Carlos Feuerriegel
La mítica y poética hermandad, mil veces cantada, de lo umbrío y la fuente ha sido rota por el arte y la desgracia de la autoridad en el monte público de la Hunde. Ingenieros veneradores de la forcípula, cubicadores de la madera y astilladores de fustes han abatido los altos y viejos chopos que junto a la Fuente de la Cadena desperazaban sus brazos al sol. Las aguas de esta fuente que Cavanilles, hace más dos siglos, ya encomiara por su “bondad y pureza” , el edicto cortante de un ingeniero llamado Javier Hermoso ha conseguido enlutar dejando en soleadas y huérfanas del árbol protector. Abundan estos azotes públicos de los árboles venerables, cofrades devotos del bonsái. Ante sus excesos, pequemos por defecto y no echemos mano de su apellido para componer algún epigrama apropiado pero fácil.
La sinrazón de la tala es la misma que ya lamentamos al escribir acerca del estado que ofrece la Balsa Mayor: el miedo. El miedo que mata e impide vivir. El miedo a las consecuencias que traería el que una rama pudiera caer sobre alguna persona suficientemente temeraria para visitar esa área llamada recreativa. ¡Incluso se teme por la integridad de los coches! , como si por debajo de las grandes avenidas urbanas no circularan todos los días, miles y miles de ellos bajo la sombra de árboles desvergonzadamente crecidos.
Sabido es que todo lo que se eleva puede llegar a caer y desde más altura cuanto más se alce. No cabía correr esos riesgos. Hagamos honor a la vocación del paraje y recreémonos ahora con la contemplación satisfecha de los tocones de los árboles talados, resultado de tan juiciosa precaución. La autoridad se desvive por nuestra seguridad. Nunca se lo agradeceremos suficientemente.
Esa misma autoridad, que es multifacética y algo contradictoria, es la misma que día y noche nos avisa del peligro de guerra inminente, de la emergencia climática aniquiladora, de la pandemia que se cuece a fuego lento, de la necesidad de hacer acopio casero para el apocalípsis cercano o del riesgo emboscado en las mismas aguas de la Fuente de la Cadena, ayer bondadosas y puras y hoy no potabilizadas ni aptas para el consumo humano en este siglo del agua embotellada y estéril. Como debidamente se nos advierte. Aviso demandado y agradecido por una sociedad de hipocondríacos al por mayor. Esta autoridad nos querría ver a todos salir hoy con casco a las calles y a los montes, plástica mascarilla craneal, homologada boina preceptiva del porvenir. Al mismo tiempo, la autoridad y sus corifeos desatan una epidemia de ansiedad en esta Iberia aspirante a la máxima medalla en la olimpiada del consumo de fármacos encubridores de nuestra aniquilante inseguridad interna. Las dos, la anhelada e imposible seguridad externa y la desbocada pero evitable fragilidad interna van de la mano. Como iban la fuente y los árboles. Pero esto no lo puede entender, y mucho menos intuir, nuestro ingeniero protector de vidas y haciendas.
Doblemente contradictoria esta autoridad que en sus vacuos dictámenes, a los que llama pretenciosamente, “medidas de protección ambiental”, siempre se cuida de exigir que los trabajos en zona forestal deban realizarse fuera de la época de cría de las aves. Ahora bien, cuando son ellos mismos los que se encargan de la tropelía, la ejecutan precisamente en ese tiempo de mayor daño. Como en la tala de la Fuente de la Cadena. A esta autoridad le molestan las alturas y no sufre ni los cantos que la acompañan. Máxima eficiencia matando dos pájaros de un tiro. Ahorremos recursos.
Como en la leyenda de las Tierras de Alvargonzález contada por Antonio Machado, piensen en las Ramblas de Barcelona, el Paseo del Prado de Madrid, nuestra cercana Játiva y sus viejos plataneros o en Almansa y los olmos monumentales de su parque y comprenderán el terror que esas arboledas pueden llegar a sentir de tener noticia de la cercanía de ingenieros como el que a la Hunde le tocó en desgracia. El mismo terror del que no se apercibieron los hijos de Alvargonzález que:
“caminaban por el bosque para tornar a su aldea con la noche cerrada, y los pinos, las rocas y los helechos por todas partes les dejaban vereda (…)”
Pero también hay otras formas de enfrentarse al peligro que representan los atrevidos y peligrosos árboles. El Ayuntamiento de Ayora ha dado con ella. En lugar de esperar a que crezcan para talarlos, se les deja morir, recién plantados y debidamente subvencionados. Basta con no regarlos durante meses y después de haberles instalado la conducción para su riego individual. Es el caso de lo cinco árbolitos, creo que “cerezos japoneses”, plantados en el adefesio de triángulo hormigonado, eso sí, pintado de verde, que hay justo delante del kilómetro uno de la carretera de Albacete. Llegué a ver al constructor autor de las obras de urbanización de la calle adyacente, regar el hormigonado, pero nunca he visto a personal alguno del Ayuntamiento regar los árboles. Cosas de la nueva normalidad. El balance resultante es más que prometedor para nuestra seguridad dado que tres árboles ya murieron y los dos restantes agonizan. Quizás sirvan estas líneas para obrar el milagro de su riego. Más adelante ya podrán mutilarlos a placer. No deben temer por ello.
La anterior actitud de hostilidad o desprecio hacia los árboles, contrasta con el despilfarro de que son acreedoras las moreras de la calle de la Marquesa o de la calle Cervantes. Por sus vasos debe correr sabia azul, la aristocracia entre los árboles. Y no se vea esto como una crítica a la plantación, pero sí como una muestra de perplejidad ante la realidad de que cada árbol se haya tragado una inversión holgadamente superior a los mil euros. Pareciera que estamos ante una nueva variedad de manzano de las hespérides, que daba manzanas de oro, pero no, estamos ante el pozo sin fondo de la política de barnizado verde a cuentas de la emergencia climática. La misma emergencia que justifica la tala de decenas de miles de árboles en los montes de Zarra y Hoyas de Arona para evacuar la energía eléctrica de los espejos fotovoltáicos de la Cañada de Jarafuel. Es la ventaja de contar con dos manos. Una para plantar poco y a precios estelares, otra para talar mucho y a precio de saldo.
Es cierto, como afirma la sabiduría tibetana, que el árbol que cae hace más ruido en el bosque que los incontables árboles que crecen, pero no lo es menos que necesitamos volver a encontrar en los árboles a seres protectores y dadores de vida, desarraigando completamente esa actitud enferma que quiere ver en ellos riesgos y amenazas. Nuestra desnortada visión de la vida y la Naturaleza es el problema, no ellos.