Novillada en Ayora. Por orden de la autoridad.

CARLOS FEUERRIEGEL

Ayora tiene un hijo que quiere ser torero y el alcalde de la Villa le monta una plaza de toros portátil para que demuestre su maestría a los que son sus aficionados. De haber parido nuestro pueblo un almirante de marina, el señor alcalde le organizaría una batalla naval en las aguas del lago de los Morerales. ¿Acaso no tiene mayor tradición este segundo espectáculo cuyos orígenes se remontan a Roma? La Roma del pan y circo, la Roma decadente de gladiadores, fieras y hombres despedazados en la arena.

No son pocas las personas con las que uno habla y les pregunta por la ocurrencia de la autoridad municipal. Con la boca pequeña te susurran su rechazo. Acto seguido y con la boca grande, te aseguran que en modo alguno se pronunciarían públicamente. Los sentimientos se guardan para la seguridad de las cuatro paredes del hogar. Podrían oírnos.

Hubo un tiempo en el que se decía que el fundamento de la democracia eran personas con criterio propio y sin temor a expresarlo. Esa variedad de convicciones fundadas, acabarían dando forma a una cierta voluntad popular que se reflejaría en las instituciones de gobierno. Pues bien, esa teoría idílica no se ve ni en las alturas del poder, ni en las bajuras de la calle. Se respira demasiada sumisión, indiferencia y temor.

Todo esto me recuerda la pesadilla de la pandemia. Entonces era más difícil encontrar una opinión crítica con las medidas decretadas por las autoridades, que dar con un mirlo blanco. Hoy, pasados más de dos años, ya percibo lamentos, todavía con sordina, que sugieren que quizás aquellas medidas se basaron en falsedades, o ignorancia, o malas interpretaciones o vaya usted a saber qué.   Las órdenes nos llegaron con no poca teatralidad. Incluso con galones y luminosos uniformes de campaña. Aquí, mientras no tengamos almirante, sobrarán esos uniformes. Al Campico de los Leones le sobra para iluminarse un único traje de luces. Triste luciérnaga para muchos más de los que el miedo a expresar su opinión pudiera indicar.

Jamás imaginé que el Reglamento Taurino (1) llegaría un día a llamar mi atención. Deja poco a la imaginación y con lo que dice ya naufraga ésta en la más profunda desolación.  Todo está previsto en sus líneas, y echaron sus cuentas para afirmar que,

“hasta 5 kilos de sangre se pueden perder en la corrida”

Reglamento de Espectáculos Taurinos.

 Recuerdo la última vez, ya hace años, que doné sangre. Unos 0,45 litros, o cerca del 7% de la sangre que circula por nuestro cuerpo. Los toros son más solidarios y ofrecerán a la fiesta el 13% de su sangre. Casi el doble, y sin bocadillo, ni minutos de reposo después de la sangría. Tienen que demostrar su trapío, pero devaluado y con más garantías para el espada.

En ocasiones he escuchado a los defensores de la tortura de esos hermosos animales, que su nobleza y bravura son precisamente lo que les preserva de un sufrimiento que mentes descarriadas ven en los tres tercios de los que se compone esa triste unidad. El Reglamento taurino, ¡qué contrariedad!, tampoco es ciego frente a ese sufrimiento y cuando se refiere al primer tercio, el de “varas”, el del picador que se anuncia como atractivo especial en la novillada de Ayora, afirma, regula y establece que:

“las reses recibirán el castigo en cada caso apropiado, de acuerdo con las circunstancias. El espada de turno podrá solicitar si lo considera oportuno el cambio de tercio, después, al menos, del primer puyazo, a excepción de las plazas de primera categoría en las que serán como mínimo dos, y el presidente resolverá lo que proceda a la vista del castigo recibido por la res. En otro caso el presidente ordenará el cambio de tercio cuando considere que la res ha sido suficientemente castigada”

Reglamento de Espectáculos Taurinos.

Ya ven. Ellos no sufren, no hay castigo, no hay maltrato, no hay tortura. Pero por si acaso, el Reglamento regula cómo hay que castigarles suficientemente.

Creo que el delito de esos animales es haber llevado una vida libre por alguna dehesa. Y eso debe pagarse. No es de recibo que nosotros hayamos venido a esta vida, que es un valle de lágrimas, a padecer, y ellos, los toros, se vayan de rositas. Un animal no ha de gozar en vida aquello que nosotros nos negamos en las nuestras tan lastradas de temores y vacíos. Es alto el precio a pagar, pero se paga y se celebra en la plaza. En las corridas, en las novilladas.   Toda una filosofía mortuoria de negación de la vida libre se esconde detrás de ese espectáculo desgraciado.

Ocho países quedan en el mundo que celebran corridas de toros. Pronto siete con la prohibición en Colombia. No es algo que sólo se diera ni dé en España. En las más cercana Játiva, con su plaza fija, se dieron hasta el 2015. Una consulta popular les puso fin. Aquí, sin consulta se les da inicio. Por orden de la autoridad.

Tuvimos en España un gran maestro del amor a la vida libre y bella en el doctor Félix Rodríguez de la Fuente. Nos acercó a todos los hermanos que sin ser vistos nos ven, cuyas huellas siempre evocan el misterio y cuyos celos oímos. En sus vidas hay lucha y muerte necesaria, pero nunca muerte celebrada ni festejada. De él son estas palabras:

“Es asombroso que exista un público que disfruta y siente placer viendo cómo un hombre mata a un animal en una plaza de toros”

La autoridad se equivoca al traer ese placer y disfrute a Ayora, pero no menos que aquellos, que compartiendo este sentir, callan.

(1) Real Decreto 176/1992 de 28 de febrero (BOE n.º 56 de 5 de marzo de 1992) por el que se aprueba el Reglamento de Espectáculos Taurinos. “Tercio de Varas” en el Título V, capítulo II, Art. 73, 6º punto.

Compartir en redes

Deja un comentario