CARLOS FEUERRIEGEL
En el vientre de la nube la ceguera es blanca. Envueltos en las primeras nieblas otoñales, saludamos a la ausencia rotunda de toda forma y contraste. Las nubes, tan volubles, caprichosas e impredecibles en sus contornos, cuando vistas desde fuera, nos confunden y pierden si alcanzan a cobijarnos. En la distancia no sólo son ricas por lo que sugieren a nuestra imaginación, también lo son por su carácter cambiante y para sorpresa de nuestra razón. Las mismas nubes que en la noche invernal nos libran de la helada haciendo de abrigo guardián de las cosechas, en el verano nos ocultan el sol regalándonos alivios de frescura y liberándonos del abrazo de los calores intratables. En su humor de diminutas gotas de agua está el subir o bajar las temperaturas a su capricho.
“Las nubes” también es el título de una comedia griega. En ella, Aristófanes acusó a Sócrates de elevar a las nubes a la categoría de diosas. No fue un cargo inocente y algo contribuyó a la condena a muerte del filósofo, reo de impiedad ante el tribunal popular ateniense. Sócrates tendría que beber la cicuta dando cumplimiento a la sentencia que sobre él recayó. John Clauser, premio Nobel de física del año 2022 y perito en nubes, no tendrá que beber la cicuta, pero nada le librará de ser expuesto en la picota. Esta vez no se ha echado mano de un tribunal de notables. Ha bastado un sólo personaje apesebrado para cancelar al físico defensor de hipótesis científicas no del gusto del poder.
Clauser había sido invitado para presentar un seminario sobre modelos climáticos organizado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Ingenua y confiadamente, Clauser envió el texto de su presentación con anticipación suficiente, a los responsables del FMI que le habían invitado. No tardó mucho en recibir la respuesta: mejor posponer el acto para una fecha sin determinar. Es la forma más diplomática que se le ocurrió al Director de la Oficina de Evaluación Independiente del FMI, el paisano hispánico D. Pablo Moreno, anterior asesor de la Presidencia del Gobierno moncloita, para prescindir de la presencia del Nobel de física. En sus manos estuvo la invitación y en ellas quedó la cancelación. El delito de Clauser tiene todos los visos de ser imperdonable: el buen hombre parece tener dudas en la veracidad del nuevo dogma de que nos encontraríamos ante “una crisis climática”. Él, atrevidamente, sostiene que al tratar del calentamiento global se debieran considerar en mayor medida los efectos derivados del proceso de formación de las nubes frente al incremento de la concentración del anhídrido carbónico en la atmósfera. Literalmente Clauser afirma en relación a todo lo que rodea las teorías sobre el cambio climático: “Que estamos inundados por pseudociencia”
Para Clauser, los modelos climáticos que se emplean para predecir la evolución del clima en las décadas futuras no contemplan suficientemente la variable de la evolución de la nubosidad y de los factores que influyen en su formación. En principio una hipótesis de trabajo que debería ser objeto de la discusión entre aquellas personas que posean la cualificación para hacerlo. Pero esta discusión no es deseada y el poder real, el financiero, del cual el FMI es uno de sus brazos, no va a facilitar esta discusión que podría introducir grietas en la nueva verdad revelada de la emergencia climática y todos los intereses que se mueven a su alrededor.
Este Fondo Monetario Internacional, donde los EEUU siguen siendo el poder dominante, es el mismo que condicionó en el año 2020 en Bielorrusia la concesión de un crédito a la adopción por parte de ese país de la política oficial contra el coronavirus, es decir: pruebas PCR para las personas sanas, confinamiento generalizado de la población, mascarilla por decreto, entronización de falsas vacunas y todas las demás insensateces que hemos padecido y siguen agazapadas a la vuelta de la esquina. Bielorrusia se negó, denunció públicamente el chantaje y el FMI, con su crédito, se marchó por donde había llegado. Sin consecuencias sanitarias perjudiciales para el país. Al contrario. También sin que el hecho y la denuncia de Bielorrusia trascendiera alcanzando nuestros castos oídos.
Múltiples caras tiene este Fondo Monetario, que tanto nos dicta una política sanitaria aberrante como ahora sienta cátedra en la ciencia del clima. Suya es también la mano benefactora que, desde su fundación a raíz de la segunda guerra mundial, tiene por misión acabar con los sectores públicos en los países que se ofrece a “sanear”, facilitando las privatizaciones que acaban en manos de las entidades privadas trasnacionales. El Fondo es el maestro aventajado en el arte de las curas de adelgazamiento de los pueblos cuyos dirigentes corruptos ya agotaron la posibilidad de apretar el cinturón a sus poblaciones. Este amo de los créditos usurarios, que jamás ha perdido una lágrima por la destrucción de la naturaleza en nación alguna, ahora pretende desvivirse por salvarnos el planeta. Tanto interés, no sólo crediticio, apesta y es preciso estar muy desnarigado para no percibir el tufo.
En el coronavirus, como en el llamado cambio climático, se trabaja a destajo en las alturas del mundo del dinero para imponer una sola voz, un sólo discurso. Nada más contrario al enfoque científico con el que debiera abordarse cualquier realidad. De aplicar la misma censura estricta que pretenden imponer organismos como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, los gigantes del mundo digital o nuestros mismos gobiernos, a día de hoy seguiríamos pensando que en el origen de toda enfermedad se haya un desequilibrio entre los cuatro humores corporales. Probablemente gozaríamos recurriendo cotidianamente a las sanguijuelas que benéficamente nos aligerarían de nuestra carga de glóbulos rojos.
Gracias a científicos que osaron dudar ayer como Clauser lo hace hoy, aquello pasó. John Clauser es uno de tantos investigadores del clima en este 2023, cierto que, con más peso, pero eso no impide que se le intente callar. Es razón más que suficiente para dar a conocer el atropello y la hipocresía de sus censuradores. También para poner en cuarentena la teoría oficial que se ha elevado a los altares, no ya de la corrección científica, siempre sujeta a cambios, sino de la política, rehén de intereses inconfesables e inamovibles.