Carlos Feuerriegel
En torno a un sombrero se construyó la historia de la gesta de Guillermo Tell, orgullo nacional de los helvéticos. Tell, aquel hombre libre que se negó a descubrirse e hincar la rodilla ante el solitario y encumbrado sombrero que representaba la indignidad del gobernador Gessler. La manzana aventajada vendría después, titiritera sobre la cabeza filial, descargada de toda germanía con el pecado. El puro aire de las montañas siempre tuvo virtudes higiénicas.
En la Corte de la Monarquía española regían otros usos. Allí los contados grandes de España podían gozar del privilegio de no descubrirse ante la testa tocaya coronada, que también sombrero son las coronas, por mas que de difícil adquisición en los comercios del ramo. Así, mientras que a unos se les castigaba por no descubrirse, a otros se les premiaba dejándoles cubiertos. En la Corte de ayer como en las iglesias de siempre regían normas dispares, valiendo para entrar en las segundas que los hombres se descubrieran mientras las mujeres se cubrían.
Creo que fue Ortega y Gasset el que hablaba de la existencia de ideas picudas, llenas de aristas, ideas hoscas y abrasivas, frente a las ideas redondas, confrontadas con los mil y uno sucedidos de la vida, ideas como cantos rodados. Y seguramente fue una idea redonda la que se encuentra en el origen de los sombreros de vuelo orbital y techumbre rodada que renuncian a levantar dedo acusador alguno dirigido a las alturas como nuestras levantiscas boinas no capadas. Hipótesis esta más que atrevida porque los hay que defienden que no fue la idea la que precedió al sombrero, sino el sombrero el que moldeó la idea. De la misma manera que había frentes blanqueadas que en los días de fiesta, y en los entierros, delataban el ala ausente del sombrero del jornalero, no descartemos que el sombrero penetre con sus redondeces planetarias en los cerebros de sus portadores llenándolos de fantasías de dominio sideral.
Las consecuencias de esta segunda posibilidad pueden llegar a ser de calado. Entre ellas el sentimiento de pertenecer al pueblo elegido de dios por parte de la ortodoxia arraigada en la fe mosaica y su costumbre de cubrirse con un negro sombrero de ala generosa. Porque esta idea de pertenecer al pueblo elegido por mandato divino no deja de ser una ocurrencia perfecta y redonda para sus selectos beneficiarios. El sombrero con el que se cubre la grey masculina de esta comunidad agraciada es un signo de respeto hacia el dios de las alturas que, pese a haber formado a los hombres a su imagen y semejanza, es muy dado a ataques de ira y celos ante cualquier desvío del recto camino, no pudiéndose descartar que la visión en planta de su comunidad, desprovista de sombrero, llegara a ser uno de las causas de estas desencajadas salidas. Pero esos sombreros también ofrecen otras ventajas.
Ventajas que, de rebote, benefician a nuestra economía nacional ibérica. Porque el bueno de Trump, también dado a ataques de ira y celos, pese a no revestirse todavía de naturaleza divina, no se olvida de los sombreros judíos cuando empuña la regadera de los aranceles urbi et orbe con los que pretende proteger a sus sangrantes cuentas de ingresos y gastos imperiales. Así, nos enteramos de que la importación en los Estados Unidos de los sombreros judíos, no deberán cargarse con los aranceles que sí gravarán al resto de productos hispánicos. Porque sí, esos sombreros son perfectamente kosher y Made in Spain. En Sevilla, ni más ni menos.
Apenas cinco días pasaron desde que Mr. Trump proclamara la alborada de su Día de Liberación, con las nuevas tablas de la ley arancelaria, y ya debía acoger nuevamente a su vera al Herodes de la Palestina ocupada, Benjamin Netanjahu. Para hablar de los aranceles, eso dicen, pero no ya de los sombreriles, sino de los derivados de que Estados Unidos también mantenga un déficit comercial con la colonia sionista. Un déficit que es de chicha y nabo y que tiene fácil solución. Bastaría con contabilizar como exportación los no menos de cuatro mil millones de dólares que anual y oficialmente regalan los EEUU a los genocidas israelíes, más los no contabilizados, para aumentar el valor de las exportaciones y reducir a la insignificancia esos números rojos. Porque si el objetivo de los aranceles es devolver el trabajo a las fábricas estadounidenses, no pocas de ellas ya hacen horas extras para rellenar las bombas que insaciablemente demanda la aplanadora sionista de vidas y haciendas palestinas. El que esas bombas las paguen los contribuyentes norteamericanos es asunto menor ante las prerrogativas que parecen conferir los negros sombreros de factura sevillana.
No nos quepa duda que Trump sabrá ser liberal con su huésped y esa desequilibrada balanza volverá al equilibrio. El sombrero sevillano trasplantado a testas influyentes obrará el milagro y el río de armamento fluirá con crecido caudal. Para poder seguir viviendo en el reino de las rebajas permanentes, las arancelarias y las de las bombas de racimo y al fósforo letal todo a cien. A mayor gloria del dios elector y vergüenza del mundo que hinca la rodilla y rinde pleitesía a los sombreros de los que parecen ser nuevos gobernadores de esta moderna suiza universal.