Greta, ¿dónde estás? Por Carlos Feuerriegel

Greta creció. Dio el estirón y desapareció. Hizo mutis por el foro, como toda una actriz. Por las tablas del Foro Económico Mundial tampoco se la ha visto. Los milmillonarios que hasta hace poco la escuchaban embelesados en Davos al mismo tiempo que la niña del rostro atravesado les humillaba, ya no tienen oídos para ella. Ni ojos las televisiones. Greta está amortizada. En realidad, todo era de mentirijilla, pero daba el pego. Somos algo crédulos. Nuestras tragaderas no tienen nada que envidiar a las del Sangonereta de “Cañas y Barro”.

Dicen haber visto a Greta por Alemania. Vestida de minero y aprendiendo a barrenar en las negras galerías de lignito que sus antiguos camaradas verdes teutónicos están reabriendo con alegría sin igual y sin torcer el gesto. Greta, cuando niña, no quería que se quemara carbón, ni siquiera el de los Reyes Magos destinado a los niños malos que no son como ella. Ahora, la Greta crecida le dará candela al carbón de menos lustre, al más rico en azufre, al más contaminante. Greta nunca se anduvo con medias tintas. Quien tuvo, retuvo.

Otros hay que juran por lo más sagrado haberla visto en la costa este de los Estados Unidos. Se estaría sacando la licencia de patrón de barco mercante. No de patrona, no. En cosas de la mar y a la hora de encomendarnos, ya tenemos a la Virgen del Carmen, y además, Greta es protestante y algo reacia al mundo de las vírgenes. A Greta no le falta experiencia marinera. Hace unos años surcó los mares en barco velero para asistir a una reunión de expertos  y sin dejar huella, estela, alguna de carbono. Cruzó el Atlántico y abrió los telediarios y surcos en la mar. No pueden haberlo olvidado.  Ahora quiere hacer la misma ruta, pero al revés. Con su título de patrón podrá comandar alguno de los  buques metaneros  con los cuales el amigo americano piensa inundar su siempre agradecida colonia europea.

El crecer, Greta, trae estas cosas. Vemos el mundo de otra manera y aprendemos a amar hasta el fracking, que antes te quitaba el sueño y las ganas de comer.

Pero no, ni en Alemania, ni en los EEUU. El testimonio más creíble es aquel que afirma que Greta no volvió a salir de su Suecia natal. Megáfono en mano y enarbolando la bandera azul de sus nuevos patronos, nuestra Greta clama por el ingreso en la OTAN de su país. Nada como la guerra permanente para aligerar huellas de carbono y pisadas prescindibles. Greta finalmente puede sonreir libre de todo complejo. Sonriente es otra y no es de extrañar que no lleguemos a verla, buscamos a la Greta de antes.

Añoramos a la Greta que fue y sus cálculos del carbono eruptado. La cuenta atrás para el fin del mundo se ha detenido. Sus amiguitos de “Fridays for Future” están todos de vacaciones. En Benidorm. Ahora lo que toca es salvar los muebles carcomidos del Occidente y sus inmaculados valores. Nos amenazan los hunos y los otros que ya avanzan desde las estepas rusas. Ante la interesada ficción de un nuevo Atila, la Greta de ayer no se comía una rosca, ni una ensalada vegana.

Este es el triste destino de toda esta farsa de profetas de escaparate, diversos e inclusivos: cambia la temporada, muda la decoración y las Gretas de turno pasan a estar de más. Hasta nueva orden, se entiende.

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