CARLOS FEUERRIEGEL
Ministros los hay de los que sólo sabemos que destacan por su capacidad de calentar butacas hasta que estas alcanzan el punto de ignición. Cuando se desplazan, más les valiera arrastrar nutrida legión de bomberos en previsión de males mayores y en lugar de tanto guardaespaldas. Nuestro ministro, por contra, ni calienta butacas, ni necesita de guardaespaldas, ni vive de cuento alguno; él lucha contra incendios de los de verdad, de los que arrasan bosques y desnudan las laderas desahuciando toda la vida animal que cobijaban. Nuestro ministro es de la tierra y familia de ministros y no le faltan razones para celebrar haber obtenido su nuevo trabajo, no por elección, cupo o cuota, sino por selección superada con sobresaliente.
El marco de la foto era más que evocador. Tiempos pasados y también personas que ya fallecieron. Fotografía de los años noventa. Sentados en el margen que rodea la balsa de la Casa Martín en Teresa de Cofrentes. La balsa se construyó para almacenar agua destinada al riego de sorprendentes campos de manzanos, ¡en plena sierra!, allá por los años sesenta del pasado siglo. La llegada del jabalí, hasta aquellos años desconocido en la sierra del Caroche echó por tierra todos los sueños del intrépido aventurero, un cura de la Ribera de Valencia, si mal no recuerdo. Nosotros habíamos acudido en un fin de semana a limpiar la conducción que llevaba el agua hasta la balsa desde el barranco cercano. Presentes aquel día estaban Emilio “Cañamón” que apacentaba sus cabras en la zona, el entonces Agente Forestal de Teresa, Juanjo, nuestro actual Juez de Paz, Francisco Soto que en más de una ocasión arrimó el hombro en las faenas del Grupo de Pronto Auxilio de Ayora, Bonfilio o José Rafael “Torrate” y los dos ministros, Ángel padre y Ángel hijo. Creo que Ángel hijo, muy joven entonces, era la primera vez que venía con su padre a echarnos una mano. El paisaje, de imponente belleza y cautivadora soledad, tuvo que impresionar al pequeño Ángel, pero bien puede decirse que ha sido tarea de sus padres la de saber sembrar el amor por estos montes en sus hijos y en Ángel, especialmente, esa semilla ha crecido hasta dar vida al árbol frondoso de su vocación. Ángel llevaba años madurando su decisión de trabajar como brigadista profesional en la defensa de los montes. Y no cabe imaginar dicha mayor, vida más plena que la de aquellos seres que llegan a escuchar a su voz interior y tienen el valor, que en ocasiones se requiere, para serle fiel.
Desde que la edad se lo permitió, Ángel ha sido uno de los pilares firmes del Grupo de Pronto Auxilio, seguirá siéndolo también en lo venidero. Pese a tener un trabajo más que seguro en la empresa familiar y contar a pajera abierta con casas que remozar, eligió seguir un nuevo camino que le llevara un día, no muy lejano, a poderse subir al helicóptero, “el pájaro”, y poder acudir junto a sus compañeros, a todo fuego que da sus primeros pasos. Ha estudiado la formación necesaria, sin dejar la brocha, ni la música, ni el grupo de voluntarios. Y al fin lo ha conseguido. Este mes de julio ya volará con la Brigada Helitransportada con base en Oña (Cuenca), y no les quepa duda a los brigadistas conquenses que desde Ayora les enviamos un refuerzo seguro y entregado a su nuevo trabajo y a su vieja llamada.
Que la semilla que Ángel abuelo, porque además de hijos también hay nietos, echó en el surco, era de las de guardar, nos lo dice el que su otro hijo, Pablo, también ha colaborado en la lucha contra incendios, siempre que se ha encontrado en el pueblo. Pero también el hecho de que tanto Pablo como Ángel hayan conseguido trabajar en aquello que les llena, el trabajo como pasión y fuente de alegría. Entre ollas y sartenes, brezos y pinares, dentro o fuera del pueblo, pero nunca ajenos a él.
Ayora siempre fue pueblo muy unido a sus montes. Ayer por necesidad, con sus cargas de leña, hacheros, serrerías y maderistas. Hoy por voluntad y amor a la tierra. Debiera ser un motivo de celebración motivadora, profunda, emocionada el que en este pueblo se venga marcando un camino para otros tantos pueblos forestales de España que se resignan a una actitud pasiva ante el azote de los fuegos que una y otra vez siegan la vida de sus sierras. Aquí también hay alternativa y pasa por la implicación directa de los vecinos. Altruistamente y también profesionalmente, porque la fe en lo que se hace es el principal motor para hacer frente a cualquier amenaza y no darse por vencidos. El Grupo de Pronto Auxilio de Ayora es expresión de esta fe, Ángel ha crecido con ella y todos debemos alegrarnos de su entusiasmo recompensado. No es recompensa menor para el trabajo en defensa de la tierra el poder disfrutar de la alfombra verde y encantada que nos protege, con la perspectiva de las águilas. Buena suerte, buen servicio y enhorabuena Ángel.