El pecado mortal del delito de opinión
CARLOS FEUERRIEGEL
Casi tres siglos nos separan de los dolores del parto del llamado “siglo de las luces”. Diderot y D´Alambert con su Enciclopedia junto a Voltaire o Rousseau con sus escritos vitriólicos el uno e idílicos el otro, todos ellos acunados en la borbónica Francia, defendieron el encumbramiento de la razón y la rebelión contra la obediencia al dogma eclesial. La revolución de 1789 bebió de sus escritos y con la filantrópica ayuda del doctor Guillotin aplicó el afeitado nacional a los mismos parteros de la revolución. La revolución se ahogó en sangre y a la sangre decretada por la Convención le siguió la sangre sembrada en los campos de Europa por las guerras napoleónicas. Es la versión ortodoxa, la más divulgada de la Ilustración y sus frutos, pero no es la única. Hay otra, pero no encaja en la corrección política del presente, pese a la marra de sangre.
La revolución francesa de 1789 abolió los juicios por herejía y por brujería, pero ya setenta años antes estos procesos habían sido eliminados en la pequeña, pobre y recién nacida Prusia. En España tardaríamos un poco más y la última ejecución por delito contra la fe tuvo lugar en 1826 y en la ciudad de Valencia. Desde principios del siglo XVIII en Prusia, filósofos, matemáticos y sacerdotes protestantes influyeron en la recién establecida monarquía prusiana para que esta impulsara la alfabetización de la población, sin distinción de clases e incluyendo a las niñas, un verdadero mirlo blanco en la Europa de entonces. Estos ilustrados de primera hora se expresaban en alemán, mientras que la lengua culta de entonces era el francés y francés, no alemán, se hablaba en la corte de Prusia. Voltaire llegó a conocer las obras de Christian Wolff y Christian Tomasius, los defensores de la necesidad de cultivar el pensamiento crítico sin caer en el rechazo al sentimiento religioso, gracias a la traducción al francés de sus obras encargadas por el propio rey Federico II de Prusia, con el que Voltaire mantuvo una relación epistolar durante muchos años.
Immanuel Kant, el filósofo alemán de Königsberg, la actual Kalinigrado en la Federación Rusa, navegó en la estela de los reformadores anteriores y nos dejó una máxima y una exhortación sublime: que nos atreviéramos a saber, que hiciéramos uso de nuestra capacidad de razonar para esforzarnos por conocer la verdad y construir nuestra verdadera naturaleza humana. Este noble imperativo está hoy en retirada y con él, el fundamento de una Ilustración que no alimentó veneros de sangre, pero sí quiso enriquecer al hombre. Esta Ilustración, por el lugar de su nacimiento, Prusia, está condenada a permanecer en el olvido.
Dos ejemplos claros me vienen a la cabeza para ilustrar esta desoladora realidad de la agonía del pensamiento crítico en nuestros días, en la era de la información que es manipulada y del conocimiento que está prostituido, junto a una ficción de conectividad que no puede ocultar un desierto de estériles soledades. El primer ejemplo es la foto fija de la Historia decretada por los Estados, que pulen en sus blasones el lema de la libertad de pensamiento y expresión, y el segundo, la caquexia intelectual generalizada a la hora de reflexionar sobre las enseñanzas del coronavirus.
Claudio Sánchez Albornoz fue un gran medievalista español, ministro en la II República y exiliado en Argentina, su segunda patria, hasta su regreso a España tras la muerte de Franco. Hacia los años cincuenta del pasado siglo y viviendo en el exilio, escribió una de sus grandes obras: “España, un enigma histórico” (1). Uno de los capítulos de esta obra está dedicado a la contribución de lo judaico en la forja de lo hispano. Con la erudición que le es propia, apoyándose en estudiosos del mundo hebreo medieval español y también en fructífera confrontación con las tesis de otro historiador, Américo Castro, Albornoz expone las raíces del enfrentamiento multisecular entre ambas poblaciones, la cristiana y la judía, en la España de aquellos siglos y que desembocó en la expulsión de los judíos en 1492 por los Reyes Católicos. Albornoz defiende la medida y, sin negar su dureza, opina que esa expulsión debiera haberse producido antes, como en el caso de Francia o Inglaterra. Leyendo su exposición me pregunto hasta qué punto, hoy, en el año 2023, Sánchez Albornoz podría seguir publicando su trabajo sin caer en el pecado mortal del delito de opinión. Sin tener que verse abocado a las múltiples denuncias de malsines celadores del buen pensamiento.
Albornoz no hace penitencia por la intolerancia de sus, nuestros antepasados. No pide perdón. Afirma que las cuentas entre ambas comunidades “están saldadas”. ¿Podría sostener esas afirmaciones sin ser acusado de antisemita y decretada su muerte civil? Debiéramos preguntarnos hasta qué punto hoy es posible atreverse a investigar sobre cualquier asunto si se llega a conclusiones que no encajan con la foto fija de la Historia establecida por el poder político del momento. La Historia del pasado no puede ser escrita cuando no es posible divorciarse de las pasiones del presente. Aun menos cuando estas pasiones reciben sanción legal. Muere toda posibilidad de conocimiento científico cuando este deja de ser entendido como un proceso dinámico. Para Albornoz, como debiera ser para cualquier historiador, la Historia está continuamente sometida a revisión, no sólo por un mejor conocimiento de los hechos, acceso a fuentes ocultadas y ganancia de perspectiva que atempera las pasiones cegadoras, sino también porque ésta es hija del tiempo en que se vive y de los hombres que la escriben inmersos en él. Decretar cuál debe ser el correcto tratamiento de un acontecimiento histórico es negar la disciplina de la investigación histórica. Es una vuelta a los dogmas que la Ilustración se propuso derribar. No hay investigación posible si los resultados obtenibles vienen prefijados.
No de menor calibre es la debacle de la razón y de ese “atreverse a saber” en nuestro tratamiento de la pandemia y de las vacunas que, se supone, nos han sacado de ella. Los enciclopedistas franceses y los ilustrados prusianos andarían más que compungidos con el desolador panorama que ofrece la humanidad que canta las glorias de la inteligencia artificial al mismo tiempo que entierra a la natural. Esta última sólo consume energía en forma de glucosa para nuestros cerebros y ayuna ascéticamente de toda corriente eléctrica. La inteligencia natural que no deja huella de carbono ni eruptos de metano. La más sostenible y la más indeseada.
Por los siglos de los siglos quedarán al alcance de toda persona que quiera conocerlos, los datos de los ensayos clínicos publicados por las empresas comercializadoras de las pócimas vacunales, como Pfizer y Moderna (2). También los datos de efectos adversos graves, o miocarditis, o muertes notificados al sistema norteamericano de alertas para documentar estas incidencias (Sistema VAERS). Los de Pfizer y Moderna dicen bien alto y claro, que los perjuicios superan a los beneficios cuando uno se aplica la inyección. Los datos del VAERS, y pese a que recogen una mínima parte de los efectos graves adversos realmente registrados por las propias deficiencias del sistema de avisos, en cualquier otro medicamento ya habrían conducido a la retirada inmediata de esas mixturas de ARNm. Pero no en este caso. Un manto de silencio se ha desplegado sobre estas realidades que no merecen la atención de prensa ni televisiones. Tampoco de los médicos, miles, cientos de miles que, teniendo a su alcance todas esas evidencias, siguen callando con la muy honrosa excepción de profesionales que más ejercen de héroes homéricos que de discípulos de Hipocrates.
¿Y de la llamada clase política? Nada. Después de empujarnos hacia la aguja salvadora, ni una palabra sobre los excesos de mortalidad por todas las causas en el año 2021, no debidas al coronavirus, y tanto mayores cuanto mayor es la tasa de vacunación en las poblaciones. También en España. Callan los mismos políticos que ayer se presentaban junto a mandos militares para teatralizar la gravedad de la amenaza y salpimentar bien de terror sus palabras vacías. Hoy vacan los actores uniformados, están aprendiendo ruso, mañana chino, para defendernos de sus nuevas amenazas y solicitar nuestra credulidad incondicional para secundarles en toda aventura que proponga el amigo norteamericano.
Los guiñoles al frente de los partidos políticos andan ya en campaña. También piden. Piden tu voto, el que acaba en una urna, y tu voto, el de cultivar tu ignorancia, el nuevo voto de pobreza, la trágica miseria intelectual de un tiempo que reniega de lo genuinamente humano, el atreverse a saber, y nos emplaza a ser redimidos por sus delirios de artificialidad, ignorancia y burla.
(1) Claudio Sánchez Albornoz, “España, un enigma histórico”, 2 tomos, EDHASA, 6ª edición, 1977, Barcelona. )
(2) https://www.unz.com/article/how-effective-are-the-covid-vaccines