon-valley-bank-collapse/