Nada he oído en los últimos días a través de los medios de comunicación oficiales de la situación en Canadá. Desde hace días, Ottawa, la capital de ese país permanece ocupada y parcialmente bloqueada por las protestas en contra de las represivas medidas anti-COVID dictadas por el gobierno del primer ministro Trudeau (1).
El desencadenante inicial de esta verdadera e inusual insurrección popular, en palabras de una representante del Ayuntamiento de la capital canadiense (2), fue la movilización de los camioneros que rechazan tener que someterse a la terapia génica inyectada para atravesar la frontera con los Estados Unidos. Ellos iniciaron la marcha hacia la capital y pusieron a rodar la bola de nieve que, de entrada, llevó a Trudeau a abandonar Ottawa hacia un paradero desconocido.
Trudeau dirigió un mensaje institucional a la nación (3), de media hora de duración, al poco de iniciadas las protestas . Imposible el diálogo con el movimiento de protesta dado el cariz “racista” y contrario a “los valores canadienses” de los manifestantes. Palabras con poco bálsamo para calmar los ánimos, pero todavía lo pudo mejorar. Para ello, nada como recurrir a un Tweet que emitió el 2 de febrero:
“Los miembros del Parlamento, hoy y en sesión plenaria, han condenado unánimemente el antisemitismo, la islamofobia, el racismo contra los negros, la homofobia y la transfobia que hemos podido observar los últimos días en Ottawa. Déjennos ustedes seguir trabajando unidos para hacer un Canadá más inclusivo” (4)
Trudeau no puede ni quiere entender que ese es precisamente parte del mensaje que colma la paciencia de las gentes. Aquel que crea problemas donde no los hay para encubrir las reales agresiones cotidianas y permanentes contra las condiciones de vida de la mayor parte de la población. Especialmente contra los trabajadores.
La reacción de los transportistas canadienses es una buena expresión de esta realidad. Para silenciar las discriminaciones que su gobierno ha impuesto a una parte no pequeña de su población, aquellos que rechazan las “vacunas” y “los pasaportes” y los encierros impuestos, Trudeau saca a pasear la terrible amenaza de la “transfobia”, que más de uno no sabrá ni siquiera definir. El patetismo de las elites sorprendidas y perplejas llega a ser enternecedor.
La sordera y la reacción de Trudeau es el fracaso de lo que todavía se llama izquierda política, poco importa que el político canadiense represente al llamado Partido Liberal, su mensaje es idéntico al de la izquierda pandémica. Si las discriminaciones, acoso moral y laboral, criminalización y desprecio, rayando en el odio, que se está vertiendo sobre las personas que rechazamos las vacunas que no vacunan y las medidas que sólo perjudican, se aplicaran a cualquier otro segmento, por más que minoritario, de la población, el grito de esa izquierda se oiría en las alturas. Nada se oye. Silencio absoluto. La izquierda de la inclusión ha desaparecido de la escena. Sentarse en los consejos de ministros les ha llevado a hacer y dictar todo lo contrario de lo que predicaban. Algo que pasa factura.
Cierto que hay honrosas excepciones. En Europa, en España. Ángeles Maestro, exdirigente de Izquierda Unida, Beatriz Talegón, exdirigente de las Juventudes Socialistas o Sahra Wagenknecht en Alemania, ex dirigente y portavoz de “Die Linke”, lo más a la izquierda que puede encontrarse en el Parlamento alemán, o Madeleine Petrovic ex dirigente de los Verdes austriacos son la excepción que confirma la regla. Y todas ellas avisan del suicidio político emprendido por la izquierda con su política de apoyo a las elites financieras que están dictando las medidas tomadas en la pandemia.
La izquierda es víctima de su idolatría de la idea del progreso, personificada en la ciencia. Pero la ciencia como tal, como entidad única, indiscutible e infalible, no existe. La izquierda parece haber olvidado que las manifestaciones de una sociedad son expresión fiel de las relaciones de poder de esa sociedad y de este tiempo. La ciencia que llega a nuestros oídos y pantallas es expresión de esas relaciones, y obedece a los intereses económicos del poder real, el financiero. La izquierda parece encontrarse a gusto en esa compañía. Como Trudeau, en habitaciones bien caldeadas, invitadoras del sueño, desde las que lanza Tweets que llegan a unos manifestantes que soportan hasta veinticinco grados bajo cero. El contraste de las temperaturas es el choque de esos dos mundos. El despertar va a ser duro, y no es raro que entre las medidas que hasta ahora ha solicitado el Ayuntamiento de Ottawa a los tribunales, sea que los camiones dejen de sonar sus bocinas. Es comprensible. ¡Que nada moleste su sueño!
(1) https://sciencefiles.org/2022/01/28/truck-fudeau-weitgehend-unberichtet-in-ms-medien-beginnt-in-Kanada-eine-revolution/
(2) https://globalnews.ca/news/8597478/ottawa-trucker-convoy-risk-of-violence/
(3) https://www.youtube.com/watch?v=cATcIT3MnpY
(4) https://www.euroweeklynews.com/2022/02/02/trudeau-blackface-black-history-month/