CARLOS FEUERRIEGEL
Marco Polo la consideró la mayor de las maravillas que él pudo encontrar en su larga estancia en la China del Gran Khan, hace unos ochocientos años. Marco Polo era comerciante veneciano e hijo de comerciantes, en realidad acompañaba a su padre y a su tío en su fabuloso viaje y bien posible es que su periplo gozara de la protección del dios griego Hermes, patrono de los comerciantes en la antigüedad y dotado de pies alados, expresión del desarraigo. Marco Polo se refería al papel moneda e impreso que se utilizaba ya en aquel tiempo en China, totalmente desconocido en Europa, y que él consideraba como el hallazgo por los chinos de la piedra filosofal que convertía en oro aquello que tocaba. Los billetes chinos realmente podían ser cambiados por su valor en oro o plata. La lección de los chinos no cayó en el olvido.
A Richard Nixon, el presidente republicano de los EEUU hoy lo asociamos con su pueril espionaje a sus rivales demócratas, que le costaron su dimisión, cuando en 2023 las escuchas ya se han democratizado y no se libran de ellas ni tirios ni troyanos. Muy pocos saben que en 1971, el nuevo Khan del imperio mundial norteamericano se asomó a las pantallas de televisión para anunciar al mundo que desde ese momento sus billetes verdes, los dólares, ya no se podrían cambiar por oro -35 dólares por una onza de oro- sino que se cambiarían por otros billetes de dólares. Por los viejos y usados te darían nuevos y relucientes. Papel por papel. Con artes de trilero, el presidente norteamericano acababa de robar al resto del mundo todo el valor real que los biempensantes creían guardar en los dólares depositados en sus bancos. De esto ya no nos acordamos y en modo alguno debemos acordarnos. El fundamento del desorden financiero mundial no debe ser expuesto a la luz. Hasta ahora.
Los Estados Unidos impusieron a sus aliados y hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, el dólar como moneda de pago en las transacciones comerciales y bajo la garantía de que esa divisa era convertible en oro. Mientras que en los años setenta, cuando Nixon anunció su timo, el volumen global de los intercambios comerciales de mercancías y servicios apenas alcanzaba el billón de dólares anual, en 2022 se elevó a 32 billones de dólares. En el conjunto de estos pagos, el ochenta por ciento se realiza efectivamente en la divisa norteamericana. Esto supone que el resto del mundo necesita dólares para pagar muchas de sus importaciones y al mismo tiempo, ingresa dólares fruto de sus exportaciones. Por un lado, demandamos dólares, que sólo imprime la Reserva Federal de los EEUU, sosteniendo su valor artificialmente dado que esa demanda no guarda relación con la capacidad productiva de ese país, es decir, no está relacionado con la demanda de productos norteamericanos. Por el otro lado, atesoramos dólares fruto de nuestras ventas. Una parte de estos dólares pasan a formar parte de nuestras reservas de divisas (actualmente el 60% de las reservas correspondientes al resto de países están constituidas por dólares). Otra parte vuelve a los EEUU para comprar bonos del tesoro estadounidense, con lo cual financiamos su deuda hija de su astronómico déficit comercial. A ellos les sale gratis dado que tienen la máquina de imprimir dólares y el resto del mundo, cual esponja solidaria y ciega, al drenar ese parto milmillonario de nuevos dólares, impide que se traduzca en inflación y depreciación de su moneda para los hogares estadounidenses y para la máquina militar de la potencia que más que nunca ya sólo es eso: un matón de barrio que amenaza con devolvernos a la edad de piedra si no jugamos conforme a sus reglas. Reglas que él puede cambiar en cualquier momento y que los partidos políticos y medios de comunicación de nuestros Estados vasallos ya se encargan de hacérnoslas tragar.
La guerra en Ucrania, sin embargo, ha venido para cambiar las reglas del timador. A raíz de la intervención militar rusa, tanto los EEUU como nosotros, la Unión Europea, hemos bloqueado alrededor de trescientos mil millones de dólares del Estado ruso depositados en bancos occidentales. Nada nuevo para nuestras prácticas habituales: Irán o Venezuela ya estaban familiarizadas con ellas, es decir, las sufren. Pero este tiro nos ha salido por la culata.
Si el dinero es miedoso, más lo es el que se consigue al vender bienes reales, como lo hacen la gran mayoría de países que no pertenecen al mundo de nuestros valores cosméticos occidentales, sostenibles, inclusivos, tolerantes y adictos a la ingeniería financiera. A la cabeza de ellos, los países inicialmente agrupados dentro del grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) con una larga lista de espera de nuevos países que piden poder incorporarse al grupo. Entre sus propósitos más firmes y declarados figura renunciar al dólar como moneda de cambio para sus relaciones comerciales. Esto que es la pesadilla del matón de barrio es a la vez la posibilidad real de poner fin al parasitismo de los EEUU sobre el resto del mundo. Un verdadero portazo en sus narices a los privilegiados que nos han impuesto su moneda y sus reglas.
La pérdida de presencia del dólar en el comercio mundial se traducirá en una depreciación del dólar, la incapacidad de los Estados Unidos de seguir viviendo gratis de lo que produce el resto del mundo y su necesaria renuncia a sostener los cientos de bases militares por todo el planeta con las cuales nos recuerdan lo que podría pasarnos caso de salirnos del redil. No es casualidad que ahora el Secretario General de la OTAN, Stoltenberg, levante su dedo índice para recordarnos que ese 2% del presupuesto nacional que debemos dedicar a la defensa no es en realidad un objetivo, como hasta hace poco, sino una exigencia mínima y de partida. Los Estados Unidos ya casi sólo producen armamento y tienen necesariamente que vendérnoslo. Con guerras interminables. Con amenazas y miedos permanentes. No pueden dejar de imprimir dólares y nosotros debemos seguir usándolos.
Hermes, Mercurio para los romanos y siempre valedor de los comerciantes ofreció sus buenos servicios a Marco Polo y éste pudo volver a Europa, si bien con obligada estancia en las cárceles de Génova, donde dictó su libro. Pero Hermes también fue el protector de los ladrones y ya demasiado tiempo viene amparando el robo que la gran democracia del mundo hace a todos nuestros bolsillos. Tiempo es de que los Estados Unidos conozcan su hora de cárcel y penitencia y para ellos no hay mayor castigo que la pérdida de valor y poder de su divisa. Los chinos le mostraron a Polo sus billetes impresos y hoy también quieren mostrarnos a los europeos el camino de nuestra soberanía que también debe ser monetaria. Marco Polo saludaría esta nueva gran maravilla.