CARLOS FEUERRIEGEL
Pocos pueden reclamar para sí la categoría de científicos. Aún son menos los que admitirían ser unos estúpidos. El amor propio bondadosamente nos echa un capote para librarnos de tan denigrante condición. Nuestro filántropo de cabecera, Bill Gates, sin embargo, no tiene duda alguna de encontrarse entre los científicos y con aspiración a ocupar la cumbre de la sabiduría humana. Entre sus capacidades, figuran la de ser un as de la informática y los negocios, un salvador de nuestra salud y propagador universal de la buena nueva vacunal coronavírica y ahora, sorprendentemente, también la de querer enmendar las lacras del mundo vegetal.
El periódico New York Times ha sido el vocero de las ocurrencias, nada inocentes, de este raro ejemplar de la especie humana. En un encuentro celebrado a finales del mes de septiembre (1) de este año y centrado en el llamado cambio climático, los sueños de leñador vocacional ocultos hasta ahora en Bill Gates han salido a la luz, para terror de todos los árboles y bosques que en el mundo son.
Ante la necesidad ineludible de hacerle un corte de mangas al criminal ciclo del carbono, esta termita humana propone talar a discreción millones de hectáreas de bosque en el oeste de los Estados Unidos, para recluir los árboles talados en formaciones geológicas estables que aseguren que la liberación del anhídrido carbónico retenido en su materia vegetal, se libere sólo muy lentamente. No sería una tala a mata rasa. Más bien, un adehesamiento pero sin cerdos en montanera; imaginen un árbol aquí, otro allá y en cualquier caso, dejando pocos, muy pocos.
El razonamiento de Gates es brillante, como toda su trayectoria. Dado que los bosques se van a quemar en apocalípticos megaincendios, liberando enormes cantidades de CO2 de forma explosiva, nada mejor que prevenir y cortarlos antes.
Inquietante es el hecho de que esta sibila filantrópica tiene el don de acertar cuando vaticina. Así con la conocida como pandemia del coronavirus de la cual él nos advirtió. Por eso los bosques tienen razones más que fundadas para temblar aun al abrigo del vendaval. Todo vale para quitarle carbono al “ciclo pernicioso” que en otros tiempos fue el fundamento de la vida sobre la tierra. Para socavar, con sus intenciones, los mismos pilares de la vida.
La forma de pensar de Bill Gates es expresión de un fracaso y de una enfermedad. El fracaso de la que se tiene como primera potencia mundial, los EEUU de Norteamérica, a la hora de defender sus bosques frente a los incendios forestales, casi en su totalidad causados por la mano del hombre. Trasladado al combate de la criminalidad en Norteamérica, significaría masacrar a las víctimas, preservando a los delincuentes. Una idea genial. Sin víctimas no hay delitos, sin árboles, no hay incendios.
La enfermedad que aqueja a este altruista leñador está, por el contrario, muy extendida. La padece una mayoría de las personas. Es la percepción utilitaria de la naturaleza, el salirnos nosotros de ella, contemplarla desde fuera y desde arriba y ver en ella sólo una herramienta. Útil en la medida en que nos sirva. Prescindible, en caso contrario. La parte, nosotros, rebelándose contra el todo, ella.
Con su sentido práctico, Gates quisiera que los árboles dejaran de crecer orgullosa y altivamente hacia los cielos y lo hicieran a lo largo, con troncos cuadrados, como las habas, y para facilitar su posterior tableado. Es el mismo balbuceo de la ignorancia que a tantas personas les lleva a predicar que el agua de los ríos no debiera perderse en el mar, al mismo tiempo que colocan su sombrilla en las arenas de unas playas que deben su origen precisamente a esas aguas tozudas y descarriadas de los ríos, portadoras de sedimentos, hacedoras de playas.
Manifiestamente incapaces de salvaguardar la convivencia en nuestras comunidades crecidas y forjadas en el curso de la historia, nos afanamos por rectificar aquello que no añora para nada, nuestras pobres habilidades de aprendices de brujo. El problema radica en que el fracaso anunciado de nuestras acometidas se salda con consecuencias nefastas para los bosques, para los ríos y, por supuesto, para nosotros mismos. Esto, el señor Gates y la legión de sus seguidores no lo quieren ver y su legión es muy poderosa.
En un tiempo en que la cordura y el amor a la vida no viviera horas tan bajas como en la sociedad de la que Gates es claro representante, sus delirios serían tomados por los de un demente. No merecería mayor atención. El hecho de que el New York Times, considerado por nuestro papanatismo de súbditos coloniales como la cima de la buena información, le preste atención, no nos permite despreciar su locura.
Shakespeare en su tragedia de “El Rey Lear” ya lamentó por boca del conde de Gloucester que:
“Estos tiempos son una calamidad en la que los locos guían a los ciegos”
Gates forma parte de la hidra de locos que nos guían. Nosotros somos los ciegos, pero nuestra ceguera no es congénita. Es adquirida, y lo peor es que es también esforzada a fuerza de ser cultivada. El animal que hay en nosotros no disfraza la realidad, la percibe tal cual es. Sólo en la medida en que nos negamos a nosotros mismos damos la bienvenida a esta ceguera y dejamos las riendas en manos de los locos. En nuestra mano está abrir los ojos y tomar las riendas. Los árboles también nos lo agradecerán.