Antisemitismo

Carlos Feuerriegel

En una entrevista en los Estados Unidos de Norteamérica, Shulamit Aloni, que llegó a ocupar dos diferentes Ministerios en gobiernos israelíes, fue preguntada por cual era su opinión acerca de la práctica habitual de calificar de antisemita a cualquiera que criticara la política del Estado de Israel. La ministra no se fue por los cerros de Úbeda en su respuesta:

“Bueno, se trata de un engaño, siempre lo usamos. Si desde Europa alguien critica a Israel, sacamos el Holocausto. Si esto ocurre en este país (los EEUU), se trata de antisemitas”. (1)

Por supuesto, estas palabras no son de una ministra del actual gobierno israelí. Son del año 2002 y hoy serían impensables. Más aun lo serán el año próximo en los EEUU, porque no otra cosa busca la nueva ley de “Concienciación sobre el antisemitismo”(2) que ya ha pasado por la Cámara de Representantes y cumplirá con el tramite senatorial a primeros del próximo año. Ley que Trump ha prometido aplicar “agresivamente” en su primera semana como presidente.

El término “antisemitismo” fue ideado por el alemán Wilhelm Marr en 1879. Marr fue un activo denunciante del creciente poder de la comunidad judía en su país y también fue un personaje más que peculiar. En la Alemania revolucionaria de los años cuarenta del siglo XIX luchó al lado de conocidos militantes judíos en la defensa fallida de la unidad nacional bajo un Estado liberal. Durante su larga vida regularmente convivió con los ambientes judíos y acabó sus días siendo lo contrario que en su juventud: un admirador del judaísmo que lamentaba sus primeros escritos. Casado en cuatro ocasiones, sus tres primeras mujeres fueron judías (3).

Marr se equivocó de cabo a rabo al calificar su inicial e intermitente judeofobia como una manifestación de antisemitismo y en la cual el móvil religioso ya no jugaba papel alguno. Si hasta entonces el termino semita era empleado para designar a una familia de lenguas orientales, sin connotación racial alguna, Marr contribuyó a que englobara a los pueblos que las hablaban, metiendo en un mismo saco a los árabes y a los judíos. Bernard Lazare, escritor y militante anarquista francés de ascendencia sefardí, el primero en defender públicamente la inocencia del capitán Dreyfuss, criticó en 1894 en su obra “El antisemitismo, su historia y sus causas” (4) lo erróneo del término, inclinándose por “antijudaismo”. Pero quizás sea precisamente la falta de rigor y precisión, la vaguedad que entraña la palabra antisemita, lo que haya garantizado su arraigo.

Lo absurdo del calificativo de antisemita salta a la vista si consideramos que los palestinos pertenecen por derecho propio a la comunidad de pueblos semitas, mientras que una mayoría de judíos del actual Estado de Israel, ni hablaban originalmente el hebreo, lengua semita, ni proceden del área del cercano Oriente. Pese a esta realidad nadie aceptará que el antisemitismo sea una expresión de rechazo al pueblo palestino o en general a los pueblos árabes.

La ley que se aplicará el año próximo en los EEUU, no tardará mucho en cruzar el Atlántico y no errará el que sospeche que nuestra Ursula von der Leyen trabaja ya en su traducción a las múltiples lenguas comunitarias. Puede ahorrarse la faena. Otros ya se ocuparon de las traducciones. El corazón de la ley es la definición de “antisemitismo”, y para ello recurren a la que ofrece la “Alianza Internacional para el recuerdo del Holocausto”, IHRA por sus siglas en inglés. España, junto a otros 34 países forma parte de ella. La Unión Europea en pleno figura en esa alianza. Un selecto club occidental de aquellos que manejan magistralmente el doble rasero.

La definición de antisemitismo de la IHRA (5) no llama especialmente la atención:

“Antisemitismo es una cierta percepción de los judíos que puede ser expresada como odio hacia los judíos. Manifestaciones retóricas y físicas de antisemitismo están dirigidas contra individuos judíos o no judíos y/o sus propiedades, contra instituciones comunitarias judías y establecimientos de culto”

Esta definición no se interna en terreno desconocido, la sustancia, la miga (Make Israel Great Again) se encuentra en los ejemplos que se citan para ilustrar la definición, y que también formarán parte del texto de la nueva ley. Como estas dos perlas

“Ejemplos contemporáneos de antisemitismo (…) incluyen, pero no están limitados a:

-negar al pueblo judío su derecho a la autodeterminación, por ejemplo afirmando que la existencia del Estado de Israel es una empresa racista

-aplicando un doble rasero (al Estado de Israel), exigiéndole una conducta que no se espera o exige de cualquier otra nación democrática”

Con respecto al primer punto, pregúntense por la razón de que haya sido la República de Sudáfrica la que ha presentado la acusación por genocidio en la Corte Penal Internacional contra Israel a raíz de su campaña de exterminio contra los palestinos en la franja de Gaza. Un suma y sigue de la política de tierra quemada, aplicada desde hace más de un siglo y conducente a expulsar a los palestinos de su tierra consiguiendo un Estado judío con la menor presencia posible de los verdaderos dueños de la tierra. Limpieza étnica televisada y radiada minuto a minuto pero que se quiere impedir que sea calificada como lo que es.

El segundo punto introduce de matute lo de “otra nación democrática” cuando el Estado judío no lo es, dado que trata como a ciudadanos de tercera a los palestinos ciudadanos legalmente de ese Estado. La igualdad ante la ley no se da y la conducta del Estado hebreo, cuyas fronteras obstinadamente no son fijadas, es singular y extraña al resto de los casi doscientos Estados representados en las inoperantes Naciones Unidas. También es un conducta peculiar aun cuando sólo fuera por su insuperable marca a la hora de incumplir, con alevosía, de noche y de día, las resoluciones de esas mismas Naciones Unidas.

El engendro de ley norteamericana es presentada por el congresista republicano Michael Lawler, elegido por un distrito de Nueva York que presenta la mayor densidad de judíos per capita de los EEUU (6). No deja de ser una ironía el pensar que algo puede haber pesado esta realidad demográfica en la decisión del católico Lawler para presentar la ley. Sus electores parecen pensar mas en la inmunidad de un Estado a miles de kilómetros de su Nueva York natal que en la primera enmienda de la Constitución de los EEUU, que establece el derecho a la libertad de expresión, en la tierra que pisan. Pero ya la mera presunción de que pudiera existir este conflicto de doble lealtad, estará tipificado en la ley. Será considerado un ejemplo contemporáneo de antisemitismo.

Inicialmente la ley nace con la idea de acabar con las protestas en las Universidades norteamericanas contra las matanzas de palestinos por parte de un ejército israelí cebado con bombas de los EEUU y armas “Made in Germany”. Toda Universidad que permita ese tipo de actos, tras aprobar la nueva ley, perderá los fondos federales y con ello su viabilidad. No difiere mucho esta actitud del campeón yanqui del Occidente, de la que un día manifestó el ya difunto Idi Amin, presidente de Uganda al afirmar que en su país cada cual podía expresar libremente su opinión, pero ateniéndose a las consecuencias.

La IHRA, en su definición de antisemitismo señala que la misma carece de fuerza legal. Ni esta nueva Santa Alianza podía imaginar que su criatura pudiera ser elevada a la categoría de ley. Tampoco uno de los redactores de la definición, el abogado Kenneth Stern que ha manifestado que la definición de antisemitismo,

“no fue redactada y jamás pretendió ser una herramienta para atacar o impedir la libertad de expresión en las Universidades” (7)

No importa. El Congreso de los Estados Unidos sabe ser un guardián mucho más celoso del espíritu de los tiempos, y en esta era, la inviolabilidad del Estado de Israel raya a gran altura en ese Congreso, por más que también vaya cayendo en picado al pozo de la podredumbre moral en las calles de ese país.

El congresista Lawler tiene sus lealtades y los presidentes norteamericanos también. Ya se llamen Biden o Trump. Este último debe hacer honor a los cien millones de dólares que recibió para su campaña de la señora Adelson (8), la viuda del billonario judío Sheldon Adelson que hace unos años pretendió sentar sus reales en las afueras de Madrid para construir un gran casino que debería gozar de privilegios legales. Probablemente Adelson se sintió motivado por las andanzas en la España republicana de sus correligionarios Strauss y Perl que merced a una ruleta amaestrada intentaron hacer su agosto por estos lares. La avispada pareja nos regaló el vocablo estraperlo y Adelson, falto de permisos, se volvió con sus ruletas y sus millones a su imperio de las Vegas, ese monumento a la zafiedad sin límites, lucrativa pero estéril.

La nueva ley también persigue cerrar filas amordazando disidencias. Duele especialmente al poderoso grupo de presión sionista en los EEUU, que personalidades y organizaciones judías norteamericanas se hayan desmarcado de la barbarie que comete el Estado que dice representar a todos los judíos del mundo. Esas voces valientes no se sienten representadas y también deben ser suprimidas, al fin y al cabo son una expresión de la larga y molesta tradición de los judíos críticos con parte de su propia comunidad, máxime cuando esta consigue constituirse en Estado propio y dar rienda suelta a sus delirios bíblicos. Los Flavio Josefo, Spinoza, Bernard Lazare o los contemporáneos y heroicos Israel Adam Shamir y Norman Finkelstein deben ser silenciados y borrada su memoria.

La Alianza en Recuerdo del Holocausto se ha encontrado con un regalo que no esperaba y que no es tal. La nueva caja de Pandora que el zelote cristiano Michael Lawler ha presentado en el Congreso de los EEUU sólo conseguirá lo contrario de lo deseado. El estudioso norteamericano del antisemitismo Albert S. Lindemann ya advirtió en su libro “Las lágrimas de Esaú” (9):

“Las narrativas oficiales sacrosantas pueden llevar y a menudo han conducido a nuevas tragedias para los grupos que tozudamente han insistido en que su visión de la verdad no podía ser alterada”

La empresa sionista en tierras de Palestina y su incuestionado derecho a la defensa propia es una de esas narrativas oficiales que la sangrante realidad invalida con más fuerza con cada día que pasa. Nuevas leyes, en EEUU hoy o en Europa mañana, no podrán impedir la ruina de esos relatos.

(1) Entrevista a Shulamit Aloni por Amy Goodman, en Democracy Now

(2) Antisemitism Awareness Act

(3) Albert s. Lindemann, “Esau´s Tears”, Cambridge University Press, 1997, pág. 127

(4) Bernard Lazare, “Antisemitism, its history and causes”, University of Nebraska Press, 1995, pág. 8

(5) holocaustremembrance.com

(6) forward.com/fast-forward/532433/gop-freshman-mike-lawler-congress-israel/

(7) newyorker.com/news/persons-of-interest/the-problem-with-defining-antisemitism

(8) The Times of Israel, 17/10/24

(9) Albert S. Lindemann, ibid, prefacio XI,

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