CARLOS FEUERRIEGEL
Egipto fue llamado el regalo del Nilo. Eran las regulares avenidas anuales de este río, las que depositaban la flor de la tierra arrancada de las partes altas de su curso para fertilizar con nueva sabia mineral las riberas bajas. El agua borraba linderos de campos, difuminando propiedades que las artes de los agrimensores deberían restablecer en sus medidas originales. La desolación temporal era la cuna de la futura riqueza. Las fuerzas de la naturaleza, de las aguas desbordadas, mostrando al hombre su eterna doble faz, sus luces y sus sombras.
Las fértiles tierras valencianas situadas entre los ríos Turia y Júcar, también han conocido durante milenios la acometida de la aguas, con resultados similares, en el pasado, a los de las tierras egipcias pero radicalmente distintos en el presente. La generosidad de la tierra, el inteligente aprovechamiento de las aguas, descansando de su furia temporal, y la incansable laboriosidad de sus agricultores forjaron la riqueza que, poco a poco, se fue trasladando en la actividad industrial y comercial que hoy caracteriza a nuestra sociedad de servicios. Inevitablemente, estas nuevas ocupaciones fueron modificando el uso del territorio, decantando radicalmente el lado benéfico de las avenidas, en favor de su cara únicamente destructiva. La cara que hoy se nos ofrece a la vista.
El desastre ocasionado por la fuerza de las aguas a finales de octubre pasado puede y debe ser contemplado desde tres perspectivas diferentes. El fenómeno meteorológico inicial que da lugar a las lluvias torrenciales, las consecuencias de estas lluvias y la actuación gubernamental ante las mismas.
Estas líneas no quieren entrar en este último punto. El del combate de las responsabilidades con el que se entretienen los cargos políticos. Nada espero de ellos y jamás defraudan ni aun mostrándonos sus peores artes. El ejercicio de la política hoy es una manifestación sangrante de una selección a la inversa. Sólo los más negligentes, incompetentes y extorsionables llegan tan bajo como para escalar a las alturas del poder. Esperar algo meritorio, noble, sacrificado y digno de ellos es querer agarrar la luna con las manos.
Es en las dos primeras visiones de lo sucedido en las que deseo centrarme. A ello me ha movido el trabajo, junto a los compañeros del Grupo de Pronto Auxilio de Ayora, el pasado tres de noviembre, en las calles enlodadas de Paiporta, el tratamiento dado por los medios de desinformación a la tragedia vivida en esas comarcas, y la lectura posterior de relatos contenidos en libros escritos a finales del siglo XVIII y mediados del XIX.
Los rojos limos de Paiporta me trajeron a la cabeza el papel fertilizador de las aguas arriba citado junto al radical cambio del territorio durante este pasado siglo. La desinformación de los medios de comunicación me revolvió contra el estribillo sempiterno del cambio climático y la unicidad casi ahistórica, infernal, de toda catástrofe atribuible a los fenómenos meteorológicos. La consecuencia de todo esto era clara: había que buscar en el pasado para intentar comprender el presente.
Atribuir monocausalmente la tragedia al llamado cambio climático es, de entrada, una vergonzosa forma de eludir responsabilidades. Algo así como la “fuerza mayor” ante la que somos impotentes y de la que nadie es cercanamente responsable porque lo somos todos. Responsabilidad diluida, responsabilidad enterrada. Además es una atribución engañosa. En lo que se refiere al fenómeno de las lluvias torrenciales en los otoños mediterráneos, el clima, entendido como el valor medio estadístico de los diferentes meteoros en un lugar dado y para un periodo de tiempo definido, no parece haber sufrido grandes cambios en los últimos siglos. Al contrario, se aferra a una perturbadora constancia.
Joan Fuster, en su libro sobre la geografía y gentes del País Valenciano, cuenta la anécdota sucedida durante la visita a Valencia del pintor catalán Santiago Rusiñol. Sus anfitriones, llenos de orgullo patrio le mostraron el ancho cauce delimitado por altos muros de piedra, por cuyo centro se intuía la presencia de un hilillo de agua. “He aquí nuestro río Turia” debieron decirle los paisanos, a lo que don Santiago contestó:
“Veo que cuentan con el local, ahora les falta el río”
Pero el río, sí estaba, si bien de forma intermitente y anunciando sus llegadas de muy malas maneras.
Nací un año después de la gran riada de 1957 que afectó a la ciudad de Valencia. Aquel desastre, con una cifra de muertos inferior al centenar, fue el punto de partida del llamado “Plan Sur”, el desvío del cauce del Turia, haciendo que discurriera por el sur de la ciudad, por su nuevo cauce. Ignoraba, sin embargo, que esto fue el desvío del desvío. Que ya, temerosos del terrible carácter del generalmente exangüe Turia, los árabes habían procedido a desviar su cauce inicial, que discurría frente a las antiguas murallas, por lo que hoy serían las Torres de Quart y la calle Guillem de Castro. Antes de aquella impresionante obra, la ciudad de Valencia quedaba a la izquierda del río, hoy, su núcleo histórico queda a la derecha del antiguo cauce, convertido en jardín. Con el “Plan Sur” ejecutado, la ciudad vuelve a quedar a la izquierda del río. Algo más de mil años para recuperar ese lugar. Y en el origen de todo ello, las avenidas de un río que, sangrado en incontables acequias antes de entrar en la ciudad, apenas si tenía aliento para llegar al mar.
El botánico valenciano Antonio Joseph Cavanilles escribió a finales del siglo XVIII su “Geografía del Reyno de Valencia”. En ella, pero hace mas de doscientos años, podemos reencontrarnos con el fenómeno “único” que ahora arruina a miles de valencianos. Evitemos malentendidos, repitamos que el fenómeno no es único, pero sus consecuencias sí son terriblemente mayores que las precedentes.
Cavanilles describe el Barranco de Chiva, hoy “del Poyo”, afirmando (1):
“parte de la Villa (de Chiva) se halla junto al cauce de la rambla, terrible en sus avenidas, como se vio en la furiosa de 1775 que asoló edificios y mató mucha gente”
En aquella ocasión, la riada llegó de noche, sorprendiendo a los habitantes de Chiva en sus casas, ignorantes del peligro.
Durante más de setenta años, Chiva no conoció avenidas de la magnitud de la de 1775 porque a mediados del siglo XIX, Pascual Madoz escribía, refiriéndose a este mismo Barranco de Chiva o del Poyo (2):
“(el barranco) baña las paredes de Chiva (…) cruza por junto a la Venta del Poyo (…), su profundo y ancho cauce siempre está seco fuera de las avenidas; pero es terrible en tiempo de copiosas lluvias, porque son tantas las aguas que recibe que corriendo con rapidez arrastra cuanto encuentra a su paso. En 1775 causó muchas desgracias en Chiva, sorprendiendo a medianoche a sus vecinos, asolando un número considerable de edificios y esparciendo por más de dos leguas, los tristes despojos y los cadáveres de los pobres que no pudieron evitar la muerte”.
Que el fenómeno de las lluvias otoñales torrenciales, copiosas lluvias en palabras de Madoz, no era infrecuente, lo atestigua que apenas un año después de la tragedia de Chiva, en 1776, la ciudad de Valencia conoció otra riada que consiguió demoler parcialmente el puente del Mar, sólida construcción de piedra que resistió la riada de 1957. Cavanilles supo dar con la razón de la ruina del puente (3):
“siempre son aquí terribles las riadas (…) pero si se verifican quando el cauce se halla embarazado con la madera que desde Santa Cruz y Moya baxa para el abasto de la capital, entonces son incalculables los daños”
Los troncos que unidos formaban armadías, se atascaban en los arcos del puente, hacían que las aguas se embalsaran, rebosando los pretiles de las paredes de piedra que delimitaban el cauce y acababan, también, por demoler el puente. Los troncos de ayer, son los miles de coches de hoy. Los incalculables daños lamentados por Cavanilles se siguen dando, con la diferencia de que los troncos acababan en el mar, los coches en la chatarra y ni su valor económico es equiparable, ni sobre los troncos cabalgaban seres humanos, como sí lo hacen al volante de los coches. En 1957 apenas había coches en la ciudad de Valencia, ya no bajaban armadías en los otoños y el puente del Mar resistió.
Son numerosas las voces que, sin embargo, siguen hablando de la “suciedad” de nuestros montes, que con las lluvias acabarían cegando los cauces y contribuyendo a los daños incalculables. Esto debe ser matizado. La vegetación arbórea y arbustiva de los montes no es suciedad, al contrario, es fijadora de la tierra y atenúa los efectos de las aguas torrenciales. Las aguas que en 1982, desde nuestro Valle bajaron hacia la presa de Tous, reventándola, no pudieron ser retenidas por una sierra que en 1979 había sido arrasada por el fuego. El arrastre ganó la partida a la infiltración. Conservar la vegetación de los bosques es esencial para retener las aguas.
Incidiendo en lo anterior, también es chocante que aquellos que denuncian la suciedad de los montes, coincidan a la hora de reducir presupuesto para trabajos de cuidado de esas misas masas forestales, primer eslabón para reducir la furia de las copiosas lluvias y fuente de trabajo para las poblaciones del interior.
Cavanilles no sólo se ocupa del barranco del Poyo en su nacimiento, sino también en su desembocadura, en las inmediaciones de Catarroja y antes de desaguar en la Albufera (4):
“su profundo y ancho cauce siempre está seco, salvo, en las avenidas quando recibe tantas aguas y corre tan furiosamente que destruye cuanto encuentra”
El fenómeno no ha cambiado en los siglos pasados pero sí lo que las aguas se encuentran. Esta es la diferencia real, pese a no ser la explicación políticamente deseada. Ya saben, la del cambio climático. Aquello que las aguas se encuentran sí es fruto de la planificación, o ausencia de ella, por parte de los diferentes gobiernos con competencias en la materia, además de un exceso de confianza, no justificada, por parte de la población en general.
Al igual que con el barranco del Poyo y la destrucción en la comarca de la Huerta Sur de Valencia, las avenidas se han repetido una y otra vez en la Ribera del Júcar y con uno de sus afluentes: el río Magro. Este río, que fue el causante de los destrozos en Utiel, también es conocido con el nombre de río Juanes y rambla de Algemesí. Pascual Madoz nos dice con relación al mismo (5):
“su curso es perenne hasta llegar a Carlet, en cuyo valle, como ya se ha dicho, queda enteramente seco, aunque es muy temible en sus furiosas avenidas, que se suceden con frecuencia en el invierno, causando graves daños al caserío y término de Algemesí”.
Hoy como ayer. Pese a disponer de la presa de Forata en el término de Yátova, presa cuyas compuertas fueron abiertas, al parecer, sin previo aviso aguas abajo y según testimonio de algún alcalde, pero que en cualquier caso, de haberse dado el aviso, probablemente tampoco hubiera mitigado sensiblemente los daños de la avalancha.
El fenómeno meteorológico de las copiosas lluvias otoñales, gota fría de ayer, DANA de hoy y vaya usted a saber qué pasado mañana, es viejo. Nueva es la respuesta oficial ante el mismo, deplorable, los mayores daños, humanos y materiales, en parte evitables y nuestra misma actitud ante estas ruinas, rozando en la incredulidad.
El pensamiento de nuestra sociedad está dominado por la presunción de que prácticamente todo es técnicamente posible, que las incertidumbres se baten en retirada ante las seguridades, que amamos las segundas y rechazamos las primeras. Llenos de esta querencia olvidamos que los mismos muros que levantamos a nuestro alrededor para cultivar el sentimiento de seguridad, nos impiden la mirada al horizonte, al espacial y al temporal, siempre lleno de riesgos y de enseñanzas.
En el olvido de que el futuro no es necesariamente una prolongación del presente, de que la realidad no se amolda a nuestros deseos y fantasías, nos desarmamos mentalmente para afrontar los golpes que, por repetidos, siempre debieran tenerse presentes. La riada de este otoño es uno de estos golpes. La naturaleza desatada vuelve a mostrarnos su sombra y nuestras debilidades. La respuesta de las gentes que generosamente retiran los lodos forma parte de la luz que también sabe brillar en estos momentos. No es poco.
Y un reconocimiento:
A todos las gentes de Ayora que a través del Grupo de Pronto Auxilio, Cruz Roja, apicultores con sus camiones, trabajadores de Encofrados Murcia y Martínez y el firme y buen hacer de Ángel de la Cooperativa Montemayor han sabido ofrecer lo mejor de nuestro pueblo a las poblaciones afectadas.
(1) Antonio Joseph Cavanilles, “Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia”, Vol II, CSIC, segunda edición, Zaragoza 1958, pg 54
(2) Pascual Madoz, “Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de ultramar”, Madrid, 1845., tomo 7, pág. 341
(3) Ibid. Cavanilles, Vol I, pág. 205
(4) Ibid. Cavanilles, Vol I, pág. 222
(5) Ibid. Madoz, tomo 9, pág. 648