CARLOS FEUERRIEGEL
Hay odio en las caras del pueblo de Madrid retratadas por Goya en su cuadro “El dos de mayo de 1808”. Los franceses habían entrado en la península apenas ocho meses antes y sólo dos meses llevaban las tropas del lugarteniente de Napoleón en Madrid. Con la aquiescencia, más o menos engañada, de una dinastía borbónica degenerada, el ejército francés se asentó en España y ya esas pocas semanas le sobraron para hacerse odioso a los madrileños y al resto de los españoles. Para Napoleón, en aquel dos de mayo, se trataba de hacer frente a una chusma criminal y enloquecida, aún no se hablaba de terroristas. Para nosotros esas turbas arrojadas son la expresión de la valentía y dignidad de un pueblo. Hoy seguimos honrándoles como los héroes que fueron, pues héroes son aquellos que emprenden acciones desinteresadas con la aceptación de la muerte por recompensa. Aquel pueblo de Madrid era creyente en las palabras que Don Quijote dirigiera a su escudero:
“Por la libertad, Sancho, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida, y por el contrario el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”
Los palestinos en la franja de Gaza no llevan semanas recluidos en el mayor campo de concentración de la historia, sino décadas. Se remonta al año 1948 cuando los sionistas lanzaron su operación Yoav para expulsar a la población autóctona palestina de sus tierras en el sur del que llegaría a ser el Estado de Israel. El que fue uno de los comandantes judíos en esta operación de expulsión de varios cientos de miles de palestinos, Yitzhak Pundek rememoraba en sus memorias publicadas en el año 2005, los hechos de los que fue testigo y partícipe:
“Allí había doscientas poblaciones palestinas y ya no hay ninguna. Fue necesario destruirlas. En caso contrario tendríamos a otro millón de árabes entre nosotros. Después de dos mil años de exilio, uno no puede crear un Estado usando guantes de seda (…) Mi corazón estaba cantando” (1)
Hoy, tres cuartas partes de los dos millones trescientos mil palestinos que sobreviven en la cárcel de Gaza, son descendientes de los expulsados de hace 75 años. Esta cárcel tiene una superficie de apenas 340 km², lo cual se traduce en una densidad de población que supera las 6.700 personas/km². Probablemente la mayor del mundo, pero con una carencia casi total de recursos y condenada a vivir de la ayuda internacional que logra llegar.
Los españoles de hace dos siglos no fuimos expulsados de nuestras tierras por las tropas napoleónicas, pese a lo cual nuestra reacción fue violenta y poco propicia para soluciones de compromiso. El odio no recayó únicamente sobre los mamelucos. Afrancesados y población civil al servicio del ocupante también fueron objeto de la acometida de los sublevados. A nuestros ojos, en nada ha disminuido aquella brutalidad la gesta de nuestros antepasados, ni nos ha hecho renegar de la afirmación de que todo pueblo ocupado tiene el derecho, incluso el deber, de hacer frente a la ocupación. La generación judía que llevó a cabo la expulsión de los palestinos de sus tierras, jamás puso en duda la justicia de la resistencia del pueblo palestino. Simplemente asumían que era incompatible la permanencia de la población autóctona con el proyecto colonial sionista. Para ellos, el más fuerte era el que debía prevalecer y para ello contaron con inestimables ayudas.
Constituye una de las ironías crueles de la historia el que a la I Guerra Mundial le pusiera fin la aceptación por parte de la vencida Alemania de los famosos 14 puntos del presidente norteamericano Wilson. Entre ellos el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Los árabes, súbditos del Imperio Otomano y que lucharon al lado de los vencedores, sin embargo, quedaron excluidos de poder ejercitar ese derecho en una Palestina que quedó bajo el Mandato de la Gran Bretaña. Nada debía impedir la realización de la empresa colonial sionista. El voto era indeseable en Palestina mientras la población judía fuera una insignificante minoría. Si nosotros lo hemos olvidado, los palestinos ciertamente no.
Uno de los héroes de la llamada guerra de independencia judía de 1948, Moshe Dayan, expuso claramente la conciencia del derecho a la resistencia de los palestinos en el funeral, en 1956, por Roi Rotberg, íntimo amigo suyo y guardia de seguridad en la colonia judía de Nahal Oz:
“¿Quiénes somos para lamentar su poderoso odio hacia nosotros? Durante ocho años ellos han estado en campos de refugiados en Gaza y delante de sus ojos, hemos ido transformando en nuestro Estado los campos y aldeas en los que ellos y sus padres trabajaron” (2)
Los judíos de aquella generación no se llamaban a engaño. Habían llevado a cabo la expulsión y se sabían objeto del odio de los desposeídos. La política de los fundadores del Estado sionista fue declaradamente brutal y tuvo en el terror su principal herramienta. El gobierno de Israel actual, por contra, mantiene una política más sibilina, menos abiertamente frontal, consistente en la humillación y opresión permanente de los desposeídos, en el goteo incesante de muertes palestinas y en la expansión de las colonias de zelotes sionistas, y todo ello, con la finalidad de hacer imposible la vida a los que fueron dueños de esa tierra. Para facilitarles la tarea cuentan con la hipocresía fétida de los medios de comunicación occidentales y de sus gobiernos. No es noticia lo que no se ve y queda en muy pocas manos decidir qué llegaremos a ver.
La incursión masiva de militantes del movimiento de resistencia Hamás en tierras que fueron de muchos de los antepasados de esos combatientes supone, no sólo un descrédito absoluto para la eficiencia militar de la entidad sionista, sino también un grito imposible de no escuchar lanzado por un pueblo que tiene el derecho cervantino de rebelarse y mostrar su deseo de vivir libre y dignamente. Es descorazonador contemplar como en esta situación, mientras que hasta en los medios israelíes se acusa a Netanjahu de enorme responsabilidad en lo ocurrido por continuar con una política que sólo conduce a cada vez mayor desesperación entre los palestinos (3), aquí seamos más papistas que el Papa y tratemos de explicar la violencia desencadenada en una especie de vacío histórico, sin atender a los precedentes, quedándonos con interpretaciones propias de una audiencia infantilizada e interesadamente ignorante.
Hamás bautizó a su operación como “Inundación de Al Aqsa”, la mezquita de Jerusalén, el tercer lugar más sagrado para los musulmanes y que hace una semana fue ocupada por centenares de judíos ultraortodoxos que reclaman poder construir en ese mismo lugar su tercer templo de Salomón. Ciertamente este no fue el desencadenante de una acción que habrá requerido meses de preparación, pero estamos más cerca de entender el nombre elegido si consideramos que hoy el gobierno israelí está dominado por, precisamente, esas mismas fuerzas ultraortodoxas que ni siquiera consideran que los palestinos sean seres humanos. Para esos émulos del bíblico Josué y sus genocidios veterotestamentarios, el tercer templo sigue figurando en su Agenda de deseos y provocaciones. En este sentido, la “Inundación de Al Aqsa” busca galvanizar al mundo musulmán frente a una amenaza que gana fuerza cada día.
La ofensiva Yoav de 1948 fue uno de tantos lugares en los que actuaron los colonos judíos. En los alrededores de Jerusalén también se combatió y allí se encontraba la aldea palestina de Deir Yassin, borrada del mapa con más de cien civiles asesinados por las fuerzas del Irgun al mando de Menachem Begin. Begin llegaría a ser primer ministro de Israel y hoy, en los alrededores de la inexistente aldea de Deir Yassin, se alza el Museo de Yad Vashem, peregrinación obligada de todo jefe de Estado en visita oficial. Las ruinas de Deir Yassin, sin embargo, no figuran en guía oficial alguna, pero sí en la memoria de los descendientes de sus moradores anteriores a 1948.Ç
Al igual que Moshe Dayan, David Ben Gurion, el dirigente de mayor peso en toda la historia del Estado judío, también era muy consciente de cuál era la resistencia palestina a la que deberían hacer frente. En 1956, le confesó a su amigo Nahum Goldman, que en aquel tiempo era presidente de la Agencia Judía para Israel y de la Organización Mundial Sionista:
“¿Por qué los árabes deberían firmar la paz? Si yo fuera un dirigente árabe, yo jamás firmaría un tal acuerdo. Esto es muy normal: les hemos quitado su tierra. Es cierto, Dios nos la prometió a nosotros, pero, ¿por qué debiera esto interesarles? Nuestro Dios no es el suyo” (4)
Es otra paradoja de estos tiempos tan terrenales y descreídos, nosotros que abominamos de teocracias en ojos ajenos y no vemos las que alimentan a un Estado del que decimos que comparte nuestros elevados valores. Sorprende tener que contemplar, sufrir y aceptar de aparente buena gana como el Dios celoso, vengativo y exterminador del Antiguo Testamento sigue estando detrás del que es, sin duda, el mayor foco de injusticia y guerra permanente que sufre nuestro mundo. Década tras década. Ahondar en las palabras de Ben Gurion es imprescindible para situar los hechos del presente en su verdadero contexto. Para poder explicarnos la manifestación de un presente que tiene raíces muy profundas.
(1) Ha´aretz, 23/04/2004 (en hebreo) “I came to ask forgiveness”, citado en Max Blumenthal “Goliath”, Nation Books, New York, 2013, pg 90
(2) Mordechai Bar On , “Moshe Dayan: Israel´s Controversial Hero”, Yale University Press, 2012, pgs 75-76
(3) Ha´aretz, 9/10/23 en twitter.com/Laurie_Garret/status/1711453682020077884
(4) Nahum Goldmann, “Das jüdische Paradox”, Europäische Verlagsanstalt, 1992, pg 137