Irán, el séptimo de la lista

Carlos Feuerriegel

“El mundo sin sionismo” este era el tema a tratar en octubre de 2005 por un congreso estudiantil organizado en Teherán. El discurso de clausura corrió a cargo del entonces presidente iraní Mahmud Ahmadinedschad y en él lanzó las palabras que desde entonces han orbitado alrededor del mundo, de nuestro pequeño, pero engreído, mundo occidental:

“El régimen que mantiene ocupado Jerusalén, debe ser erradicado de las anales de la historia” (1)

Erradicar un régimen hostil al mundo islámico, y a la justicia universal, caso de existir tal concepto, fue el deseo manifestado por el presidente iraní. De la misma forma, años antes, otros Estados habían pedido la desaparición del régimen de la segregación racial en Sudáfrica o, remontándonos un poco más en el tiempo, en los inicios de la década de los años setenta, el primer ministro sueco Olof Palme paseó su hucha recaudatoria por las calles de Estocolmo para ayudar a acabar con el régimen de Franco en España.

Ahmadinedschad no pidió “borrar a Israel del mapa”, ni “acabar con el pueblo judío”, expresiones con las que se falsearon sus palabras y que hoy, pasados ya veinte años, sirven para tratar de justificar la criminal agresión del Estado Sionista contra el país persa de este mismo año. Una más de una larga lista, ni su primer ataque terrorista, ni mucho menos el último.

Los colonos israelíes no necesitaban ampararse detrás de esa interesada traducción. Ya en 2001, el general de los EEUU, Wesley Clark, dejó claro que el Estado norteamericano pensaba atacar en los próximos años a siete países del mundo islámico. Irán era el último de la lista después de causar la muerte de cientos de miles de personas en Libia, Somalia, Sudán, Líbano, Siria e Irak. Una lista del horror que crece con cada día que pasa. Sin embargo, y afortunadamente, Irán parece habérseles atragantado.

El poder judío en los EEUU y Europa debiera haberlo sabido mejor antes de lanzarse a su nueva y corta cabalgada. Apenas triunfada la revolución islámica en Irán, año 1979, ese mismo poder azuzó al bueno de Saddam Hussein, nuestra hada salvadora de antaño, para que entrara con su ejército en el Irán de Jomeini. La guerra duró nueve años y pocas familias iraníes no vieron perder en ella a alguno de sus miembros. Si las bombas convencionales las sirvieron los estadounidenses, las bombas químicas las sirvieron los alemanes. En aquella guerra, tanto los EEUU como sus títeres europeos y la Unión Soviética apoyaron a Irak. Únicamente Siria tomó partido por Irán, el país agredido. La guerra produjo alrededor de un millón de bajas, muertos y heridos, entre la población iraní. Nada que sea fácil de olvidar.

Apenas pasados dos años del final de esa guerra, Saddam Hussein perdió su lustre benefactor y su hado bondadoso, para pasar a convertirse en el nuevo demonio del Oriente próximo. Había invadido la vecina Kuwait, entre otras cosas para tratar de resarcirse del agujero económico dejado por la guerra pasada. Ahora, las armas de destrucción masiva que las democracias virtuosas le habían proporcionado dejaron de ser una utilidad, contra Irán, para convertirse en una amenaza, contra nosotros y nuestro protegido israelí.

Hoy, el patrón de entonces, vuelve a repetirse pasados treinta y cinco años. Los Estados Unidos arman a Israel y Trump saca pecho ante la proeza de sus aviones indetectables que pretenden haber obliterado cuatro centros de investigación nuclear en Irán. Al mismo tiempo, el pelele alemán, Friedrich Merz, que ejerce de Canciller de la Alemania ocupada, afirma en la televisión pública germana que:

“Israel está haciendo nuestro trabajo sucio” (2)

El terrorismo de Estado israelí vuelve a intentar campar a sus anchas, a sabiendas que sólo aprobación recibirá de los podridos gobiernos occidentales. Y a la cabeza de estos, la fantasía del Estado alemán actual que se alza con la medalla de plata de la ignominia a la hora de armar a los matarifes sionistas. La seguridad del Estado de Israel, según doctrina oficial de la República Federal de Alemania, constituye una de sus razones de Estado. Así como suena. Un Estado que ha vinculado su razón de ser a un proyecto colonial, genocida y usurpador, de futuro más que incierto.

Recuerdo que en la mañana posterior a la agresión judía contra Irán, me encontraba en el tren con destino a Valencia. Recibí la llamada de un amigo y le expresé mi pesar y creencia de que el daño ocasionado al Estado iraní era considerable y, creía yo, paralizante. Me equivoqué. La República Islámica pudo reponerse, reemplazar a sus cuadros asesinados y responder a la agresión. Esa agresión, además de mandos militares, se llevó por delante la vida de más de una decena de científicos nucleares y de sus familias. También del resto de inquilinos de los bloques de viviendas en las que vivían esos científicos. Práctica habitual del ejército sionista que se precia de ser el más “moral” del mundo.

Asistimos ahora a una pausa en esa guerra que duró doce días. Con un más que probable reinicio que aumentará el nivel de destrucción. Dos motivos principales hay para ello: por un lado Trump, el que iba a acabar con las guerras, se encuentra contra las cuerdas en su país y ante sus propios seguidores debido a su intento por tapar los escándalos sexuales ligados al caso Epstein, el facilitador de menores a personajes mayores y que fue suicidado en su celda. Un nudo en la red chantajista del Mossad, la CIA israelí. Trump necesita de un foco de conflicto que desvíe la atención de todo ello. A mano tiene Ucrania o Irán. Por el otro, Israel ha comprobado que con medios convencionales no puede conseguir su objetivo de acabar con el Estado iraní. Sólo le queda la opción nuclear. Y vista la masacre continuada y la hambruna con método y sadismo sembrada en Gaza, ellos no dudarán en hacer uso de esta arma. La prensa israelí habla abiertamente de ello (3).

Los doce días de intercambio de misiles entre la entidad sionista e Irán le han supuesto a los colonos israelíes un coste de doce mil millones de dólares, más de la cuarta parte de su presupuesto militar anual (4). A esta cantidad habría que añadir los tres mil millones de dólares en daños materiales según el ministro Bezalel Smotrich. Las diferentes capas de escudos antimisiles no han sido capaces de proteger los puntos estratégicos de la infraestructura judía frente a los misiles iraníes. Israel, por vez primera en su historia, se ha enfrentado a un Estado musulmán con unas capacidades que había infravalorado. La lección aprendida le llevó a tener que pedir el cese de hostilidades. La pausa necesaria para repensar y agrandar la dimensión de la nueva agresión.

Desde hace más de un siglo, el proyecto falaz y expoliador del sionismo que diseñara Theodor Herzl, ese judío austrohúngaro chocantemente ajeno a la tradición religiosa hebrea y que, bajo el paraguas británico, llevaron a la práctica los colonos israelíes desembarcados de Europa, constituye el principal foco de enfrentamiento y sufrimiento del mundo. Menos de diez millones de judíos israelíes apoyados por la diáspora hebrea en los EEUU y Europa siguen poniendo al borde del abismo de lo impredecible a casi ocho mil millones de habitantes. El llamado Occidente dispone de los medios para poner fin a esta situación, pero mira para otro lado ¿Hasta cuando?

El pueblo iraní conoce sobradamente las bondades de las potencias defensoras de la democracia. Durante la segunda guerra mundial, la ocupación del Irán neutral a partir de agosto de 1941, el norte del país ocupado por la Unión Soviética y el sur por Gran Bretaña, ocasionó una hambruna que costó la vida a no menos de tres millones de personas, alrededor del 20% de la población total de entonces. Un hecho prácticamente desconocido, no solo en España sino en todo el mundo dominado por la versión de la historia establecida por los vencedores de aquella guerra. Sin embargo, una realidad no olvidada en Irán.

No es la única. Habían pasado ocho años desde el final de la guerra mundial, en 1953, cuando los EEUU y la Gran Bretaña urdieron un golpe de Estado en Irán para derrocar al gobierno nacionalista, y elegido por votación popular, de Mossadegh, en respuesta a su decisión de nacionalizar los ingresos derivados de la explotación del petróleo que hasta entonces iban, la parte del león, a la muy liberal democracia británica. Tampoco esta lección ha sido olvidada en Irán.

Conocemos como guerras médicas a los enfrentamientos entre nuestros antepasados griegos y los ejércitos persas. Maratón o Salamina forman parte de aquel pasado. Esquilo lo cantó en su tragedia “Los persas”. Está por nacer el bardo que cante esta lucha que enfrenta a la nueva Persia contra el poder judeoisraelí. Nos equivocaríamos si no fuéramos capaces de ver que ahora es el pueblo iraní el que sostiene el derecho a la soberanía e independencia de los pueblos, su rebelión frente al caos y el terror que Israel impone directamente en todos los pueblos que le rodean, e indirectamente en el resto del mundo.

La República Islámica de Irán defiende un mundo no sometido a la rapiña del capital financiero. Un mundo que siendo productor de bienes reales quiere dar sepultura a la magia negra de la especulación y que no renuncia a ser el sostén principal de la lucha del pueblo palestino. Por ello, también, está en el punto de mira. Irán no olvida su pasado, nosotros no deberíamos olvidar las causas del tiempo presente. Y sacar las necesarias consecuencias.

(1) Michael Lüders, “Iran: der falsche Krieg”, pg 67 , Verlag C.H.Beck, 2 Auflage, 2012

(2) timesofisrael.com/liveblog_entry/germanys-merz-says-israel-is-doing-the-dirty-work-for-us-by-countering-iran

(3) The Jerusalem Post, 07/07/2025

(4) ainvest.com/news/israel-estimates-3-billion-damage-war-iran-2506/

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