Solzhenitsin

Hace más de veinticinco años, el nobel ruso de literatura, Alexander Solzhenitsin, vaticinó la guerra en Ucrania. Luchador contra el comunismo soviético, no se dejó engañar por los cantos de sirena occidentales.

CARLOS FEUERRIEGEL                                        

Probablemente una mayoría hoy no sepa qué hacer con este nombre. Nada les dice. Vagamente yo todavía recuerdo la entrevista que en 1976 le hizo José María Íñigo a este escritor ruso ganador del premio Nobel de literatura. En su haber figura la lucha sostenida contra el estalinismo soviético en los años cuarenta del pasado siglo, lucha desde el interior de la entonces Unión Soviética y que le supuso pasar por el sistema de los campos de concentración de la URSS que él daría a conocer al mundo con sus obras y que hoy seguimos recordando como el Gulag.

Solzhenitsin no fue un escritor cómodo ni para la URSS, que le permitiría salir en 1974, ni para el llamado “mundo libre” que le acogió, primero en Suiza y finalmente en los EEUU. Solzhenitsin reconoce en sus memorias del exilio (1), que el espejismo de ese mundo democrático, aparente antítesis del sistema soviético, no tardó apenas ni unos meses en mostrársele con toda su hipocresía y falsedad. En los EEUU se negó a acudir a la Casa Blanca para ser recibido por su presidente, Gerald Ford, pese a las insistencias de este y ante la política norteamericana que no podía ocultar que para ella el verdadero enemigo de la llamada guerra fría, no era el comunismo soviético sino el inmenso potencial del sentimiento nacional ruso, del que Solzhenitsin era un defensor. En España, al día siguiente de la emisión de su entrevista en directo en la TVE y durante un viaje en coche hacia Zaragoza, fue detenido por un vehículo de la policía nacional que le informó de que el Rey Juan Carlos deseaba recibirle en la Zarzuela para profundizar en el contenido de sus palabras de la víspera. Cortésmente, Solzhenitsin también declinó esta invitación, alegando que en nada podría ayudar ni a la figura del recién nombrado rey ni al contenido de su discurso televisado. Después de tres años fuera de la URSS, Solzhenitsin se había dado perfecta cuenta de que su lucha, que diferenciaba claramente entre el sistema comunista implantado en la URSS y su patria rusa, no era bien recibido.

En 1959, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Resolución 86-90 (2), por la que se creaba la “Semana de los pueblos oprimidos” y en la que se llamaba a redoblar los esfuerzos para liberar, en la retórica estadounidense, a los pueblos de la Europa oriental ocupados por la URSS. Entre esos pueblos, ocupados con el consentimiento de los Estados Unidos y de la Gran Bretaña y aliados de Stalin en la segunda guerra mundial, no figuraba la propia Rusia cuando para Solzhenitsin era Rusia la primera que estuvo sometida, desde 1917, a un régimen comunista totalmente extraño a su identidad nacional.  Tanto los EEUU como los bolcheviques, bajo el liderazgo de Lenin, veían en el nacionalismo ruso un enemigo a batir. No en vano se debe a Lenin la creación de una artificial República soviética de Ucrania que más que duplicaba el territorio reivindicado por el nacionalismo ucraniano y a costa del suelo ruso. Pasados cincuenta años desde aquellas transformadoras revelaciones para la percepción de Solzhenitsin y desaparecida la Unión Soviética, no sólo no ha cambiado nada en la actitud de los EEUU frente a Rusia, sino que los temores que él en su día albergó, se han elevado al cubo y han estallado en la forma de la guerra en Ucrania.

A finales de los años noventa, nuestro escritor dejó patente sus peores augurios para el futuro de los pueblos eslavos orientales, rusos, bielorrusos y ucranianos en su libro “El colapso de Rusia” (3). Vaticinó que los EEUU y su brazo militar, la OTAN, utilizarían a la recién independizada Ucrania para provocar y acosar a Rusia, lamentando la suerte de los doce millones de rusos étnicos que entonces vivían en el este y el sur de Ucrania, la cuarta parte de la población de entonces en ese país y una cifra que se elevaba al cincuenta por cien, si se consideraba a los ciudadanos ucranianos que tenían al ruso cono lengua materna. Pese a esta realidad, el ruso no era lengua oficial y la discriminación de la población rusa o rusófila ya alcanzaba cotas más que preocupantes.

Solzhenitsin denunció en sus escritos cómo la emisora Radio Liberty, sostenida por la CIA y emitiendo desde Europa occidental, apenas si había cambiado su discurso contra la URSS, después de la disolución de esta y ahora se prodigaba en su fobia contra la Federación rusa, que en aquellos años sufría la depredación de sus bienes estatales públicos regalados por el poder corrupto y pro occidental que se instaló en el poder tras el cambio de sistema. La terapia de choque capitalista que hundió a Rusia en la miseria, sí que era del agrado de los panegiristas del libre mercado que emitían sus recetas económicas mortíferas desde Radio Liberty.

Solzhenitsin no llegó a ver la entrada del ejército ruso a través de la frontera oriental de Ucrania en febrero de 2022, pero la había previsto en la medida en que Rusia recuperara su dignidad nacional y las autoridades ucranianas prosiguieran en su acoso a la población y cultura rusa. Él no deseaba en modo alguno esa guerra, una guerra que es en gran medida entre hermanos, dos de sus abuelos eran ucranianos, pero el proceder del llamado occidente libre no dejaba lugar a dudas de sus intenciones.

El objetivo final de esa guerra no podía ser otro que forzar el debilitamiento de Rusia, devolviéndola a los años noventa del pasado siglo. Los años de la postración absoluta de Rusia inmortalizados en el vergonzoso baile sobre un escenario de Yeltsin, presidente ruso, al borde del coma etílico y un Clinton, presidente de los EEUU, desternillándose de risa ante el vergonzoso pero delicioso espectáculo, para él, que su antaño enemigo mortal le servía en bandeja. Esa es la Rusia deseada por los EEUU, por Radio Liberty y por los corsarios de la OTAN. Para llegar a ella, ningún precio es demasiado elevado, máxime cuando las vidas las ponen otros. Solzhenitsin lamentó verlo venir, pero es muy probable que el castillo de naipes del poderío norteamericano que ya amenaza quiebra sea incapaz de alcanzar sus objetivos. Todos saldremos ganando con ello.

(1)”Zwischen zwei Mühlsteinen” Alexander Solschenizyn”, Herbig, 2005

(2) https://www.congress.gov/86/statute/STATUTE-73/STATUTE-73-Pg212.pdf

(2) “El colapso de Rusia” Alexander Solzhenitsin, Espasa-Calpe, 1999      

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