Llueve

Carlos Feuerriegel

Las ranas siguen croando hoy como hace siglos. Sus serenatas aman la noche y celebran las lluvias que por fin llegaron. Pero esta explosión de júbilo no parece haber sido siempre del agrado de los durmientes bajo techo. Uno de los chascarrillos de los tiempos feudales afirmaba que los señores acostumbraban mandar a sus legiones de siervos a batir las aguas a bastonazos para acallar a tan tenaz orfeón anfíbico. Juzguen ustedes qué podría resultar más molesto, si el chapoteo desatado o el canto encelado. Yo prefiero el segundo.

Llueve en este final de invierno y los campos y montes se dejan empapar hasta los huesos para preñarse de una primavera que volverá a ser verde después de dos años de escasez y reinado del polvo. Los temporales de antes parecen haber vuelto, pero en realidad nunca se fueron de forma anómala. Olvidamos que en el año de los bozales y las reclusiones impuestas en nuestras casas, el año 2020, también pudimos disfrutar de lluvias abundantes. Eso sí, viéndolas caer al otro lado de los cristales. O que dos años después y en el mismo mes de marzo no paró de llover prácticamente durante quince días. La falta de lluvia que nos ha acompañado hasta hace nada consiguió borrar las aguas que cayeron la víspera. Las borraron de nuestra percepción, pero no de los registros históricos, que si hay algo que los caracteriza, es precisamente la irregularidad en las precipitaciones.

Nuevamente los pozos se sacian, las fuentes revientan y los barrancos entonan las estrofas del agua. Legiones de pequeños seres desaparecidos ya hace demasiados meses, salen de no se sabe donde para darnos testimonio de su voluntad de vivir. Es cierto que en estos dos últimos años en los montes muchas fuentes que, aparentemente, manaron sin interrupción durante décadas, se llegaron a secar o anunciaron su rendición inminente, pero aquí cabe preguntarse hasta qué punto contribuyó a ello el abandono en su mantenimiento y las extracciones crecientes que se hacen de los acuíferos que las alimentan.

Llueve y la maestra naturaleza mantiene abiertas las puertas de sus aulas para enseñarnos cómo se esfuerza en prolongar la flor de los romeros que se despertaron a la luz sin poder ser fecundadas por el vuelo de sus amantes. Las plantas se adaptan a las condiciones por más duras que sean y recuperan bríos para lucir sus mejores galas tan pronto como escampe. Ellas no temen a la lluvia, nosotros, por más que la echáramos en falta, sí. El contraste no puede ser mayor. Quizás sea porque ellas tienen raíces bien hincadas en la tierra y nosotros hemos renunciado al cultivo de la razón y a la formación del carácter que son las herramientas irreemplazables para aprehender la realidad.

Apenas si fue ayer cuando el poeta oriolano creía ser “alto de mirar a las palmeras y rudo de convivir con las montañas” (1), hoy solo nos cabe decir que parecemos miopes de tanto mirar a las pantallas. Esas pantallas que son la antítesis ladrona de la soledad necesaria, libre voluntaria y fértil.

Ramón Gómez de la Serna decía que aquellos que pierden la soledad tienen la insensibilidad ante el abuso (2). Hay que estar a solas con uno mismo para poder llegar a amarse, para tomar conciencia de nuestro propio valor, requisito imprescindible para hacer frente al abuso. No es una soledad que aísla ni separa, al contrario. El que no siente su propia servidumbre, ¿cómo va a sentir la ajena? Un general lavado de manos ante la suerte de la comunidad será el resultado. Un no tomar partido sintiéndonos bien cubiertos y a resguardo de toda lluvia embutidos en nuestros impermeables de indiferencia.

La Naturaleza revive con la lluvia y nosotros nos retraemos. La tememos hasta el punto que damos por buenos los avisos que las benefactoras autoridades valencianas tuvieron a bien enviar al paisanaje para comunicarle que ante el anuncio de temporal se cerrarían los ambulatorios y se anularían citas salvo las oncológicas y las de cirugía con ingreso. Una excepción que al día siguiente fue ampliada a los tratamientos de diálisis, olvidados el día anterior por las lumbreras que nos cuidan. El miedo a lo que pudiera pasar reina en las alturas y en nuestras casas. La rectificación del olvido del primer mensaje debió ser cosa del consejo de los prácticos habituados a navegar en las aguas turbias de la estupidez política.

Las antaño llamadas Casas de Salud a los pies de la epidemia del temor interesadamente cultivado. Me pregunto si la bajada de persianas de la atención médica busca evitar peligros al personal sanitario que, por no vivir normalmente en las localidades que atienden, deben desplazarse por las carreteras o se trata de impedir desplazamientos incluso dentro de los pueblos porque se considera que estos son peligrosos. Peligrosos en Valencia pero no en la vecina Albacete donde no se lanzan esas alarmas dignas del diluvio del arca. Los desplazamientos por carreteras bien podrían evitarse favoreciendo el que el personal sanitario viviera en las zonas rurales que cubren, para lo cual podrían diseñarse medidas imaginativas de darse la voluntad necesaria y de querer contribuir realmente a rellenar esa España que lamentamos sea vaciada. Con respecto a lo segundo, tiempo ha que se inventaron impermeables, paraguas, botas de agua y hasta sentido común para poder evaluar el riesgo que entraña cualquier acción que emprendamos.

Sin duda, abundarán las voces que dirán que siempre es mejor prevenir y que la medida fue acertada. Son las voces siempre necesitadas de tutela y faltas de madurez que parecen no ver que con toda reglamentación innecesaria nos empequeñecemos y dejamos cada vez una mayor porción de nuestras vidas en manos de otros a los que en modo alguno les preocupa nuestro bien, sino únicamente su bien dotado puesto. Con todas esas medidas abrimos las puertas de par en par al abuso. Los gobernantes que nos invitan a abrir esas puertas, tienen al miedo por móvil, no la empatía y nosotros aceptando sus temores y al hacerlos nuestros, los damos por buenos invitándoles a que perseveren en nuestro control. Mañana será por temperaturas altas, o por vientos racheados, la inventiva no tendrá límite. Al tiempo. El que marcan los relojes y el que dictan los cielos.

1. Miguel Hernández, “Poemas sociales, de guerra y de muerte”, Alianza Editorial, 6ª edición, 1985

2. Ramón Gómez de la Serna, “Nuevas páginas de mi vida”, Alianza Editorial, 1970

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