CARLOS FEUERRIEGEL
Un mes después de haber sido intervenida para extirpar unos pequeños tumores, la mujer acudió a su primera revisión con el médico que la había operado. Entre ellos se entabló un diálogo parecido a este: “doctor, ¿hay algo que yo pueda hacer con mi alimentación, con mi estilo de vida para dificultar la reproducción de esos tumores?” “ No, no hay nada que pueda hacerse”, esta fue la respuesta, tremenda y rotunda, dada sin necesidad de mucha reflexión. La respuesta estipulada por unos protocolos de actuación en la que los pacientes son sujetos pasivos sometidos al azar del pedrisco caprichoso de las patologías.
Gaudos es una pequeña isla al sur de Creta y pasa por ser el finisterre meridional de Europa. A ella llegaron en 1986 un grupo de náufragos deshauciados por la misma medicina de los protocolos. Cerca de una decena de especialistas en la tecnología nuclear procedentes de la entonces República Soviética de Ucrania. Les unía el haberse expuesto a altas dosis de radioactividad durante el accidente nuclear de Chernobil. También el saberse con una esperanza de vida no superior a los tres meses. Ese era el criterio de los médicos soviéticos que los habían atendido y despachado para que dispusieran de sus cortas vidas, como mejor les pareciera.
Los técnicos, que junto a los familiares llegaron a formar una colonia de unas treinta personas, se asentaron en la isla. Cambiaron los cielos plomizos por el sol mediterráneo, la alimentación pobre en verduras frescas por el mercado local de frutas y verduras cosechadas en el mismo día, la proteína animal procedente de la carne, por la procedente del pescado, el aire frío y húmedo del norte de Ucrania por el aire insular cargado de esencia de lavanda, tomillos, orégano y poleo. Hoy, pasados más de treinta años desde la fecha en que debieran haber muerto, la mayor parte de ellos siguen vivos. El pronóstico médico no se cumplió. Y su caso, excepcional para el pobre criterio de la medicina que prospera de espaldas a la realidad de la naturaleza humana, ha sido recogido en un documental (1), que por ahora sólo está disponible en su lengua original rusa.
Se cuentan por billones las células que constituyen nuestro cuerpo. Cientos de miles de ellas se reproducen cada día. Algunas miles en el tiempo necesario para leer estas líneas. En cada duplicación celular, la información genética contenida en nuestro ADN debe pasar de la célula madre a las células hijas. La información es copiada y en esta transcripción se producen errores, errores que pueden dar lugar a células cancerígenas, células que no se ajustarán a las tareas que tendrían asignadas. Están presentes en todos nosotros y no tienen porqué representar un mayor problema.
La colonia de deshauciados se ha beneficiado del médico interno de los griegos y en tierras griegas. Porque así llamaban los médicos y filósofos de la Grecia clásica al papel activo que desempeñaba en nuestra salud lo que hoy conocemos como sistema inmune. Hace más de dos mil años, la medicina y la filosofía no eran campos separados, no lo eran ni en nuestra Europa, ni en la India con la práctica del yoga, ni en la China con su acupuntura. El amor a la sabiduría no era ajeno al conocimiento de la raíz de nuestra salud.
El mundo actual ha levantado muros entre ambos saberes, compartimentando todo saber y acabando por perder el sentido de la unidad. Donde había pacientes aparecen los clientes. Donde debiera llamarse a la actividad y a la responsabilidad se cultiva la pasividad y la fe en el poder semidivino de los medicamentos. En el camino se queda la noción de que la salud también está en nuestras manos.
Nuestro sistema inmune engrasado y plenamente funcional es capaz de detectar las células que presentan errores en la transcripción del ADN y ordenarles su autodestrucción. La radioactividad es uno de los agentes externos que en mayor medida afecta a ese ADN, dando lugar a la aparición de células cancerígenas. Pero no necesariamente de forma irreversible. El caso de nuestros “inmortales” en la isla de Gaudos es buena prueba de ello.
Desde hace no menos de un siglo en gran parte de Europa y alrededor de sesenta años en nuestras latitudes, llevamos vidas hostiles a nuestro diseño orgánico elaborado durante cientos de miles de años. Nuestros ancestros pasaban gran parte del día expuestos al aire libre y al sol, realizando actividades que requerían esfuerzo físico, mientras que hoy incluso en los pueblos y entre las personas dedicadas a la actividad agraria, el sol ha sido elevado a la categoría de enemigo frente al cual toda protección es poca. Olvidamos con ello que el sol es imprescindible para la síntesis de la vitamina D que es determinante en el buen funcionamiento de nuestro sistema inmune.
Cuando falla el médico interno, las llamadas enfermedades de la civilización no se hacen esperar. Y este médico, cuya asistencia es totalmente gratuita y para el cual no se conocen listas de espera, se desgañita gritándonos que prácticamente todos presentamos carencias graves de esta vitamina, la única que nuestro cuerpo puede sintetizar, y cuyos niveles satisfactorios no pueden alcanzarse sólo con la alimentación.
La colonia de técnicos soviéticos en la isla de Gaudos rellenaron sus vacíos depósitos de vitamina D, se alimentaron con productos frescos ricos en vitamina C, no se recluyeron entre cuatro paredes ni se encadenaron a las pantallas de un ordenador, ¡cómo iban a hacerlo si pensaban que apenas les quedaban semanas de vida!. La vida les ha recompensado y hoy pueden contarlo. Desafiando a todos los protocolos, invalidando todos los pronósticos.
No encontrará cabida en revista científica alguna, “de prestigio reconocido”, el caso de estas pocas personas. No es un experimento, no fue diseñado, no es reproducible. No habrá revisión por pares, pero si que hay una inmensa población control o placebo y es la de una creciente mayoría que nada hace por cambiar hábitos de vida fatales para nuestro médico interno. El más humano, el más agradecido, el que siempre quisiera estar de guardia velando por nosotros. Dejemos que haga su trabajo. Nadie le supera en su saber hacer.
(1) “The immortals at the soutern point of Europe”