CARLOS FEUERRIEGEL
La escritora francesa Simone de Beavoir ocupa un lugar destacado en el santoral de la Nueva Normalidad que cree firmemente que sólo el medio ambiente es determinante en la diferenciación de los sexos, masculino y femenino, en nuestra especie humana. Suya es la frase de que “la mujer no nace, se hace”, empezando por el color azul o rosa con que vistamos a los recién nacidos. Según la teoría de Beavoir, la sociedad sometería a niños y niñas a un trato diferenciado, haciendo de seres inicialmente abiertos a cualquier desarrollo posterior, futuros hombres o mujeres ya desde la cuna. Para ella, era la sociedad la que nos asignaba un determinado papel al nacer y en función de nuestros genitales. Su buena nueva era que en realidad podíamos ser aquello que quisiéramos, bastando para ello eliminar las imposiciones sociales.
La Naturaleza, sin embargo, no tiene oídos para nuestros deseos y ensoñaciones ideológicas. Nuestras recetas para conseguir un aparente mejoramiento del mundo resbalan sobre su piel coriácea como resbala el agua sobre el plumaje del ánade que emerge de su zambullida. Simone de Beavoir era bien conocedora de esta incómoda realidad. En 1975 participó en un debate público organizado por la revista Saturday Revieuw (1) con la activista del movimiento abortista norteamericano Betty Friedan, afirmando:
“Ninguna mujer debiera ser autorizada a quedarse en casa para criar a sus hijos. La sociedad sería entonces totalmente diferente. Las mujeres no deben tener esa opción, precisamente porque de tenerla, demasiadas mujeres harían uso de ella”
Beavoir al mismo tiempo que con ademán indignado rechazaba lo que consideraba una imposición cultural bien diferenciada sobre hijas e hijos, con la boca pequeña exigía su propia feliz y liberadora coacción. Las mujeres debían ser forzadas a no seguir lo que, a todas luces indicaba ser la indeseable inclinación natural de una mayoría de ellas. Para Simone de Beavoir todo tiempo y cultura anterior, de Groenlandia a Tierra del Fuego y de la Bretaña a las Filipinas había estado hozando en el cieno del error. Ella nos abría las puertas a la liberación, pero con mil ojos vigilantes. Su sueño no es original al prometer un mundo nuevo a partir de un ser indefinido al nacer cuya identidad queda en nuestras solas manos el tejer.
Sueños trocados en certezas imposibles los ha habido en demasía. Desde la Ciudad de Dios de San Agustín, ciudad ideal y derecho del revés representado por la ciudad terrenal, cuna y vivero del pecado, hasta la añoranza de la idílica sociedad virginal de los buenos salvajes descrita por el adelantado de la Ilustración Rousseau. Las luces de los salvajes cúmulo de bondad, encontró su sombra en el exterminio metódico de los malos salvajes a manos de los creyentes calvinistas desembarcados en las costas norteamericanas con el santo propósito de edificar, ellos también, una Nueva Jerusalén vencedora sobre las Sodomas y Gomorras europeas. O como el más reciente sueño y anuncio, dos por uno, oferta irresistible de cierre por liquidación de una sociedad sin clases por parte de los señores Marx y Engels, una sociedad cuyo advenimiento era más seguro que el turrón por Navidad, pero cuya llegada sigue dilatándose en el tiempo. Visiones y más visiones ahogadas en afluentes y ríos de sangre con la mejor de las intenciones.
John Money, médico estadounidense fue otro de los visionarios que sopló, como Simone de Beavoir, en la misma tuba de la negación del peso de la biología en nuestras vidas. A él debemos otra frase memorable: “La Naturaleza es una estrategia política para preservar el status quo de las diferencias sexuales”. La Naturaleza como pura invención, como estrategia perversa. Todo vuelve a quedar abierto. Money fue el autor de uno de los experimentos en su día más ensalzados, pero de pésimo desenlace. Un niño al que a los ocho meses se circuncidó, Bruce por nombre, y que a resultas de la intervención sufrió una grave lesión irreversible en su pene. Sus padres tuvieron noticia de las teorías de Money, era la educación la que podía hacer de un niño una niña o al revés. Acudieron a él. Money operó a Bruce y le dotó de un aparato genital femenino. Los padres nada debían decir a su hijo en el futuro sobre su nacimiento como varón. Bruce pasó a llamarse Brenda y fue educado como niña. La prensa norteamericana aplaudió a rabiar el nuevo éxito de la ciencia. Demasiado pronto. Con el paso del tiempo, la secreción hormonal empezó a dejarse sentir y Brenda decía sentirse “un niño atrapado en un cuerpo de mujer”. A los 14 años, sus padres le dijeron la verdad. Brenda fue nuevamente operada. Se rehízo un aparato genital masculino. Pasó a llamarse David. David se casó y vivió unos años de aparente felicidad. Sólo aparente. Su experiencia fue demasiado traumática. David, finalmente se suicidó. El fracaso de Money no recibió la misma atención que su inicial, falso y breve triunfo. Ya no encajaba en el discurso oficial. El mismo que impera hoy.
No hay que recurrir, sin embargo, a casos tan dramáticos como el Bruce y Brenda, para comprobar, más allá de aquello que el sentido común nos dice, que no es la educación, las convenciones sociales o los juguetes llamados “sexistas” los que hacen que aparezcan inclinaciones mayormente femeninas o masculinas, según el sexo con el que venimos al mundo. Disponemos de los resultados muy bien documentados de otra visión, de otro sueño mejorador del mundo, pero sólo para unos pocos elegidos y en este pasado siglo. Vigente hasta la actualidad:
El movimiento sionista, que buscaba establecer un Estado judío en las tierras que su dios le prometió hace unos miles de años según afirma su Torá, su libro sagrado, estaba en sus inicios formado por unas oleadas de emigrantes a las tierras de Palestina mayoritariamente procedentes del Imperio Ruso. Muchos de ellos eran socialistas y marxistas, creían igualmente que nacemos como páginas en blanco y que es la sociedad la que determina lo que acabamos siendo. Se propusieron poner remedio a esta situación. Nació el movimiento de los “Kibbutzs”, entidades en las que se imponía la igualdad más absoluta, no sólo entre sexos, también de la propiedad colectiva. No, la población original de esas tierras, los palestinos, no podían formar parte del movimiento, aquí se acababa la igualdad fraternal.
Dos antropólogos norteamericanos presentaron en 1975 el resultado de sus investigaciones sobre una población de 34.000 Kibbutzim (2), que abarcaban cuatro generaciones y especialmente les llamó la atención cómo evolucionaron en su edad adulta los hombres y mujeres que habían sido criados en guarderías comunitarias, sin presencia de los padres:
“Los resultados estadísticos que obtuvimos, de forma inesperada revelaron que los hombres y las mujeres parecieron vivir en dos comunidades separadas (….). Estábamos igualmente no preparados para descubrir, como ya habían hecho varios estudiosos en Kibbutzim concretos, una tendencia general, fuerte y acumulativa de hombres y mujeres de diferenciarse más, en lugar de menos, en lo que hacían y evidentemente querían hacer”.
Ignoro si Simone de Beavoir llegó a conocer esos resultados. Tampoco le hacía falta. Era bien conocedora de ellos. Lo triste es que el dogma dominante, sustentado por todas las estructuras de poder, siga difundiendo por tierra, mar y aire las falsas construcciones de Beavoir o de Money o de tantos que han seguido por esa senda. Y lo que realmente es grave: forme parte de la educación en las escuelas. La ensoñación construida en torno al rechazo a la Naturaleza con sus pírricas victorias debilita el cuerpo social. Luchar contra la Naturaleza es luchar contra nosotros mismos. No es motivo de celebración.
(1) Diálogo Simone de Beavoir y Betty Fridan, Saturday Revieuw 14/06/1975
(2) Susan Pinker, “The sexual Paradox”, Atlantic Books, London 2008, pgs 98/99