La Balsa Mayor, el Ayuntamiento y los Vencejos

Carlos Feuerriegel

Una piedra. Manifestación incostestable de la ausencia de vida. La partimos en dos y tratamos de volver a unir sus partes. Vano empeño. Las fuerzas que le daban cohesión no pueden ser reconstituidas. Hasta en los cuerpos que consideramos inanimados, parece residir una voluntad que somos incapaces de apreciar, pero que no por eso deja de actuar. ¡Cuáles no serán los vínculos que dan cohesión a un cuerpo social, a una comunidad humana!

Thomas Hobbes, filósofo inglés, expresó una de los pensamientos más nefastos y disolventes de nuestra cultura europea, aquel que afirma que “el hombre es un lobo para el hombre”. Pero, como es habitual, a Hobbes se le cita mutilado, su pensamiento queda incompleto dado que también añadió que “el hombre puede ser un dios para el hombre”. Un dios benefactor, no un dios vengador y genocida como el del Israel bíblico, o el de Israel, a secas. La diferencia existente entre esa sociedad de lobos irreales guiados por el egoísmo y una comunidad en la que el vecino se comporta como un dios que socorre y apoya, es la que reside en que esta segunda comunidad da prioridad al bien común sobre el particular. Con todas sus consecuencias. Una comunidad de la que nos alejamos un poco mas con cada día que pasa.

Este alejamiento de nuestra verdadera naturaleza social, su avasalladora involución en las últimas décadas, se manifiesta en nuestra actitud ante la propiedad privada, termómetro del estado de salud de nuestra convivencia. Una propiedad privada que se disfruta sin responsabilidad hacia los usos e intereses comunes degenera en abuso y pierde toda su razón de ser. Veámoslo con un ejemplo de nuestro pueblo, Ayora, y remontándonos al año 1955.

En aquel año, el molino de la Balsa Mayor era propiedad de un ciudadano extranjero. La Balsa Mayor era el principal lugar de baño de las gentes de nuestro pueblo y para acceder a ella, se debía atravesar la propiedad privada de aquel dueño, no ya terrenos de cultivo, sino pasar por delante de la puerta de acceso a su vivienda. Día y noche.

El buen señor, un día decidió poner fin a ese tránsito, en ocasiones bullanguero en exceso, levantando una puerta, todavía existente, y con su correspondiente candado. Por supuesto la Balsa Mayor ya era propiedad de la Comunidad de Regantes y, sí, en aquellos años también existía la figura de la Responsabilidad Civil. El propietario era responsable último de lo que ocurriera en la balsa. Y no, no había ninguna ley que prohibiera bañarse en una balsa de riego. Tampoco la hay hoy.

El impedimento de la puerta no duró mucho. No fueron necesarias cizallas, bastó una citación al dueño por parte del Ayuntamiento de la época, de partido único, entonces llamado “del Movimiento”, para que el señor propietario del Molino de la Balsa Mayor manifestara que “no quería contravenir las costumbres de la población”, por lo cual se ofrecía a habilitar un paso alternativo, cediendo terrenos de su propiedad, paso que todavía existe, y también a ¡construir una caseta para el baño!. Es decir, unos vestuarios, que servidor alcanza a recordar. Terrenos y gastos por cuenta de la propiedad privada y con el objeto “de que la costumbre de bañarse perdurara con el decoro necesario”. Lo del decoro nos sonará extraño, pero es baladí ante la abismal diferencia con la cual la propiedad privada era tratada entonces y venerada hoy. Primó el interés general. El acuerdo fue posible, rápido y generoso.

¿Y hoy? Una Balsa Mayor ya no vacía, pero repelente del baño con cálculo ingenieril. Hoy, con un Ayuntamiento que recibió el mayor apoyo entre los partidos contendientes, teórica expresión de la voluntad popular, no es que no se perciba “movimiento alguno” entre las autoridades, es que descuella la parálisis y la ausencia. Ni una voz parece alzarse en esa institución para que la “costumbre del baño” pueda seguir manteniéndose. Hoy la propiedad privada ha sido elevada a los altares y la fuerza de la costumbre carece de todo peso. Aquí solo pesa el temor y la actitud lupina, falsamente atribuida y con perdón para ellos, porque el lobo es una de las especies más sociales que corren por nuestra Iberia.

Es la misma actitud que justifica el que, no sé ya cuántos, caminos públicos que discurren por nuestro término sigan cerrados por la santa voluntad de los endiosados propietarios. A estos ya no se les cita al Ayuntamiento, y mucho menos, a ellos se les pasaría por la cabeza respetar las costumbres que en este caso contarían con el respaldo de la leyes. Hoy vivimos otros tiempos que son reflejo de una degradación de nuestros valores y prioridades, aquellas fuerzas que dan cohesión a un pueblo. Valores que nada tienen que ver con la superficialidad de la forma en la que organiza la dirección política de una comunidad.

Por el sumidero de la Balsa Mayor se escapan las aguas que delatan el triunfo de la desconfianza, la indiferencia del poder público y el lamento de no pocos que tampoco dan con la alternativa a esas paredes ya sólo semisecas y que, en el futuro no lejano, se avergonzarán de habernos mostrado hoy sus desconchados y nuestra pobreza de ánimo.

Junto a otra balsa, esta legal y con todos los papeles en regla, como dios manda, junto a la Piscina Municipal, tiene lugar estos días la liberación de los vencejos caídos de los tejados y que pudieron ser recuperados, por Pilar, por Ángel y por todas aquellas personas implicadas en esta acción generosa y empática que compensa lo escrito más arriba. Me enseñaron unas imágenes que muestran como los ejemplares jóvenes liberados son ayudados en su primer vuelo por los adultos, que se ponen debajo a modo de apoyo, que les tiran desde arriba como cabos salvadores. Son animales, se guían por instinto y este no les engaña. Nosotros parecemos ir bastante más errados y bien haríamos en aprender la alada lección que ellos nos dan, porque de seguir así, hasta las piedras nos valdrán de maestras.

Compartir en redes

Deja un comentario