CARLOS FEUERRIEGEL
La edad va llenando el baúl de nuestros recuerdos y el presente invita, a veces, a que afloren sucedidos que durante décadas permanecieron soterrados, sin importancia aparente para nuestro diario vivir. Entre ellos figuran las fiestas de los toros en Ayora de los años sesenta y setenta del pasado siglo. Los años de mi niñez y juventud temprana.
Dos imágenes de aquellas fiestas y aquellos años quiero rescatar ahora del fondo del baúl. En una aparece un palo con una tacha en su extremo. El artesano creador de tal ingenio, desnudo de excesiva complicación técnica, era un hombre al que apreciaba mucho y sigo recordando con cariño, vecino mío, arraigado en este pueblo en el que nació, vivió y murió, sin salir de él, salvo el tiempo que, supongo, tendría que dedicar al servicio militar. El palo con su clavo apical, era un clavo con pretensiones de modernidad, sostenible al cien por cien, utilizable año tras año y no ajeno a la economía circular, pero con rebaja. La del brazo que al blandirlo dibujaba en el aire un rotundo movimiento semicircular con una diana muy concreta. El movimiento y el clavo acababan en el lomo de alguno de los toros que eran soltados durante “la entrada” matinal en los días de fiesta. A modo de caricia.
En la otra imagen aparecen las vaquillas, que parecían siempre andar un poco sueltas de tripas. Pero no eran sus ofrendas rectales lo que llamaba mi atención. Eran las garrochas. Eran estas una especie de dardos caseros, con un nivel de sofisticación tecnológica algo superior al palo con la tacha, pero con un mismo objetivo unificador: el lomo, cara, patas o cualquier zona de la vaquilla donde pudiera clavarse el regalo de los aficionados a este deporte que tan alta destreza exigía. Y no debían escasear los practicantes por los resultados que se alcanzaban. El palo y la garrocha eran efectos colaterales de la fiesta y no causaban gran rechazo. Digo colaterales, porque la miga de la fiesta eran los revolcones, especialmente celebrados si eran de forasteros. Amén del comercio y bebercio de los tablados.
Hoy, me cuentan que nada de esto se ve ni en entradas ni en la plaza durante las fiestas de Ayora. Me refiero a palos y garrochas. Es considerado maltrato animal, y ciertamente lo es, y el respetable lo rechaza. Lo celebro. Es un cambio a mejor. Para los toros, las vaquillas y el público celebrante.
Pero se anuncian cambios en el horizonte. Crece la posibilidad de que tengamos toros de los de verdad, de los que alimentan la mal llamada “Fiesta Nacional”. De los que sangran sufren y mueren en la plaza. No lo puedo celebrar y soy consciente de las pasiones que esto levanta. No mi parecer, sino la “Fiesta” en sí. Hemos rechazado el estacazo, un paso adelante, y ahora nos encontramos con dos pasos atrás de la mano del picador, banderillazos y estoque final. La suma nos da un paso atrás al coste inicial de 12705 euros destinados a levantar la provisional plaza. Por supuesto, salidos de las arcas municipales.
El querido vecino de mis recuerdos no se vestía especialmente para cumplir con el ritual del estacazo. Nada en él reflejaba los rayos del sol. No se vestía de luces, ni iluminaba las noches taurinas de la Lonja. Las garrochas, por otra parte, tenían una punta que apenas si penetraría unos milímetros en la coriácea piel de las vaquillas, con la excepción de los párpados, objetivo que sin duda puntuaría con medalla de oro en la competición libre de lanzadores. Pese a esto, nunca recuerdo haber visto manar sangre en tal lid.
El paso adelante que se dio en estas últimas décadas cae en el olvido. Como otros recuerdos del baúl. Ahora las garrochas, que ya se antojan casi angelicales, pasarán a ser banderillas con su arponcillo penetrante alumbrador de hemorragias acusadoras. El palo se convierte en estoque de matar que ponga fin a la faena. Lo que en su versión infantil era maltrato, en su versión profesional, luminosa y aclamada, pasa a ser arte. Es cierto que el torero arriesga su vida en un duelo que no es de igual a igual, pero ¿debe celebrarse la temeridad?, ¿cabe dudar de la superioridad de la técnica y el buen oficio sobre lo que es pura fuerza animal? No, no cabe dudar de esta superioridad y los resultados de miles de corridas lo atestiguan.
El sistema nervioso de un toro, como mamífero que es, no es distinto del nuestro. En la plaza es un ser sufriente y hacer del sufrimiento gratuito de otro ser un espectáculo no debiera ser algo que nos llenara de satisfacción o de orgullo. La tristeza debiera ser el sentimiento dominante. Porque sólo puede desensibilizar frente al dolor, el llegar a gozar con el sufrimiento ajeno. Porque sentir empatía por el dolor ajeno es atributo humano desde el amanecer de nuestra especie y es razón por la cual el rechazo a las corridas de toros no es una moda de los mal llamados “animalistas”. Tampoco es exclusiva del tiempo presente, ni de ninguna posición política concreta, ya sea la visión tuerta de las denominadas derechas o izquierdas.
Siento tener que sonreír, sonreír con dolor, cuando oigo asociar la tauromaquia con un patriotismo de saldo. ¿Acaso la reina Isabel de Castilla, forjadora de la unión dinástica embrión de la unidad de España, o las Españas como entonces se decía, no ha sido presentada como una la más grandes forjadoras de la idea de la patria unificada? Pues bien, ella rechazaba las corridas y no hizo oídos sordos a las palabras de su confesor, el Arzobispo de Granada:
“(que en las corridas) sin provecho ninguno de alma, ni de cuerpo, de honra, ni de hacienda, se ponen allí los hombres en peligro” (1)
Es verdad, que no prima aquí el dolor por el animal que sufre, sino los efectos de las corridas sobre los asistentes y los propios toreros. Toreros que en aquellos tiempos eran principalmente nobles y alanceadores a caballo. De ahí, porque eran nobles, que Alfonso X prohibiera las corridas en las que había un beneficio económico para los toreros. Sólo el valor podía contar.
Asociar el rechazo a las corridas de toros con una inquina hacia las tradiciones hispánicas carece de todo fundamento. Ni Unamuno, ni Baroja, ni Benavente, por citar tres pensadores del siglo pasado o el mismo Francisco de Quevedo, si queremos remontarnos más en el tiempo, rechazaban el legado histórico de su tierra, con sus lacras y virtudes, pero sí aspiraban a la mejora del pueblo español. Les dolía España y no asistían impasibles a su dolor. Trabajaban por la elevación de sus paisanos por medio de la cultura y el cultivo del espíritu. Es en este sentido que consideraban a las corridas de toros como una realidad que lastraba en lugar de ayudar en el necesario camino a emprender.
El hombre ha matado y mata animales para comer. Es posible renunciar a ello, pero no es una decisión que pueda ser, en modo alguno, impuesta. De todos modos, no conozco el caso de que se levanten gradas en los mataderos para presenciar los sacrificios de los animales, que antaño no tendría poco de arte, por más que con escaso riesgo para el matarife. Quiero creer que este espectáculo tampoco gozaría de amplio seguimiento.
Las corridas de toros tienen mucho de sacrificio ritual del toro. Largo y prolongado. Sólo un ruedo en el que el toro no fuera ni picado, ni asaeteado, ni finalmente muerto con el estoque, podría tener sentido para mí, permitiendo al torero desenvolverse ante un animal no privado de su ímpetu y vitalidad. Un ruedo sin sangre, una sangre no vertida gracias al triunfo de la empatía y el dolor por el dolor ajeno. Un ruedo de juego y vida, frene a un ruedo de dolor, estertores y muerte.
(1) “Elogio de la Reyna Católica Doña Isabel”, Diego Clemencín, pág. 364