CARLOS FEUERRIEGEL
A finales del siglo XIX, Zadok Kahn ostentaba la dignidad de Gran Rabino de Francia. En reiteradas ocasiones, Kahn actuó como intermediario entre Theodor Herzl y la rama francesa de los banqueros Rothschild, con la finalidad de conseguir el apoyo de estos financieros al proyecto sionista. Con muy pobres resultados en un primer momento. Kahn también trasladó a Herzl las críticas provenientes del mundo musulmán a las pretensiones de colonizar Palestina por parte de los inmigrantes judíos, principalmente del este de Europa.
En 1899 Theodor Herzl recurrió al idioma francés, que dominaba desde sus años de corresponsal del periódico vienés “Neue Freie Presse” en París, para contestar a una de estas críticas que Kahn le había trasladado. Youssuf Zia Alkady, con anterioridad alcalde de Jerusalén, era el remitente original. La respuesta de Herzl contiene una verdadera piedra Rosetta para entender el fenómeno sionista y su inevitable fracaso:
“Usted ve una dificultad en la existencia de una población no judía en Palestina. Pero, ¿quién piensa acaso en alejarles de allí? Precisamente su bienestar, su riqueza sería aumentada por nosotros, al aportarles la nuestra. ¿Cree usted que un árabe que posea en Palestina un solar o una casa con un valor de tres o cuatro mil francos, estará muy afligido cuando vea multiplicarse el valor de su tierra por cinco o por diez?” (1)
Uno duda al leer estas palabras si su redactor es un promotor inmobiliario de la era del ladrillo español, o si se trata de la figura de un nuevo Moisés nacionalista del pueblo judío, que para mayor sorpresa no era judío sino egipcio, un papel, este último, que Herzl se sentía mucha más tentado a representar. Ambos son incompatibles. El amor a la tierra no casa en absoluto con la veneración de la misma reducida a bien especulativo. El que ama su tierra, no la pone en venta, y aquel que no pretende ponerla en venta, en nada se beneficia con el alza en su valor teórico. Y aquí radica precisamente una de las razones del aborto del proyecto sionista, dejando a un lado la negación de querer expulsar de sus tierras a sus moradores. Sarcasmo histórico a la vista del grito desesperado de los hechos: pasados, recientes, actuales.
Tanto Herzl, como el resto de los dirigentes sionistas, contemplaban su idea como una forma de devolver al pueblo judío a una condición equiparable a la del resto de pueblos de la tierra. El sionismo pretendía ser la negación de una anomalía. Una nación ligada a un territorio, que consideraba suyo, era la meta a alcanzar. En este sentido el sionismo no era más que una manifestación de las corrientes nacientes del nacionalismo centroeuropeo del siglo XIX. Un judaísmo secularizado. Pero al mismo tiempo este nuevo y peculiar nacionalismo exigía del pueblo palestino, que renunciara a su vínculo inmemorial con esa misma tierra, para hacer sitio a los recién llegados. Una exigencia desvergonzada y sangrante. El alegato del vínculo emocional de los sionistas con la antigua tierra de Judea sólo tenía comprensión para un vínculo puramente especulativo y económico por parte de los actuales moradores de esa misma tierra.
Los sionistas querían ser iguales a los demás sin por ello dejar de gozar de una situación de excepcionalidad. Esta excepcionalidad ya se refleja en la referencia, escandalosa y engañosa a la vez, a la existencia de “una población no judía en Palestina”, cuando esa población, que parece ser minoritaria en la carta de Herzl, no era inferior al 95% de la población total. Con esta forma de expresarse pesa más en Herzl la virtualidad onírica de su intención, que la realidad del territorio y su ocupación. Para él son prioritarias las aspiraciones de una minoría extranjera y ajena a la tierra frente a la presencia de la población, abrumadoramente mayoritaria y autóctona palestina. Su redacción desmiente sus aparentes buenas intenciones.
Los sionistas de primera hora y hasta la fundación del Estado judío en 1948, consideraban que su proyecto serviría para revitalizar física y anímicamente a su pueblo. Buscaban devolverles al trabajo realmente productivo, creativo material y espiritualmente que siglos de dispersión entre comunidades extrañas les habrían impedido desarrollar, reduciéndoles a un papel impuesto de especulación monetaria y comercio al por menor. El proyecto sionista soñaba con un nuevo hombre judío con la pala del campesino y la paleta del constructor en la mano. Sin embargo, Herzl en su carta a la que fue autoridad árabe de Jerusalén, deja traslucir precisamente el valor puramente especulativo que atribuye a la tierra, reflejo de una forma de pensar y actuar que el sionismo pretendía superar. Cae en el estereotipo del judío que él, muy especialmente, rechazaba. Hasta qué punto Herzl era consciente de esta contradicción no podemos llegar a saberlo.
Por otra parte, el proyecto sionista debía superar la fase milenaria de diáspora judía. Diáspora que ellos se esmeraban mucho en considerar como “exilio”, el “galuth”. Este exilio forzado en no poco debía recordar en el imaginario sionista al periodo bíblico de servidumbre en Egipto. Liberarse de ese exilio, en el relato sionista, constituía una “elevación”, la “alliyá”.
Pasados ya casi ochenta años desde la creación de la entidad sionista en tierras de Palestina, nada refleja mejor la ruina y fracaso de la idea original de sus promotores, que el hecho innegable de que ese Estado no es un Estado más entre los demás. Es un Estado que nos amonesta a los demás por su papel de víctima eterna, víctima nuestra o de los innumerables Amalekitas que en la historia han sido. Yunque del pasado milenario, al mismo tiempo que ejerce con descaro su trabajo metódico y frío de martillo en la fragua del presente.
El proyecto sionista constituye un Estado peculiar, sin fronteras conocidas y sostenido desde fuera por precisamente esa diáspora que, estando llamada inicialmente a desaparecer, ha conseguido ejercer un papel determinante en la política exterior de los Estados Unidos de Norteamérica y en los gobiernos de sus satélites y aglomerados satelitales como la Unión Europea. Ni una sola semana habría podido sostener el ejército sionista su matanza de civiles en Gaza, sin el puente aéreo que de forma ininterrumpida rellena sus exhaustos arsenales con nuevas remesas de bombas infanticidas. ¡Qué lejos queda ya aquel Herodes del relato bíblico que se contentaba con el sacrificio únicamente de los infantes de menos de dos años! Los Herodes de nuevo cuño exigen el tributo de toda la descendencia, sin eximir a los padres.
Hoy es el exilio el que proporciona respiración artificial al proyecto de Herzl, cuando debía ser la tierra de Israel redimida la que sostuviera las fuerzas del exilio acosado. Su idea puesta del revés. Tampoco sabemos cuál habría sido la reacción de Herzl ante esta amarga sorpresa.
Sorpresa agravada porque precisamente son las actividades especulativas en la alquimia financiera las que proporcionan peso político a los exiliados en los países del turbocapitalismo liberal, y pese a que nada impediría reducir ese campo de actividades que el pasado, supuestamente, les habría impuesto. El escritor norteamericano y judío, Yuri Slezkine, en su obra de 2004 “El Siglo Judío”, galardonado con un premio por la crítica judía estadounidense, llamó la atención sobre esta actividad económica incuestionable y sus consecuencias políticas (2). Herzl vería ahora su sorpresa elevada al cuadrado.
O al cubo. La carnicería cruel, sádica y cobarde que el Estado de Israel lleva a cabo en Gaza, junto al goteo de asesinatos de palestinos en la Cisjordanía, requieren alguna explicación adicional al papel de sectores influyentes de la diáspora judía en los EEUU. Esa explicación la encontramos en los cristianos sionistas de los EEUU. Empezando por el caducado Biden, que por tal se tiene y declara en lo que atañe a sionista, y continuando por el que se nos presenta como su oponente, Trump. Ambos se jactan de su apoyo al Estado sionista, rivalizan en sus manifestaciones de entrega incondicional e infunden esta misma pasión en sus acólitos.
El proyecto sionista desde un principio fue consciente de su inviabilidad caso de carecer del apoyo de una gran potencia. Inicialmente fue la Gran Bretaña. Actualmente son los Estados Unidos. La decadencia imparable de estos últimos marca también la disolución de aquel proyecto. La digna resistencia del pueblo de Palestina y el contraste de este sacrificio con el puro cálculo mercantil de un Theodor Herzl atrapado en la quimera de una pobre revalorización inmobiliaria señala el contraste brutal entre dos mundos y por más que pueda parecer lejana, anuncia la derrota del extraño sueño que Theodor Herzl alumbró hace más de un siglo y que hoy ya no puede esconder su fracaso.
(1) “Theodor Herzl”, Alex Bein, Ullstein Verlag, 1983, pág. 273
(2) ”The Jewish Century” Yuri Slezkine, Princeton University Press, 2004. Winner from the National Yewish Book Awards 2005