Aquellos polvos

CARLOS FEUERRIEGEL

Ayora, principios de los años noventa del pasado siglo. Nuestro entorno forestal empieza a sufrir cambios imprevistos y rápidos.  Los montes de Ayora, con una gran superficie en manos privadas, empezaban a vallarse. Nacían los cotos privados para la caza mayor.

Forasteros aparentemente cargados de pesetas y muy ligeros de amor hacia la tierra y sus moradores, campaban a sus anchas. Caminos que el uso centenario consideraba públicos eran cerrados, con el visto bueno de los poderes públicos, Ayuntamientos sucesivos inclusivos. La mayoría siguen cerrados. Cañadas y veredas, tan protegidas sobre el papel por las leyes, tampoco gozarían de medida de gracia alguna. Han corrido la misma suerte que los caminos. Estos atropellos eran visibles para cualquiera que saliera a los montes. Ante una preocupante indiferencia. Mas opaco era, sin embargo, lo que ocurría en el interior de los vallados.

Cuando los tres primeros vallados se establecieron, El Hontanar, El Gollizno y La Hortichuela, todavía estaba vigente una Orden valenciana que prohibía vallar terrenos forestales en los que habitara la cabra montés. La cabra montés ya estaba presente en esos montes y en teoría no se podrían haber vallado. Esto representaba un pequeño problema legal para el cual se dio con una gran solución: bastaba con no querer verlas. En ocasiones, la burocracia sabe dar con soluciones expeditivas. Y los técnicos desplazados desde Valencia juraron no verlas.

Con cabras reales, pero sin cabras legales, estas autóctonas moradoras de la sierra pronto contaron con abundante y exótica compañía. Los nostálgicos de monterías de “La Escopeta Nacional” berlanguiana necesitaban ahora poblar sus vallados con nuevos inquilinos. Un requisito previo para poder mostrar su poderío a la gente que se les da de contar y pesar. Primero trajeron a los ciervos desmedidos con alzada de burras, a estos les siguieron los peludos y rifeños arruís, ascetas norteafricanos entre los herbívoros. Por último y para dar un toque centroeuropeo a la fauna introducida, liberaron gamos saltimbanquis y circenses.

Los técnicos invidentes de la Conselleria y sus jefecillos de ocasión y legislatura, juraban que esos cotos con sus grandes cacerías serían una gran fuente de riqueza para la zona. Una nueva Terra Mítica a golpe de escopetazo. Pero, como era previsible, todo quedó en gatillazo. La pólvora estaba mojada y tanto más cuanto más seca quedaba la vegetación de estas sierras en los largos meses sin lluvia alguna. Nuestros montes no podían mantener a toda esa fauna importada, capricho de nuevos ricos y rancios ingenieros de montes, con bicoca funcionarial vitalicia. Pasó lo que tenía que pasar.

La fauna debía ser artificialmente sostenida dentro de los vallados. Disparar a esos animales debía de ser una experiencia tan excitante como hacerlo sobre el perro que viene a comer de tu mano. Algo de lo que esta gente probablemente también sería capaz, pero base endeble para el negocio prometido. La primera conclusión es que ni una de las tres fincas inicialmente valladas permanece en manos de los lumbreras que las vallaron. El negocio fue una ruina, pero no para ellos, que se deshicieron de los cotos. Y aquí viene la segunda conclusión: la ruina lo fue para los demás, para la gente del Valle y especialmente para la actividad agraria.

Ciervos, gamos, arruís, quizás también jabalíes con tarjeta de residencia de extranjero pero con defensas de más quilates, acabaron fuera de las vallas y dentro de los cultivos. Crecieron y se multiplicaron como ordena el canon bíblico y han convertido en imposibilidad el cultivo del cereal o del arbolado en secano, como muestran las imágenes tomadas en la Cañada de Arriba de Jarafuel (1).  Para mayor gloria de los parques solares que se presentan como rentable alternativa y precisamente en la zona de la filmación.  Los técnicos de la Conselleria, en su sede valenciana pueden respirar tranquilos. Crearon el problema y ahora nos ofrecen la solución porque nadie vio todavía a un ciervo comer placas fotovoltaicas.

Este acoso a la actividad agraria no es hijo de los defensores de la naturaleza y de nuestro territorio, como con ligereza se tiene que escuchar, sino de la complicidad del poder político con los nuevos señorones que quisieron implantar aquí una actividad, la caza mayor, y una fauna, que nos era totalmente extraña.

Si en los años noventa vimos venir el problema, no es descabellado ahora volver a hacer un vaticinio. Los animales que van a ser desplazados por los campos alicatados de economía verde solar, irán a buscar la comida en aquellos terrenos que se pueden regar. Las huertas del Valle tienen sus días contados a no ser que toda parcela sea protegida con valla carcelera. Un paisaje de ensueño: inmenso espejo reflector en los secanos, laberinto de microvallados en las huertas.

Mientras que a los ganaderos se les exige que respeten una determinada carga ganadera en sus explotaciones, limitando el número de animales en función de la superficie de pasto disponible, a los dueños de los vallados, de haber existido esa misma exigencia, den por sentado que se realizaron las inspecciones con las mismas gafas de no ver con las que no vieron las cabras.

Si a los agricultores se les imponen exigencias llamadas medioambientales dado que se les considera gestores del territorio, por contra, a los dueños de estos latifundios forestales no se les exige que labren y cultiven todos los campos de sus cotos para mantener a los animales que han liberado en su interior. A unos se les controla con microscopio y para otros siguen valiendo las gafas de no ver.

Los dueños de esos cotos debieran ahora hacerse cargo de la captura de gran parte de los animales para los que no hay comida en el territorio y con la ayuda de entidades como la Federación Valenciana de Caza buscar otros cotos en zonas con vegetación apta para su sostén, en los cuales poderlos liberar.

La invidente Conselleria del ramo, del único ramo no ramoneado, ya se denomine de Agricultura, de Medio Ambiente o como se le haya antojado al último gobierno al cargo, tendría que aprobar una dotación presupuestaria para complementar las rentas agrarias, vía ayudas de la Política Agraria Común, de las explotaciones perjudicadas por el pastoreo de los animales procedentes de los cotos en su día establecidos.

El afán por cazar especies que aquí no se dieron en todo el siglo pasado, algunas nunca poblaron estos montes, unido a la irresponsabilidad de los dueños ajenos al mundo rural y a este Valle nos han creado el problema. Mientras tanto el poder político seguirá sin aprender, sin querer tomar medidas, sin reconocer responsabilidad alguna y sin querer comprender que la propiedad privada obliga a sus propietarios. Que no existe un derecho ilimitado a la propiedad, falsa idea y podrida raíz que hizo posibles los vallados.

Aquel trío de propietarios sin conciencia, técnicos y políticos consejeriles alumbraron el problema; son los causantes del polvo que ahora nos deja estos lodos.

(1) Vídeo tomado en La Cañada de Arriba, Jarafuel

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