La soberanía perdida

CARLOS FEUERRIEGEL

La capacidad de un Estado para decidir su política exterior, con independencia de toda injerencia extranjera, nos da una medida del  grado en que ese Estado es soberano. El Estado español, y con ello los españoles, aparentemente hemos cedido esta soberanía de forma voluntaria tanto a la Comisión Europea como a la OTAN.  Escribo aparentemente porque en esta cesión hay mucho de ignorancia de las consecuencias de nuestro dejar hacer y difícilmente puede hablarse de una cesión consciente y razonada donde campea el desconocimiento. Este desconocimiento ha sido deliberadamente cultivado. Los sucesivos gobiernos españoles nos han ocultado la gravedad de esta pérdida de capacidad de decidir que ya no está en nuestras manos.

Desde hace meses crece en Europa la propaganda prebélica en contra de Rusia. Inicialmente se decidieron sanciones económicas que principalmente nos han perjudicado a nosotros, han beneficiado a los Estados Unidos de Norteamérica y han servido para impulsar la autosuficiencia de la economía rusa. Todo un éxito. En un segundo disparate pasamos a las que prometían ser decisorias entregas de armamento, aquellos terribles y eficientes leopardos, que hace tiempo que yacen desdentados sobre los campos de lo que queda de una Ucrania que pudo ser, pero cuyos dirigentes se envanecieron con un sueño suicida de integración en la constelación prescindible de la OTAN.

Hoy y ya abiertamente, se habla de enviar soldados, mercenarios europeos para engrosar las filas de un ejército  ucraniano necesitado de más carne de cañón. Nuevos soldados y al margen de los que ya se encuentran en suelo ucraniano manejando las complejas armas que se enviaron con anterioridad. Las conversaciones telefónicas interceptadas a los altos mandos de la aviación de guerra alemana dan fe de esta realidad, además de resaltar cómo los militares se jactan de la necesidad de puentear a los gobernantes de su país de conformidad con los deseos del amigo norteamericano. En este caso no puede hablarse de pérdida de soberanía por parte de Alemania, dado que ese país desde hace décadas no conoce lo que eso significa. No es nuestro caso.

A principios de la década de los sesenta del pasado siglo, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la imposición del embargo a Cuba, medida que amenazaba con perjudicar a toda empresa o país que comerciara con la Cuba de Fidel Castro. Castro hacía muy poco que había llegado al poder, procediendo a expropiar empresas norteamericanas con largo historial de saqueo en la isla: desde compañías del sector agrario, como la United Fruit Company, hasta los casinos del capo de la mafia judía estadounidense, Meyer Lanski. España, la España de Franco, hizo caso omiso del chantaje norteamericano. Siguió enviando mercancías a la Cuba de la revolución. Sin interrupción.

El desplante del gobierno español no gustó al aliado estadounidense. Franco ya había autorizado las bases militares norteamericanas en España y su presencia estaba sujeta a renovación periódica.  Los norteamericanos recurrieron a sus métodos habituales: la CIA organizó con anticastristas de Miami un atentado contra un barco mercante español de camino a Cuba. El barco era el “Sierra de Aránzazu” y el año, 1964. En el ataque terrorista murieron tres marineros españoles, entre ellos el capitán del barco. España pidió explicaciones. EEUU acusó a los revolucionarios castristas y negó toda responsabilidad. El cuento no coló. España amenazó con no renovar los acuerdos de las bases militares. La amenaza sí resultó. EEUU no volvió a interferir en el comercio hispano-cubano y no aplicó a España la ley que había aprobado para impedir ese tipo de relaciones. España actuó soberanamente. EEUU tuvo que ceder. La Cuba de Fidel apreció el hecho. Cuando Franco muere en noviembre de 1975, Cuba decreta tres días de luto oficial. Los Estados soberanos son capaces de defender sus intereses, por encima de posiciones ideológicas que pueden parecer irreconciliables.

Casi diez años más tarde, en 1973, España volvió a desafiar a los EEUU y nuevamente las bases militares estadounidenses en España andaban por medio. El Estado de Israel pasaba por horas muy difíciles en la llamada “guerra del Yom Kippur”. Necesitaba, ayer como hoy, la transfusión urgente en vena de armamento de los EEUU. El presidente del gobierno de España, Carrero Blanco, se negó a que el puente aéreo entre los EEUU y la Palestina ocupada pudiera utilizar las bases norteamericanas en España. España, en 1973, no reconocía a la entidad sionista. Las bases no fueron utilizadas. A finales de ese mismo año y a apenas unas decenas de metros de la embajada de los EEUU, Carrero Blanco era asesinado. El atentado se lo adjudicó la ETA, por más que no sea descabellado intuir la mano maestra de la CIA con txapela (¡gracias José Manuel de Prada!). En aquella ocasión España también se comportó como un Estado soberano.

Europa se acerca obstinada y con andares de sonámbula a un escenario de guerra no ya sólo con la Federación Rusa, sino con gran parte del mundo que no quiere renunciar a su soberanía. Guerra en el campo de batalla y guerra económica. Guerra con esa parte del mundo que no quiere que los EEUU o la corrupta comisaria de la UE, la de los contratos de Pfizer, la blanqueadora de la matanza en Palestina, les den lecciones de moralidad y orden internacional. Esa otra parte del mundo establece alianzas con el único objetivo de defender los intereses de sus pueblos y hace posible que el Partido Comunista de China tenga entre sus principales aliados a la República Islámica de Irán. O que esta misma República Islámica cuente con el apoyo de Rusia, histórico enemigo de Persia. Ese otro mundo no se alimenta de ficciones ni de agendas hostiles a la vida. Mira de frente a la realidad que nosotros en occidente nos empeñamos en negar.

En 1997 Zbigniew Brzezinski uno de los más conocidos estrategas del poder estadounidense publicó su obra “El Gran Tablero de Ajedrez” en el que diseñaba la política exterior de los EEUU para las siguientes décadas. La política que permitiría mantener la hegemonía mundial absoluta de los norteamericanos. Para Brzezinski, sólo en la medida en que se conservara el control de la masa continental euroasiática, se podría asegurar esa hegemonía. Dos pesadillas se oponían a este deseo.   La primera ya es una realidad: la emergencia del bloque de países soberanos formado por Rusia, China e Irán. La segunda era un entendimiento entre Rusia y Alemania. Hoy, esto nos parece lejano, pero en modo alguno descartable tan pronto como termine el vasallaje alemán frente a los Estados Unidos que está arrastrando a Alemania a la ruina económica y social. Y con ella, a toda Europa.

Perder la soberanía es perder el timón de nuestro barco. Dejarlo en manos ajenas. Tal y como quería Brzezinski y los llamados neoconservadores que tomaron su reemplazo. Estos son ahora los que hacen sonar los tambores de guerra en Europa. Ojalá el ruido nos despierte del largo sueño del vasallaje y permita la recuperación de nuestra soberanía perdida.  Este despertar nuestro es la pesadilla necesaria de aquellos que al otro lado del Atlántico han hecho de la guerra permanente su oficio y su negocio.

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