La sombra del sol

CARLOS FEUERRIEGEL

La temeridad y el sol precipitaron al joven Ícaro al mar. La primera le llevó a desobedecer los consejos de su padre volando demasiado cerca del sol y este acabó por derretir la cera que unía las plumas de sus alas. La sumisión y la religión climática están llevando a Alemania a las aguas no menos profundas de la ineficiencia y la ruina económica.

Ícaro, rebelde, creía saber más que su padre, el diseñador de sus ligeras alas y Alemania, sumisa, jura perseverar en el camino hacia el abismo que le señala el amo estadounidense. Con celo y rotundidad germánicas renunció a la compra directa del gas ruso, cercano, fiable y de precio ventajoso, al aplicar unas sanciones impuestas desde la otra orilla del Atlántico.  Ahora lo compra lejano, incierto y caro. Al mismo tiempo y para salvar el clima universal, proclama con hechos su fe inquebrantable en la transición energética y la guerra contra el carbón ecocida. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Y la primera en caer es ella misma.

De haber volado Ícaro con la luz de la luna, podría habernos dejado relato de su travesía. Lo que a él le hubiera salvado, a Alemania le está perdiendo. Su perdición bien pudiera servirnos de lección a los fieles menos aventajados en el culto climático.

Durante el pasado mes de agosto, las energías renovables cubrieron en Alemania el 58% de la demanda eléctrica. La energía solar aportó el 23,8% de esa misma demanda. Eólica (terrestre y marina), hidráulica e incineradoras de residuos aportaron el resto. Tanto la solar como la eólica tienen una producción intermitente, lo cual lleva a que no exista armonía entre la demanda de cada momento y la producción, una situación que se agrava cuando ambas formas de generación adquieren el peso que ya tienen en Alemania.

Hoy por hoy, la energía producida no se puede almacenar en una cantidad significativa. Debe ser distribuida. En el caso alemán y durante el pasado mes de agosto, uno de los meses de mayor producción de energía solar fotovoltaica, el exceso de producción, en algunos días, ha llegado a igualar el consumo de todos los hogares alemanes. La consecuencia es que esa energía se ha tenido que vender a países vecinos a precios de ganga, mientras que la energía que debía importarse cuando la producción era insuficiente, se ha tenido que pagar a precios de atraco. En concreto, y para ese mes, el precio medio de la energía importada fue de 10,27 céntimos kWh frente a un precio de la exportada de 0,95. Más de diez veces más cara la importada que la exportada.

A lo anterior se une que el coste medio del kWh solar producido es de 19,78 céntimos, debido a los bajos rendimientos de las instalaciones viejas y a los compromisos de precios subvencionados durante veinte años. Este alto coste del kWh salta a la vista y pesa en los bolsillos al conocer que el kWh solar vendido, de media, alcanzó un precio de 4,35 céntimos. Casi cinco veces menos.

Sumando ambos contratiempos, previsibles los dos, se llega a la cifra de mil ochocientos noventa y seis millones de euros que fueron desembolsados por el Estado alemán para cubrir esta calamitosa rentabilidad. Sólo en el mes de agosto. Hasta julio pasado, la cifra llegó a once mil novecientos millones de euros. Hay que tener unos riñones estatales muy bien cubiertos para poderse permitir esta broma. También un rebaño muy bien aleccionado para asumir la consecuencia del precio de la energía eléctrica más cara de la Unión Europea y en el caso de los hogares con un consumo medio de entre 2.500 y 5.000 kWh por año. El sacramento de la transición energética le cuesta de media a cada contribuyente alemán la calderilla de 82,5 euros. Al mes.

Podría argumentarse que el esfuerzo bien vale la pena, nadie dijo que fuera barato salvar al planeta. El problema es que aquí los números tampoco salen y Alemania con sus emisiones de CO2 de 484 grs/kWh producido  no se encuentra precisamente entre los primeros de la clase. Ni siquiera haciendo la trampa de no valorar debidamente la “huella de carbono” del gas licuado del amigo norteamericano, ni las mil vueltas que el gas ruso debe dar para, saliendo de donde siempre, llegar a la India y acabar…en Alemania. Con el recargo consiguiente.

La lección que debiéramos sacar es que la construcción de megaparques solares y la intención de pretender cubrir una gran parte de la demanda de una sociedad industrializada con generación solar fotovoltaica, conduce a un callejón muy caro y sin salida. Por contra, tiene sentido la generación descentralizada y con vistas a satisfacer las necesidades de autoconsumo de los hogares, buscando la mayor sintonía horaria entre la energía producida y la demanda.

El caso alemán debiera servirnos de advertencia. Los promotores de esa transición para ricos en vías de dejar de serlo, ya empiezan a pagar el precio de sus imposiciones.  Cuando los tres partidos juntos que en coalición gobiernan en Alemania, socialistas, verdes y liberales, ni siquiera llegan a la tercera parte del apoyo que han recibido los partidos críticos con esta transición energética en las últimas elecciones en dos regiones del oriente alemán, es que algo se está moviendo.

El mismo sol que fundió la cera de Ícaro está echando por tierra los números, visiones y mandamientos religiosos de los apóstoles de la virtud climática. Sea bienvenido este sol dador de vida. Renovémosle nuestro saludo cada amanecer.

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