Los holocaustos y el revisionismo histórico

Carlos Feuerriegel

Quien quiera conocer sin necesidad de mediadores, el pasado más remoto del cosmos debe mirar al cielo nocturno cubierto de estrellas. La luz que de ellas nos llega, delata la posición que tuvieron cuando la luz que emitían emprendió el largo viaje hasta la tierra, llegando hasta nuestros fascinados ojos. Contemplándolas, estamos viendo un cielo que fue, al mismo tiempo que queda oculto el firmamento que hoy realmente es.

A testigos inanimados recurrimos para adentranos en la prehistoria de la tierra, estudiando sus restos fósiles, calculando los valores de radiación residual o la relación entre los diferentes gases confinados en hielos milenarios, entre muchos otros modos de acercarnos a aquellos tiempos lejanos. La huella humana todavía se mostraba ausente. Esta haría su aparición con huesos fosilizados de nuestros antepasados, hallazgos de sus herramientas y manifestaciones cromáticas del mundo de sus ideas, grabadas y pintadas en rocas y cuevas. Cierto que estos restos deben ser interpretados por el estudioso moderno, pero no creemos hallarnos ante situaciones polémicas que puedan llegar a rebasar el estrecho mundo de los especialistas en ese terreno.

Radicalmente cambia la realidad anterior cuando contamos con testimonios escritos de los tiempos pasados y tanto más, cuanto más cerca se hallan esos hechos vencidos de nuestro vivir actual y más peso parecen tener en el presente. La física del siglo pasado y el creciente saber acerca de la forma en que obra nuestro cerebro nos dicen que no hay observación objetiva posible con independencia del observador. Nuestra forma de prestar atención al mundo recrea con nuestra mirada este mismo mundo. Siempre nuevo, siempre diferente. Lo que vale para cada uno de nosotros en el ahora, también vale para la mirada que los historiadores lanzan sobre el pasado. Especialmente vale para ellos, en la medida en que les acreditamos como competentes para acercarnos a la comprensión y el conocimiento de aquello que realmente sucedió.

No es posible prestar atención al pasado haciendo abstracción del tiempo presente, de los valores dominantes en cada época y de los poderes que promueven y sostienen esos valores. George Orwell resumió en forma magistral y sucinta esta realidad en su obra “1984” al decirnos cuál era uno de los lemas del Partido del Gran Hermano que gobernaba en Oceanía (1):

“El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado”

Casi dos años de matanza de la población palestina han sido necesarios para que la afirmación de Orwell llame a reflexionar a no pocas personas, hallándose entre ellas hasta el Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez. Este se preguntaba hace pocos días y en voz alta, porqué aplicamos un doble rasero a los actos criminales del Estado de Israel en Palestina, mirando para otra parte, mientras criminalizamos sin paliativos la entrada militar de la Federación Rusa en Ucrania. ¿Por qué este diferente proceder? Alguna relación debe guardar con los poderes que controlan nuestro presente. Y con ello, con el tratamiento que hacemos de nuestro pasado.

Nuestra mirada hacia atrás cambia con el paso del tiempo, con él se altera el conocimiento que poseemos, y este saber, de la misma forma que en las ciencias naturales, está continuamente sometido a revisión. Querer transformar la historia en una foto fija inamovible es trasformar el saber en creencia, hermanándola con los dogmas y levantándole altares propios de la vivencia religiosa. No es defendible la búsqueda de la verdad histórica renunciando, o impidiendo, la posibilidad de revisión de aquello que hasta ahora se dio por cierto.

Esta revisión puede adquirir diferentes caracteres. Los hay burdos y rayando en el esperpento como las medidas tomadas en la Unión Soviética a partir de 1953 y tras la muerte de Stalin. Bastará un solo ejemplo para conocer este tipo de revisionismo bufonesco: a raíz del fusilamiento de Beria, el que fue responsable de la policía estatal estalinista, bajo el nuevo mandato de Krushev, los suscriptores de la Gran Enciclopedia Soviética, recibieron en sus casas un sobre en el que se les conminaba a eliminar las páginas 21, 22, 23 y 24 del quinto tomo de la enciclopedia que contenían las fotos y la biografía de Beria, ahora caído en desgracia. En su lugar debían, obedientemente, sustituirlas por el mismo número de páginas, contenidas en el sobre recibido, que incluían una generosa descripción del Mar de Behring (2). Donde antes Be daba paso a Beria, ahora uno podía bañarse en la Be de las frías aguas del Mar de Behring. Reconozcamos, que no andaban cortos de imaginación los nuevos dirigentes soviéticos.

Ese tipo de revisiones pueden parecernos propias de regímenes que no se dan en nuestras latitudes, pero nos equivocamos. Hasta 1976 no admitió el gobierno de los Estados Unidos, que el acorazado norteamericano “Maine”, se hundió debido a la explosión de una caldera y no por una bomba puesta por los españoles (3). Aquello dio lugar a una guerra, que España perdió, recuerden Cuba y el año 1898. Pueden añadir las Filipinas, que acabaron en el mismo regazo. La rectificación pasó desapercibida. Este tipo de revisiones y, más comunmente, ausencia de revisiones, son innumerables cuando nos adentramos en la segunda guerra de los treinta años que asoló Europa y partes de Asia. La que empezó en 1914, con los disparos en Sarajevo y acabó en 1945 con las dos bombas atómicas sobre ciudades japonesas.

La palabra “holocausto” está muy presente en nuestras vidas desde hace décadas. Muchos se sorprenderán si se les dice que ya apareció profusamente durante la Primera Guerra Mundial, al igual que la cifra de seis millones, pero esto no puede ser abordado ahora y debe quedar para otra ocasión. El “holocausto”, tal y como hoy es entendido, normalmente siempre aparecía en singular y con mayúscula. La matanza sádica de la población palestina por parte del Estado de Israel, sin embargo, la ha vuelto a poner en nuestras mentes y con un significado muy diferente del que tiene para la historiografía occidental hasta antes de octubre de 2023. A partir de esa fecha crece el sentimiento general de denuncia del holocausto del pueblo palestino retransmitido en directo y sin necesidad de historiadores del pasado. Pero no esperemos que sea bienvenido el empleo de esa categoría. Merece la pena detenerse sobre este hecho.

Allá por los años setenta, mis padres completaron, fascículo a fascículo, los doce tomos de la Enciclopedia Salvat, con la finalidad de que nos sirvieran de apoyo en nuestros estudios. Se imprimió en 1965 (4). Hace unos días la consulté pare ver qué decía bajo la entrada de “holocausto”. Únicamente hace referencia a su acepción clásica: la del sacrificio hecho a la divinidad, por judíos y griegos de la antigüedad, y en la que la víctima resultaba totalmente consumida por el fuego. El mismo resultado obtuve buscando la misma palabra en la Enciclopedia Larousse Elemental editada en 1956 (5). La única diferencia es que aquí se omitía a los griegos.

En nuestra percepción colectiva, y hasta la masacre en la tierras de Palestina, que pronto cumplirá su segundo año, por “holocausto” y sus víctimas, se entendía a la población judía de Europa que habría perecido a resultas de la persecución a que fueron sometidos por la Alemania nacionalsocialista durante la Segunda Guerra Mundial. La cifra oficial ha sido la de seis millones de personas. Existen inmumerables museos en todo el mundo occidental dedicados a recordar este holocausto, apenas hay discurso de los dirigentes israelíes que no lo incluyan, tanto como recordatorio, como en su calidad de negro futuro amenazante para ellos. Incluso en España hay un día, cada año, dedicado a su conmemoración. Pero esto no se remonta al final de la última guerra mundial, ni a las dos décadas posteriores. Aquellos tiempos no conocieron ni museos, ni ceremonias oficiales revitalizadoras de la memoria. Memoria que tenía que encontrarse mucho más viva, dado el escaso tiempo trascurrido desde los hechos denunciados. La realidad, sin embargo, es que la foto fija del holocausto judío, conforme han pasado las décadas ha ido cobrando una relevancia mucho mayor, se ha ampliado, situación paradójica para cualquier acontecimiento de la historia humana. ¿Cómo intentar explicar esto?

Elie Wiesel fue un judío rumano que junto con su padre estuvo internado en el campo de concentración de Auschwitz, en la Polonia ocupada por los alemanes. Wiesel ha sido durante décadas, falleció en el 2016, uno de los mayores sostenedores de la dimensión “ahistórica”, son sus palabras, incomparable y demencial del holocausto de los judíos. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1986.

En 1958 Wiesel consiguió que una editorial francesa (6), publicara su primer libro “La Nuit” (La noche) una traducción al francés del original escrito en jiddisch, la lengua hablada por los judíos asquenazis de Europa Central y Oriental. Es un libro que todas aquellas personas interesadas en el holocausto judío debieran leer. Leerlo con detenimiento, reflexionando sobre lo leído. Wiesel no nombra en esa obra, la que él consideraba más valiosa de toda su pródiga creación, ni una sola vez las cámaras de gas, el arma homicida oficial y principal con la cual, especialmente en el complejo de Auschwitz, se habrían llevado a cabo las ejecuciones masivas. Wiesel nos habla siempre de la existencia de hornos crematorios y de fosas abiertas al aire libre en las cuales se quemarían los cadáveres, incluso a las que se arrojarían cuerpos todavía vivos de niños pequeños. Se trata de una ausencia más que significativa dada la importancia que posteriormente se concedió a las cámaras de gas en toda la literatura sobre el holocausto.

Pero junto a esta ausencia hay una confesión no menos sorprendente. Pese a presentarnos a Auschwitz como un campo donde, antes o después, uno acabaría siendo asesinado, Wiesel fue operado por una lesión en un pie en enero de 1945, apenas semanas antes de que terminara la guerra, siendo internado en el hospital del campo y atendido en todo momento por un médico que era igualmente judío. Allí se tuvo que enfrentar a un terrible dilema: ante el avance ruso, el campo iba a ser evacuado. Los internados en el hospital podían quedarse en él, el resto debían abandonar Auschwitz y en largas marchas a pie dirigirse hacia el oeste junto a sus guardianes alemanes. Marchas a realizar con su pie todavía no sanado. Wiesel, según afirma en su libro, podía conseguir que su padre, no internado en el hospital, no fuera evacuado haciéndole pasar por enfermo o por enfermero. No lo hizo. Decidió marcharse, pese a su estado, y acompañar a sus futuros verdugos, los guardias alemanes. Aquellos que se quedaron en el hospital fueron liberados por los rusos apenas unos días después.

Wiesel en sus obras, y en sus innumerables conferencias, por las que cobraba 25.000 dólares (7), insistió en que el holocausto judío “no podía ser comprendido racionalmente”, que estaba “fuera o más allá de la historia” y que en realidad constituía “una religión mistérica”. Wiesel nunca dudó de su papel de sumo sacerdote en ese culto lleno de misterios.

“La Nuit” no tuvo acogida alguna en la Francia de los años cincuenta. En una nueva edicion en el año 2007, Wiesel afirmaba refiriéndose a su primera edición, que “el libro se vendía mal…pero después, las cosas han cambiado. Mi pequeña obra recibe una acogida que yo nunca hubiera esperado”. Esta gran acogida tendría lugar pasado medio siglo después de que “La noche” viera la luz por vez primera.

Quizás esa primera obra de Wiesel debiera ser incluida dentro de esos misterios pertenecientes al terreno religioso, por los interrogantes que suscita, pero no menos por la controvertida categoría moral del personaje. De Wiesel es esta demanda (8):

“Cada judío deberá guardar , en algún lugar de su corazón, una zona para el odio, ese odio sano, varonil contra todo aquello que representa el alemán y que forma parte de la esencia de lo alemán. Todo lo demás sería traición a los muertos”

Extraña exigencia en boca de un premio Nobel de la Paz, pero en línea consecuente con un ruego similar que presentó al presidente norteamericano Bush, días antes de que este lanzara su guerra ilegal contra Irak en marzo de 2003 (9):

“Wiesel fue a ver a Condolezza Rice (entonces Ministra de Asuntos Exteriores de los EEUU) el 27 de febrero de 2003, apareciendo el presidente Bush por la oficina de Rice. Wiesel le dijo al presidente que Irak era un Estado terrorista y que el imperativo moral era el de la intervención. Si Occidente hubiera intervenido en Europa en 1938, él dijo, la Segunda Guerra Mundial y el holocausto se habrían podido prevenir”.

Las palabras de Wiesel parecieron impresionar a Bush y el holocausto sirvió de argumento de peso moral para completar la destrucción de Irak con sus cientos de miles de muertos. Era el mismo holocausto que careció de peso político durante décadas. Volvemos a preguntarnos, ¿qué había cambiado a esas alturas?

Podemos aventurar una respuesta y una fecha para este cambio: 1967.

1967 es el año de la gran victoria militar del Estado judío sobre los Estados árabes vecinos. El pequeño David demostró ser un verdadero Goliath. La eterna víctima apabulló con sus habilidades como verdugo. Y esto determinó que todo el relato del holocausto cobrara una vida desconocida y creciente desde entonces.

Yaïr Auron, historiador judío, estudioso del holocausto, llama la atención sobre esta paradoja (10):

“Sin duda las violencias y las necesidades del presente, afectan a nuestra visión del pasado. La “ideología de la supervivencia” y el sentimiento de ser víctimas, que han sido cultivados, paradójica y especialmente tras la gran victoria militar de la guerra de 1967 …”

Es precisamente cuando Israel se muestra más poderoso que se empieza a imponer en el mundo occidental la hegemonía del discurso del holocausto hasta alcanzar lo que Wiesel llamaba “religión mistérica”. Su papel no era otro que el de realzar, en el seno de unas comunidades judías dispersas y cada vez más secularizadas, el sentimiento cohesionador de seguir siendo las víctimas eternas de la historia, al tiempo que se levantaba el espantajo de una permanente amenaza árabe deseosa de tomarse su venganza por las humillaciones sufridas. Esta venganza por venir se traduciría en un nuevo holocausto que a toda costa había que evitar y para lo cual todos los medios eran admisibles y estaban moralmente justificados.

Este culto al papel unificador del relato del holocausto judío exige, por parte de sus mantenedores, una vigilancia celosa que impida que ninguna tragedia humana, pasada o presente, pueda ni de cerca acercarse a sus propios sufrimientos pasados. La exclusividad debe ser mantenida a toda costa y así se explica que todo intento por denunciar genocidios como los sufridos por la población indígena de los EEUU, en países del África negra, en la India bajo ocupación británica, en el Irán durante la ocupación aliada o las masacres de que fue víctima el pueblo armenio a fines del siglo XIX y durante la primera guerra mundial, a manos de los turcos, pudiera ser fácilmente calificado como trivialización del holocausto en el caso de que se le quiera asignar esa categoría. En este terreno sí que vale aquello de que las comparaciones son odiosas.

Yeshayahu Leibowitz fue un importante filósofo judío del pasado siglo, mantuvo una postura ambivalente frente al proyecto sionista y en conversación con el escritor israelí Uri Avneri le manifestó que (11):

“La religión judía murió ya hace doscientos años. Ahora no hay nada que unifique a los judíos alrededor del mundo con la excepción del holocausto”

En el mismo sentido se expresaba el también escritor israelí Boaz Evron en un artículo titulado “Sin límites”, aparecido en la prensa israelí (12):

“ Nosotros, que hablamos del holocausto cada día, no podemos permitir a nadie que tenga una parte o posea su propio holocausto. Es nuestra principal carta hoy en día. Es la única cosa alrededor de la cual intentamos reunir a los judíos. Es la única cosa con la cual tratamos de sembrar miedo en los israelíes para que no abandonen el país. Es la única cosa con la que intentamos hacer callar a la gentilidad”.

Esa “gentilidad” la constituyen los pueblos no judíos, y especialmente nosotros los europeos. No en vano es bajo nuestro paraguas que se ha desarrollado la ocupación y agresión colonial en Palestina. La política estadounidense no ha requerido en realidad de tales esfuerzos silenciadores al encontrarse ya totalmente bajo el control del poder israelí. Desgraciadamente, la carta todopoderosa del holocausto judío sí parece estar cobrándose sus victorias en los países de la Unión Europea que no se atreven a dar pasos reales y decisivos para parar la locura homicida israelí en curso.

El que “holocausto” sólo pueda haber uno genuino lo acredita la reveladora actitud del Estado judío ante el genocidio armenio que costó la vida a alrededor de un millón y medio de personas, en su inmensa mayoría población no combatiente. Aquí, como afirmábamos al inicio de este artículo queda en evidencia como los relatos de lo que se considera histórico en cada momento están sujetos a las necesidades y conveniencias del momento, dificultando el poder llegar a conocer los hechos tal y como ocurrieron.

Turquía es, de hecho, país aliado de Israel. Turquía, país musulmán y miembro de la OTAN, es un Estado que tiene una enorme importancia estratégica para Israel. Al margen de las acrobacias verbales del presidente Erdogan contra Netanjahu, este sabe que, por el momento y con los actuales mandatarios turcos, nada tiene que temer por ese lado. Su trabajo de demolición conjunta del Estado sirio así lo han acreditado. Israel, por este motivo se cuida mucho de irritar a los turcos con recordatorios de aquel lejano genocidio armenio y esa actitud la recalcan una y otra vez. Así en 2001 durante una visita del Ministro israelí de Asuntos Exteriores, Shimon Peres a Turquía y expresándose sobre este asunto (13):

“Peres ha declarado que es asunto de los historiadores juzgar este tipo de cuestiones históricas”,

o el comunicado oficial del mismo Ministerio israelí un año después, en 2002, sobre el mismo genocidio armenio (14):

“El estudio de este sujeto delicado debe ser abordado por una discusión pública entre historiadores, evidentemente, basado sobre documentos y hechos”

Estamos ante una postura razonable, la de la discusión dejada en la mano de historiadores, pero que sin embargo, nueva paradoja, no se aplica al estudio del holocausto judío. Aquí, el Estado de Israel, los grupos de presión sionistas, poco a poco, han ido implantando esa carta silenciadora que Boaz Abron afirma que siempre tienen a mano, la carta de la unicidad de sus sufrimientos, persiguiendo y castigando judicialmente a todo investigador del holocausto que llegue a conclusiones diferentes de las establecidas en esa foto fija de la historia que personajes como Elie Wiesel se esforzaron por presentar. La investigación del holocausto judío, sin conclusiones preestablecidas es hoy en día, en la mayoría de los países occidentales un empeño plagado de riesgos legales y ostracismo social. Nada puede ponerse en duda en la fotografía ya revelada para los siglos venideros.

Los dirigentes israelíes, con indiferencia al celo sionista de los gobernantes que se han sucedido en el poder desde 1948 hasta hoy, siempre han resaltado, en contraste con su enorme poder militar que no excluye el arma atómica, que se encuentran permanentemente temiendo la agresión de sus vecinos y la desaparición de su Estado colonial. Ya se tratara de Nasser, Sadam Hussein, Gaddafi, o el Irán de la revolución islámica, todos compartieron, y comparte hoy más que nunca Irán, la etiqueta de ser reediciones de Hitler. El David vencedor, arrogante y agresivo contra todo lo que se mueve a su alrededor y no le rinde pleitesía, necesitaba y necesita reforzar sin pausa su ficticio papel de víctima encubridor de su naturaleza real. Porque el Estado de Israel, ni ha sido ni es víctima de sus vecinos, ni de los habitantes genuinos de Palestina. Lo contrario es lo cierto.

Es en la España del siglo XII donde podemos encontrar el hilo de Ariadna que nos permita entender el contrasentido precedente. Yehuda Halevi fue el “príncipe de los poetas hebraicoespañoles” (14) según la apreciación de nuestro Menéndez Pelayo. Nació en Tudela en fecha algo incierta, alrededor de 1075. Entre sus obras figura una titulada “El Kuzarí”. En ella narra el diálogo novelado entre un rabino judío y el rey de los Kázaros, siendo los Kázaros un pueblo no semítico que llegaron a formar un imperio entre los siglos VIII y XII alrededor del Mar Negro. En el siglo VIII se convirtieron al judaísmo.

El rabino imaginado por Halevi repasa la historia del exilio forzado de su pueblo, de su errar interminable, de las violencias que debe sufrir y también del gran sostén para hacer frente a todo ello que es la fe heredada de sus padres, su sentimiento de ser el pueblo con el que dios estableció su alianza. El rey de los Kazaros no considera la humildad de la que hace gala el rabino como una muestra de altura o rectitud moral, dado que esta ha sido forzada y no voluntariamente asumida y es por ello que le manifiesta al rabino (15):

“Si vosotros tuvierais el poder para ello, matarías a golpes a vuestros enemigos”

A lo cual responde el rabino que:

“Ahí has dado con nuestro punto débil, rey de los Kazaros”

Sobre la existencia de este libro nacido en tierras hispánicas no me llamó la atención ningún “antisemita”, término totalmente inapropiado y carente de rigor, sino Avraham Burg, judío e israelí que en su día fue consejero de Shimon Peres, presidente de la Agencia Judía y portavoz de la Knesset, el parlamento israelí.

En realidad no era necesario recurrir al sabio Halevi para intuir cuál podría ser la respuesta del antiguo pueblo de Israel en el caso de verse revestido de poder frente a sus enemigos. La celebración judía de la fiesta del Purim nos la habría mostrado. En ella se conmemora, con mas o menos sordina en estos tiempos de ecumenismo, el triunfo de Ester (17), la favorita judía del rey persa sobre los autóctonos del país. Estos denunciaban el poder alcanzado por los hebreos y deseaban que su rey les pusiera coto, pero sin éxito. Ester supo inclinar la balanza a su favor y el relato bíblico concluye con la matanza de setenta y cinco mil persas a manos de los judíos. Lo más probable es que estemos ante una historia fabulada, que nunca llegó a darse, lo cual no impide que la fábula sea festejada.

Hoy el poder no es fabulado. Es real. El Estado de Israel dispone de los medios más sofisticados para matar a golpes a todo el que considera su enemigo. Y hace uso de ellos. Tiene el poder, al mismo tiempo, para presentarse como la principal y excepcional víctima de la historia y para mantener esta percepción inalterable recurre al holocausto. En la medida en que el holocausto como fenómeno histórico sea un hecho blindado frente a la investigación libre, Israel seguirá haciendo uso de su carta blanca y muchas preguntas no podrán encontrar respuesta.

Elie Wiesel, como citamos anteriormente, habló de la necesidad de un odio “sano y varonil” que debería mantenerse vivo frente al pueblo alemán, de ayer, de hoy y de siempre. Al parecer es un odio que nunca caerá dentro del llamado “discurso del odio”. Es un odio que es galardonado y, sin embargo,no hay odio sano. El odio corroe al que lo alimenta. La demanda de Wiesel es repugnante y contribuye en forma atroz a la podredumbre del tiempo presente. No podemos llegar a acercarnos al pasado tal y como fue con una mirada utilitaria, interesada y silenciadora. Una mirada cargada de un extraño odio “sano y varonil”. Tiene que poder ser sometida a una revisión.

(1) “1984”, George Orwell, Ediciones Destino, 3ª edición, 1981

(2) “Der Sowjetmensch”, Klaus Mehnert, Europaïscher Buchklub, pág. 353

(3) “Europas Verhängnis”, Wolfgang Effenberger, Verlag Zeitgeist, 4ª edición, agosto 2023, pág 21

(4) “Enciclopedia Salvat”, Salvat SA de ediciones, Pamplona 1965, Tomo VII, pág. 195

(5) “Enciclopedie Larousse Elementaire”, 1956, Paris

(6) “La Nuit”, Elie Wiesel, Les Editions de Minuit” 1958/2007

(7) “Die Holocaust Industrie”, Norman Finkelstein, Piper Verlag, 2001, München, pág 54

(8) “Legends of our Time” New York, 1968, pág 177 y sgs. Citado en “El holocausto bajo la lupa”, Jürgen Graf, Ediciones Ojeda, pág 55

(9) “Plan of Attack” Bob Woodward, New York, 2004, pág 320-321

(10) “Israël et le génocide der Arméniens”, Yaïr Auron, Editions Sigest, pág 212

(11) En http://www.gush-shalom.org/archives/article348.html. Citado en “The wandering who?”, Gilad Atzmon, Zero Books, 2011, pág 148

(12) “Sans limites”, Boaz Evron, Yedioth Ahronoth, 20/10/1989. Citado en Yaïr Auron, obra citada, pág. 252

(13) “Turkish Daily News”, 10/04/2001. Ciado en Yaïr Auron, obra citada, pág. 265

(14) Comunicado oficial citado en Yaïr Auron, obra citada, pág. 271

(15) “Manual de Historia de la Literatura Hebrea”, David Gonzalo Maeso, pág. 491 y sgs.

(16) “Hitler besiegen”, Avraham Burg, Campus Verlag, 2009, pág 218 y sgs.

(17) “Libro de Ester”, Sagrada Biblia, Biblioteca de Autores Cristianos,Madrid, 1957

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