El regalo

Carlos Feuerriegel

Regalar es un arte que puede poner al descubierto el escaso conocimiento que el oferente tiene de la persona obsequiada. A tal carencia siempre le cabe la enmienda de la devolución. También puede el regalo ser una manifestación de agudeza psicológica y sintonía moral. El obsequio encaja como un guante en la personalidad del regalado. Aquí no habrá devolución que valga y en el caso del presente del que tratarán estas líneas, tampoco existía el más mínimo riesgo de que pudiera llegar a contemplarse.

El apartado de regalos intercambiados durante visitas oficiales de Estado puede alcanzar mayor trascendencia y merece capítulo aparte. Así, en el año 1978, el Estado chino regaló al español una pareja de osos panda que con un empujoncito de ayuda inseminatoria nos parió a Chu-Lin, principal atracción del Zoo de Madrid durante años. Aquel fue un regalo de los de nota. Unos años más tarde, en 2003, el dirigente libio Muamar el Gadafi le regaló al presidente Aznar un caballo que atendía al nombre de “Rayo del Líder”, con consecuencias seguro no deseadas porque el nombrecito debió subírsele al popular a la cabeza, empujándole a liderar la cruzada ibérica contra el Irak y sus armas de destrucción fantasma.

Osos y equino fueron ocurrencias de dictadores, ganadería sujeta a cuarentena sanitaria pues nunca se sabe qué patógenos mortíferos podrían introducir en nuestra cabaña política y ganadera. Los demócratas proceden de otra forma. Vean sino cuál ha sido el regalo de la única democracia del próximo oriente a su paraguas protector en el nuevo continente. El regalo que el reclamado por la justicia y primer ministro del Estado judío, Benjamin Netanyahu ha tenido a bien ofrecer al presidente Trump al ser recibido hace unos días en la Casa Blanca: una reproducción en oro de uno de los cientos de cargas explosivas que bajo la forma de buscapersonas sirvieron para matar a 37 libaneses, hiriendo gravemente a más de tres mil, el pasado mes de septiembre.

Dos meses tardó el Estado judío en reconocer su fechoría. Dos meses duros y sufridos teniendo que reprimir la euforia que se les desbordaba por todas las costuras a sus servicios de inteligencia ebrios con la hazaña realizada. Se acabaron los tiempos en los que el envío de paquetes explosivos era método propio de grupos terroristas, ahora esa peculiar y única democracia nos enseña su maestría a la hora de detonar bombas sincronizadamente en vías públicas, mercados, hospitales o viviendas familiares.

El regalo de Netanyahu ha desbaratado en pocos segundos los esfuerzos continuados de la propaganda sionista, la hasbara, por presentar al Estado judío, ejemplar en la burla de toda norma ética y jurídica internacional, como una entidad modélica. Es el precio a pagar por sentirse ajeno a toda decencia, por encima de toda mandato ético. Tampoco parece ser un precio que lleve a la bancarrota económica, y la quiebra moral ya se produjo aun antes de nacer ese Estado, allá por el año 1948.

A quienes defienden la doble vara de medir de los cuidadores del jardín democrático occidental, no les sorprende que el palestino que se vuela por los aires en una calle de la que ayer fue su tierra y hoy sufre la ocupación extranjera, le llamemos terrorista, mientras que a quien detona a distancia cientos de bombas, con indiferencia total por el lugar en el que se produzcan las explosiones le consideramos un imaginativo y ejemplar servidor de un Estado que únicamente ejerce su derecho a la propia defensa. Unas bombas son condenables y las otras son reproducidas en una réplica aúrea de aquellos buscapersonas letales que, una vez enmarcada en noble madera de olivo, puede ya ser elevada a los altares de la excelencia operativa en la llamada lucha contra el terrorismo. ¿Contra cuál?

El arma homicida incrustada en la madera del robo. La exaltación del crimen como política de Estado que la propia oficina del primer ministro del Estado judío califica como “expresión del poder, superioridad tecnológica y astucia de Israel contra sus enemigos” (1)

Astucia como arte del engaño al que servilmente rendimos pleitesía por miedo a que sobre nosotros caiga el anatema del calificativo innombrable. O quizás para evitarnos problemas con esto del engaño debamos recurrir a considerar toda esa superioridad tecnológica como una demostración de ingenio, término más neutral y equidistante. Un ingenio con solera y ya bendecido por los libros sagrados que siempre parecen iluminar las acciones del Estado hebreo. El ingenio de Jacob al engañar a Isaac, su padre moribundo y a su hermano Esaú, el del plato de lentejas. Todo ello para hacerse con la primogenitura. En todo caso una muestra de ingenio no muy recomendable para la educación de un pueblo. Grandioso ejemplo, nada ejemplar, de que el fin justifica los medios. Hoy como ayer.

Netanyahu acertó con su regalo. Trump quedó entusiasmado con la ocurrencia de su amigo y mostró su admiración por la “admirable” operación de la cual la pieza de oro era recuerdo. En tiempos bíblicos, los descendientes de Jacob, las doce tribus, bien podrían haber recurrido como regalo en sus visitas de Estado a un plato de lentejas igualmente de oro y sobre bandeja de esparto. En recuerdo a la gesta de su recto antepasado y en honor al amor ancestral de ese pueblo por el oro formador de becerros y tesoros varios. También en desconocimiento del castigo que otros dioses, estos griegos y de otra cultura, proporcionaron a aquel rey Midas cuya codicia le llevó a desear que todo cuanto tocara se convirtiera en oro hasta que descubrió que el oro no se come.

El don concedido al rey Midas pudo ser deshecho, pero la cabeza de Trump no se iluminó ni por un instante con la posibilidad de rechazar el regalo recibido. El patrimonio de los Estados Unidos se ha enriquecido con una nueva pieza. No creo que desentone en sus vitrinas.

(1) timesofisrael.com/pms-office-confirms-netanyahu-gifted-trump-a-golden-pager-at-white-house-meeting/

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