Se vende

Carlos Feuerriegel

El equipo de gobierno del Ayuntamiento de Ayora apoya un nuevo proyecto de urbanización en los montes del Collado de San Juan. Este artículo recoge algunas reflexiones sobre esa decisión.

Las carreteras que parten de las ciudades, son las venas delatoras que cada fin de semana, cada víspera de puente soñado, se nos ofrecen para tomarles el pulso fácil a la gran mayoría de la asendereada grey urbana que emprende fugaces escapatorias. Es un pulso enfermo, sintomático de pacientes aquejados de crisis de ansiedad asfixiante. Enfermos que desmienten con sus prisas parteras de atascos aquella afirmación propia de sociedades que fueron agrarias de que el aire de las ciudades nos hacía libres. Nada más lejos de la realidad del tiempo presente.

Quien quiera encontrar aire sanador y liberador, por más que acosado con método y planificación, que lo busque en el medio rural. En su postrer refugio. La última bolsa de resistencia que no cotiza en bolsa. Que lo busque en nuestros pueblos donde boquea nadando contra la corriente de nuestros esfuerzos civilizados por deshacernos de él. Nosotros, habitantes de los pueblos, que de tan familiarizados con su presencia, hace tiempo que dejamos de apreciarlo al no verlo tasado en balance alguno.

Que lo busque pese a nosotros, que ciegos al valor de aquello que poseemos, ya solo tenemos paladar para el precio que están dispuestos a pagar por él, aquellos que ya saben lo que es perderlo. Los nuevos conquistadores, heraldos de cuernos de la abundancia cebadora, arriban a nuestras costas ayunas de mares y playas ya saturadas. Descabalgando de sus Teslas electrificados y salvadores, van clavando sus pendones verdes y sostenibles en estas tierras del interior para deslumbrarnos con sus brillantes cuentas de colores, con sus promesas de riquezas en forma de billetes pasajeros y saldos virtuales. A cambio escrituran los vientos de las montañas, los labrantíos en vegas y cañadas, y los solares por talar, asfaltar y urbanizar en nuestros montes. Nuestros son, y porque lo son, o eran, los vendemos.

A la par que los pueblos se llenan de reclamos de casas en venta, de calles sin vecinos y de hogares sin fuego, los amantes de lo que nosotros enajenamos, rehuyen nuestra compañía y se alejan buscando horizontes deshabitados que destruyen al instante de ocuparlos. Desean lo que tenemos pero lejos de nosotros. Ellos que ya conocen el mal de haber confundido valor y precio, huelen el germen patógeno de la utilidad que va apoderándose de nosotros, trayéndoles a la memoria los pasos que en su día dieron. En el cambio ellos creen salir ganando, que suben de muy abajo, mientras que nosotros que caemos, creemos estar ya camino del cielo de la siesta sin esfuerzo.

Los nuevos conquistadores, agasajados con todos los honores municipales, no sueñan ni con siembras inciertas ni con frutos de la tierra. Sordos como nosotros a la queja de los olivares que piden manos que los ordeñen y a las súplicas de las huertas en demanda de rejas que las aireen. Sordos pero no ciegos, nadie se extrañe que amanezca el día que tomen buena nota del agua caballera que nutre las acequias, agua que añora volver a regar campos centenarios y que en mala hora podría llegar a engrosar bolsillos bien apadrinados. Pues no nos da de comer, ¿de qué nos sirve? ¡Pongámosla en valor! , como dicen los tratantes colegiados en cursilería y pretenciosidad. Que haga compañía a crestas, campos y montes. Ya me parece estar oyendo los cantos de sirena del gobierno de la Villa. Alegría de notarías y, quizás, despertar del vecindario.

Cambia de manos el territorio y estos propietarios de estreno que parecen venir a redimirnos de nuestras carencias, también, como nosotros, dan por seguro que todo nos llegará de lejanas tierras ansiosas de llenar nuestros estómagos con el trabajo de los nuevos siervos de la gleba que doblarán sus espaldas en beneficio nuestro. De nosotros, los nuevos ricos en cuentas corrientes anémicas de voluntades.

Todo está en venta. La plata de la abuela, el huerto del abuelo. Y después, ya veremos. Una señora concejala del Ilustrísimo Ayuntamiento parece que razonó en un pasado Pleno municipal que si se quiere que conservemos el “medio ambiente”, que nos paguen por ello. Sería el resto de la sociedad, es decir, la que congestiona las carreteras con regularidad semanal la que debería pagarnos. La cuestión es cobrar y, a ser posible, sin trabajar. No estaría de más que la Sra. concejala exigiera esa compensación, en mil formas imaginativas, de su propio partido con responsabilidad de gobierno en el Estado, como tampoco estaría de más el saber, en caso de no cobrar, cuál es la salida que se propone.

La duda anterior tómenla como una pregunta retórica porque en el comportamiento de su gobierno desde la Moncloa, el de la Sra. concejala, y en el entusiasmo del equipo de gobierno municipal, el otro brazo de la pinza saqueadora, se tiene la respuesta delante de nuestras narices: la alternativa para ese “medio ambiente”, es destrozarlo. Destrozar esa Naturaleza que ya nadie sabe para qué nos sirve. Destrozarla paso a paso pero sin detenerse en frontera alguna. Todo se pone a la venta y sin atisbo alguno de tristeza. Al contrario, nuevos capitales engrosarán la partida de festejos y jolgorio general. Pan no cosecharemos, pero el circo que no nos falte.

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