Sin placebos no hay comparación posible
En el listado anual de especies animales en peligro de desaparecer no se hace mención de esta especie. Hace apenas un año por todas partes se podía contemplar la presencia de sus ejemplares; habitaban en ciudades y pueblos de los cinco continentes y su futuro parecía más que garantizado. Más o menos como el de los gorriones, que de la noche a la mañana, ya no pueblan nuestros tejados. En nuestro caso, todo se debe al coronavirus que acabó con la vieja normalidad. Al virus le siguieron las terapias génicas, rebautizadas como vacunas, que habían de devolvernos a la normalidad. Pero la normalidad no llegó. Las promesas no se cumplieron y con ello la fatal sentencia cayó sobre esta peculiar fauna humana de las personas que han optado por no dejarse inyectar en un ciclo de pinchazos cuyo inicio se conoce, pero no su final. Aunque no lo parezca, también son humanos, racionales y dotados de afectos y libre albedrío. Son los placebos
Cuando en la primavera del 2020, Pfizer y Moderna dijeron iniciar sus estudios para demostrar la efectividad de sus terapias génicas contra el coronavirus, dividieron a la población voluntaria que formó parte de sus pruebas en dos grupos. Un grupo recibiría el preparado que se quería legalizar, y el otro un placebo, un producto inocuo que se sabe no afectaba a la salud de los integrantes de ese grupo. Hasta aquí, estamos ante el proceder normal en cualquier ensayo clínico para legalizar un producto farmacéutico de uso en humanos. Durante seis meses se estudiaría la evolución de ambos grupos pudiendo contrastar cualquier efecto adverso que se presentara en el grupo tratado con los efectos que pudieran presentarse en los no tratados.
La gran novedad, sin embargo, es que a los seis meses, más o menos en diciembre del 2020, tanto Pfizer como Moderna ofrecieron a los no “vacunados” la posibilidad de vacunarse, con lo cual se acababa la posibilidad de estudiar los efectos a medio y largo plazo en los participantes en este ensayo, que fue el presentado para la legalización condicionada de ambos productos.
No se pueden conocer estos efectos de las “vacunas”, sin poder comparar entre ambos grupos. Y los placebos prácticamente dejaron de existir. En el caso de Moderna, el 98% (1) aceptaron el pinchazo y desaparecieron como grupo placebo. En el caso de Pfizer, la compañía no quiso dar a conocer el porcentaje de personas del grupo placebo que aceptó la “vacuna”, pero es presumible que sea una cifra similar a la de Moderna.
En consecuencia, los únicos placebos que quedamos para poder comparar el efecto de las terapias génicas en la población, somos las personas que no hemos aceptado el, los pinchazos.
En la medida en que este grupo se reduzca, se reducen las posibilidades de atribuir cualquier efecto adverso notificado en vacunados, frente a este mismo efecto inexistente, o menos presente, en los no vacunados. El sueño de las compañías farmacéuticas. Ellas ya se ocuparon de que los placebos desaparecieran de sus ensayos, ahora hay que eliminarlos de la población en general. En ello están las autoridades políticas a su servicio.
Quién se pregunte cómo es posible que se refuerce el discurso único de la obligatoriedad de la inyección cuando los vacunados pueden trasmitir el virus y al mismo tiempo disminuye drásticamente la gravedad de la infección con la nueva variante Omicron, debe tener esto siempre en mente. Los efectos adversos a medio y largo plazo de las “vacunas” sólo son demostrables frente a un grupo estadísticamente significativo de no vacunados, los placebos en peligro de extinción. Parece ser que para ellos no caben leyes de protección. Al contrario, la veda está permanentemente levantada. Y aquí vale todo: cepos, hurones, lazos y puede que propongan hasta el veneno. Será en vano. La vida es perseverante y los placebos como expresión de vida libre, también.