CARLOS FEUERRIEGEL
De norte a sur y de este a oeste. En Polonia es la entrada masiva de cereal de saldo ucraniano. En Holanda las mortíferas flatulencias vacunas que acogotan el quimérico equilibrio climático, en Alemania es la amenaza de eliminación del gasóleo subvencionado y la insoportable burocracia digital que asegura miles de puestos de trabajo en improductivos asesores peritos en absurdos trámites administrativos. En España, en fin, la plaga ya bien asentada de ventas a pérdidas y el horizonte compartido de ausencia de horizonte.
El mismo opio somnífero que se promete para las masas, en forma de ingreso mínimo vital, ya lo viene recibiendo el campo comunitario bajo la etiqueta de ayudas de la Política Agraria Común (PAC). Desde hace décadas y con pésimo resultado. El número de explotaciones agrarias no conoce descanso alguno en su descenso y la renovación generacional en aquellas que subsisten, brilla por su ausencia. Algo está fallando.
Las causas concretas que en cada país se esgrimen para sacar los tractores a las carreteras son la espuma superficial de un malestar que es de fondo. La gente del campo intuye que la política de la Unión Europea les es hostil pero no llegan a dar forma al discurso necesario que denuncie esa hostilidad. A ellos, como a los demás sectores realmente productivos de la sociedad les falta el llegar a comprender el primer objetivo que se han marcado los poderes que diseñan la política europea: y este no es otro que acabar con los Estados nacionales europeos. La paulatina erosión de su ya raquítica soberanía política, exige también hacerse con la llave de su despensa. El acoso a las explotaciones familiares agrarias y la concentración de la producción en grandes empresas agroalimentarias es un primer paso para ello. Si las primeras siempre han hecho gala de una gran autonomía y arraigo en el territorio, las segundas serán totalmente dependientes de grandes inversiones de capital y carecerán de arraigo alguno. Una agricultura sin agricultores es el triste cuadro que nos ofrece este proceso.
Yo nunca escuché hablar a una berenjena. De aquí o de cualquier lejano país, son perfectamente intercambiables. No las distinguiremos por su acento y en cuanto a su carga de contaminación química, ni la vista más aguda podrá detectarla. La política de ayudas económicas al campo tenía como finalidad principal el equilibrar los daños derivados de tener que competir con alimentos importados pero producidos en condiciones no equiparables. No podía ser la solución. Tanto por crear dependencia y restar dignidad al trabajo del campo, como por ser discrecional y abocar a la ruina total en cuanto se reduce o elimina.
El mundo del campesino es un mundo de realidades. Duras, determinantes, con un enorme grado de imprevisibilidad. Se trabaja con seres vivos que obedecen a leyes propias, no con ficciones hijas de nuestras últimas apetencias ideológicas. Una lechuga es una lechuga y carece de voluntad para devenir zanahoria, malabares genéticos a un lado. El agricultor es consciente de los límites y se sabe parte de un todo que está por encima de él y que nunca es capaz de controlar en su totalidad. Esto fortalece su carácter, pero también le enseña a ser humilde ante la realidad de cada día. El agricultor conoce la soledad y no la teme, convive con la muerte y no la disfraza. El agricultor es en todo país la antítesis del hombre desarraigado, fluido e inconsistente que cultiva la agenda impulsada por la Unión Europea. El hombre que teme encontrarse a solas consigo mismo y sueña con la engañifa de inmortalidad llamada virtual.
El agricultor vive en un mundo de inseguridades. Los valores urbanos al alza y que son los que conforman las políticas de gobierno, rinden culto a la seguridad. Esta seguridad nos la ofrecen esas políticas después de habernos atiborrado de miedos. Para ablandar nuestra cera, para facilitar nuestro moldeado. El agricultor, en gran medida, ha permanecido ajeno a ese mundo de falsas certezas y esto le ha permitido llegar hasta aquí. Pero precisamente es esto mismo lo que le convierte en un arquetipo a superar por los que traman el nuevo reinicio que proclama, ya la defensa del libre mercado, ya la protección del planeta frente a un mal llamado cambio climático.
Estas realidades conforman el mundo de ideas del campesino, quizás inconscientes, quizás vividas más que comprendidas, son el mar de fondo, turbulento y amenazado que se manifiesta estos meses en muy diferentes países no sólo de Europa. Asegurar la supervivencia y la vitalidad recobrada de nuestro sector primario, exige denunciar y derrotar la agenda hipócrita que crea dependencias empobrecedoras, no sólo en nuestros países de destino de alimentos importados, sino en los mismos países exportadores que sustituyen campos que antaño les alimentaban por tierras que ahora generan divisas para sus gobernantes pero que no calman hambres de sus pueblos.
Tragicómico es el papelón de los sindicatos agrarios oficialmente reconocidos, pillados con el paso cambiado en todo país y con reacción tardía y tímida ante unas protestas que no controlan y que quizás ya ni entiendan después de convertirse con el paso de los años en meros gestores administrativos del papeleo de sus escasos afiliados. Poder forrajear en los pesebres de las subvenciones gubernamentales seguro que también ha contribuido a esta pérdida de empatía con las realidades que ahora afloran ante sus ojos.
Digno de estudio futuro serán los escrúpulos legalistas y formalistas de no pocas fuerzas autoproclamadas como progresistas (¿hacia dónde?), molestas con estas muestras de enojo campesino. Las huestes de la progresía encumbrada, titulada universitaria y bien colocada en infinitas canonjías generosas miran por encima del hombro a estos nuevos siervos de la gleba que rechazan la moderna servidumbre desde la cabina de sus tractores. No, ellas tampoco pueden comprenderles porque hace tiempo que viven en otro mundo y hablan otro idioma. Un idioma inclusivo y depurado, ¡bien seguro!, y que queda muy a salvo de la competencia de los idiomas hablados por esos otros siervos de glebas extrañas inmigrantes, que carentes de sus conocimientos y habilidades, nunca representarán una amenaza para su privilegiada posición. Como no la representarían berenjenas, lechugas o chirivías si tuvieran lengua propia.
El malestar del campo forma parte de un malestar general ante un sistema político que habla de democracia pero ignora al pueblo, presume de virtud pero cultiva el engaño y hace gala de transparencia pero obra en la más completa oscuridad. Es un síntoma más de la enfermedad de nuestra sociedad. Los agricultores no alcanzarán hoy sus objetivos. No pueden hacerlo solos. Tampoco sembrarán en terreno baldío. Aun así, aportan ráfagas de aire limpio, aire del campo para despejar las mentes y alumbrar en nosotros los pasos y cambios necesarios que garanticen la recuperación de la vida campesina, digna y libre, junto a la soberanía de los pueblos.