El pasado diciembre murió Pepe Alvero, Pepe “el de la imprenta”. Apenas una semana antes me llamó la atención su caminar pausado pero seguro por la avenida de la Argentina, acompañado por su bastón que en él parecía desmentir más la función estática que la estética. Nada en su porte anunciaba su muerte cercana.
Doy por cierto que las musas de la creación, con cuyo trato estaba familiarizado, intercedieron ante mayores instancias para que a su protegido le fuera concedida una muerte rápida, inesperada, librándole del deterioro de su cabeza, doblemente triste por fértil en imaginación.
Abundan en casa los libros que siguen mostrando en su primera página el sello de la “Librería Alvero” en la que se comprarían allá por los años cincuenta o sesenta. Ex libris peculiar donde los haya, señalando antes al origen que al poseedor final del libro. Durante décadas fue la única librería del pueblo, con su trastienda ocupada por macizas, negras y mágicas impresoras y expeditivas e incruentas guillotinas que asépticamente descabezaban tomos de papel por gruesos que fueran. Con precisión milimétrica. La mayor parte de ellas se libraron del naufragio de la riada que castigó severamente a la calle Empedrá, emplazamiento original de la imprenta. Cuando las aguas ocuparon la calle, la imprenta ya se había trasladado a la Plaza Mayor. Únicamente una pesada prensa que permaneció en el emplazamiento original acabaría hundiéndose en las misteriosas profundidades que conducen al centro de la tierra, sin duda, buscando emular los viajes imaginados por Julio Verne. El subsuelo de nuestro pueblo alberga esta y muchas otras sorpresas que quizás algún día sean objeto del estudio de arqueólogos por venir.
Pero la imprenta de Alvero era mucho más que una librería. Desde la nave de la imprenta, religiosamente y en el mes de abril, en conmemoración de la fecha de la muerte de Cervantes, se convocaba el concurso de conocimientos literarios, quebrador de cabezas, que nos pedía que hurgáramos en nuestras memorias, hojeáramos en los libros arrinconados de la escuela o convirtiéramos las preguntas en materia de tertulia y discusión. En cualquier caso un empeño bien alejado de la ignorancia y vacuidad digital que nos asola. Más tarde, los buscadores de internet y las pantallas siempre accesibles e inyectadas en vena, perfectos viales de naderías, desvirtuaron el pedagógico desafío, resolviendo cualquier duda sin esfuerzo alguno y adentrándonos un poco más en nuestra suicida decrepitud mental. No deja de ser paradójico que cuando desde el poder se legisla y dogmatiza cuál debe ser la memoria inamovible llamada histórica y colectiva, se nos vaya escurriendo entre los dedos de las manos nuestra cada vez más endeble capacidad de ejercitar la memoria personal.
Pepe Alvero recogió para siempre retazos de la vida, el habla y las costumbres de Ayora. Al hacerlo ha contribuido a tejer la red de la memoria viva de nuestro pueblo, ingrediente orgánico de la cultura y como tal, una parte de todos nosotros en la medida en que no nos creamos con derecho a mirar por encima del hombro al tiempo que fue. Sus palabras fueron pincel doloroso para plasmar sobre el papel toda la negrura de aquellas dos fechas de 1979, la sierra convertida en pira interminable, y 1982, las aguas volviendo por su viejo cauce y llevándose las vidas de un puñado de nuestros vecinos. Pero no sólo pincel, también espejo en el que mirarnos fueron sus libros. Mirarnos, escucharnos y podernos reír con nosotros mismos, que si las tragedias curten, la risa cura. Reflejando unas y despertando la otra, Pepe Alvero dio a conocer esta Villa de Ayora y dejó testimonio de su amor por la misma.
Perito en el arte de investir de permanencia a todo cuanto es fugaz, con sus escritos hace una enmienda a la totalidad al lema inscrito en la fachada de la casa de la plaza de Los Olmos, canto a la brevedad del tiempo vivido, y obra la maravilla de detener nuestro pequeño tiempo local, dándonos con ello, a todos, un poco más de vida.
Nuestro agradecimiento y recuerdo es más que merecido.