Carlos Feuerriegel
Es más fácil abrazar a la humanidad entera de boquilla que hacerlo en la plaza del pueblo. “Sin fronteras” era el nombre de un programa que se emitía en la radio pública los fines de semana y que desconozco si ya desapareció de la programación. Su contenido ya lo adelantaba el nombre, se trataba de exaltar en las solidarias ondas radiofónicas las virtudes del acogimiento universal derribando toda barrera que impidiera el libre movimiento de los pueblos.
La propuesta se presentaba y presenta como una idea de progreso, justicia y generosidad, sublime expresión de la hermandad que nos une a todos los seres humanos y de la conciencia deseable de sentirnos todos ciudadanos del mundo. Pero es una propuesta trampa cuya realización traería los efectos más contrarios a los aparentemente ambicionados.
La vida es el reino de los límites y la estrategia de la vida para sobrevivir es el fomento de la diversidad. Las fronteras no son, ni mas ni menos, que la piel de las naciones. La piel que protege y delimita territorios pero también la piel que respira y favorece los relaciones. Con la muerte de los organismos, sus partes se descomponen y se diluyen en el entorno, desapareciendo las fronteras que garantizaban la vida.
Revestir de un sentido negativo la idea de frontera, y en este caso, de frontera de las naciones, es hostil a la vida y a las necesidades básicas de los pueblos. Las ondas de la radio viajan por los aires, pero los pueblos se asientan sobre territorios y es sobre esas tierras que cobran vida la lenguas y las costumbres diferentes, los modos dispares de enfrentarse a la vida, que no otra cosa son las culturas. Como seres integrantes de una nación, somos herederos de aquellas comunidades solidarias que supieron defender su territorio y sus intereses ante toda amenaza, porque aquellas que no lo hicieron, no dejaron descendencia. Somos los descendientes de los que se identificaron con su lengua, su cultura y su territorio, todo ello delimitado por fronteras.
Nuestro tiempo destaca por el rechazo de los límites. Encaja perfectamente en ello el desprecio a la realidad de las fronteras. Escondemos la presencia de la muerte, límite de la vida sobre la tierra, como paliativo de nuestra incapacidad y desesperación por evitarla. Al mismo tiempo creemos en el bálsamo del crecimiento permanente de la economía, sin límites, y permitimos que esta meta dé cobijo a la multiplicación demencial de los capitales desconectados de todo bien material realmente intercambiable. No es de extrañar por ello que sean precisamente los representantes de ese modo enfermo de enfrentarse a la vida individual y colectiva los que con más ahínco defiendan la desaparición de las fronteras y lo que ello supone: por un lado el debilitamiento de los Estados nacionales y por el otro, el avanzar hacia una gobierno global.
Ya en 1999, el Foro Económico Mundial, la cofradía de los turbocapitalistas globalizadores que se citan anualmente en las montañas suizas de Davos, por boca de su fundador Klaus Schwab, anunció que “los Estados soberanos han devenido innecesarios”. Su sustituto deseado serían los grupos trasnacionales representantes del capitalismo de las “partes interesadas”. Un nuevo eufemismo para disfrazar el imperio del capital errante. Cambian las palabras pero no las intenciones. Friedrich August von Hayek, uno de los abanderados del ultraliberalismo, ya hace casi un siglo se frotaba los hemisferos cerebrales ante la posibilidad de un Estado federal europeo, con erosión de las soberanías nacionales porque para él un Estado supranacional era un Estado débil, o lo que es lo mismo, menos Estado. El sueño oculto de todos los abolicionistas de las fronteras.
Que la desaparición de las fronteras entusiasma a los grupos de presión empresariales solo puede extrañar a aquellos que no quieren ver. El que hasta 2009 fue vicepresidente de la “Tabla Redonda de la Industria Europea” ((ERT, por sus siglas en inglés), Peter Sutherland nunca se cansó de insistir en la necesidad de avanzar hacia la sociedad abierta a todo flujo inmigratorio con la finalidad declarada de “socavar la homogeneidad de los Estados europeos”. Uno de sus lemas, el de “Abrazar la Diversidad” es la puerta abierta precisamente a conseguir lo contrario, el reino de la uniformidad y la muerte de la diversidad cultural que está indisolublemente ligada a la territorialidad. Este Peter Sutherland es el mismo que ejerció de Comisario de la Unión Europea, miembro del Consejo de Administración de Goldman Sachs International y dirigente de la Comisión Trilateral. Entidades todas ellas que llevan bordadas en sus pendones la fidelidad al capital financiero y la servidumbre de toda política a los intereses de ese capital.
La desaparición de las fronteras nacionales, sólo es concebible con la aparición de un Estado global o mundial. El que ese Estado difícilmente podría sentirse como propio por las diferentes comunidades nacionales es algo que no requiere de grandes capacidades de imaginación. Al mismo tiempo ese Estado sería la negación del Estado social, es decir del Estado que ejerce como regulador de la vida económica, vela por la aplicación de una justicia distributiva y garantiza que la propiedad privada cumpla con su función social.
La liturgia del abrazo universal y el mantra de “Refugees welcome” que ocupó las pantallas y portadas de los años 2015 y 2016, no se ha interrumpido en modo alguno. Únicamente se intenta, en vano, que pase más desapercibida. En una escala inferior a la que ofrecería ese gobierno mundial, desaparecidas las fronteras, el culto a la xenofilia es más que visible en Europa por el deterioro de las condiciones laborales derivado de la inundación de mano de obra no cualificada que facilita que no se mejoren las retribuciones y condiciones de los trabajos que la población autóctona no quería realizar. Las fronteras abiertas son un ingrediente más en la receta que conduce a la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas.
Los efectos del fomento de las fronteras abiertas se perciben en la quiebra de la convivencia en las calles de las ciudades europeas sobrepasadas por el número de los recién llegados, y es palpable por la ruina de las cuentas públicas sobrecargadas con el peso de la asistencia social que debe sostener a una nueva población que no contribuyó a crear la riqueza que hiciera posible ese reparto.
La pasividad extendida ante este fenómeno sólo puede ser explicada por un deliberado cultivo de un sentimiento de culpa de los pueblos europeos hacia el resto del mundo. Nos encontraríamos ante un moderno ejercicio de penitencia derivado del pecado original, ahora secularizado, de haber colonizado a pueblos que hoy nos pasarían la factura arribando a Europa. Primorosamente se pasa por alto que el abuso de otros pueblos no ha sido ni es patrimonio europeo, sino que se encuentra más que bien repartido por las diferentes culturas, variando únicamente las capacidades técnicas de cada expoliador a la hora de extraer más beneficios de los pueblos colonizados. Se oculta que la ausencia de pasado colonizador en modo alguno es eximente a la hora de tener que hacerse cargo de importantes flujos inmigratorios. Véase el caso de los países escandinavos o de la misma Suiza. Igualmente se oculta que renunciar a las fronteras no mejoraría la vida en los países de origen de la inmigración, pero sí la está empeorando de puertas para adentro.
Que este pecado original de la era descreída venga de la mano del lastre anímico de ese sentimiento patológico de culpa debiera revelar a toda persona libre, aquella persona que sabe que sólo es responsable de sus actos y no de los del vecino, que únicamente debe responder de las acciones realmente realizadas y no de las falsamente atribuidas. No existe la responsabilidad colectiva por la que deba penar todo un pueblo, y mucho menos debe aceptarse el cargo por audacias o tropelías de eras pasadas. El pasado se acepta y se trata de comprender con sus luces y sus sombras, pero nunca puede ser sentencia que impida nuestro libre caminar en el presente.
Resulta grotesco que esté tomando forma una nueva alianza del trono y del altar que quiere enseñorearse de nuestras vidas. El trono representado por el capital trasnacional que siempre soñó con abolir las fronteras y el altar defendido por los sacerdotes del recuerdo permanente de nuestro pecado histórico que exigiría el negarnos a nosotros mismos, despojarnos de nuestra piel, para llegar a alcanzar la absolución. Una absolución que nunca es definitiva. En el camino está la expiación. El esfuerzo debe ser permanente.
Obstinado y sobresaliente es también el contrasentido que se produce cuando al mismo tiempo que se pide la abolición de las fronteras exteriores, se levantan sin freno nuevas fronteras interiores para separar y criminalizar toda postura herética que se niegue a comulgar con los falsos ideales del abrazo universal. Todo ello con la mejor de las conciencias y repartiendo patentes de virtud exclusivas y excluyentes.
Eibl-Eibesfeldt el biólogo austriaco estudioso del comportamiento animal, escribió que en ciertas especies de aves en los que el canto es aprendido, se producen errores de copia durante el aprendizaje. Ello da lugar a la aparición de diferentes dialectos del canto, así los llamó él. Las aves que se comunicarían en ese dialecto tenían preferencia por aparearse entre sí y ocupar su propio territorio. Al hacerlo estaban fijando las fronteras del mismo como consecuencia de su nuevo dialecto.
La sintonía que acompañaba a la presentación del programa “Sin fronteras”, no podía ser otra que el “Imagine” de John Lennon. Ya saben, aquello de:
“imaginen que no hay países,
imaginen que no hay religión,
nada por lo que matar o morir”
Pongan “no hay fronteras” donde se cantaba “no hay países” y no harán traición al sentido del texto. John Lennon disponía de una lengua universal para expresarse, una lengua superadora de fronteras, el esperanto. No la utilizó. Utilizó su inglés, la lengua que ya escuchó cuando todavía se estaba gestando en el seno materno. Con ello levantó la frontera de su lengua, al mismo tiempo que pedía la abolición de las fronteras. Con ello confirmó, implícitamente, que sólo las lenguas hijas del tiempo y del arraigo son vehículo de expresión artística, manifestación de la riqueza y diversidad cultural. Aquella misma riqueza y diversidad que las fronteras ayudan a conservar.