CARLOS FEUERRIEGEL
Unamuno, Ortega, Marañón o incluso el más reciente Camilo José Cela ¡Cuántas veces navegando por sus escritos no sufro el naufragio, teñido de vergüenza, de tener que echar mano del diccionario para descifrar palabras cuyo significado ya no soy capaz de conocer! Es un naufragio en aguas someras, nada comparado con la tragedia de la lectura de nuestros clásicos, ya se trate de Quevedo, Lope, Gracián, Calderón, o el más asequible Cervantes. No ha cambiado el hombre en las décadas o siglos transcurridos desde que ellos reflexionaron sobre la condición humana. En sus obras, que son clásicas porque son inmunes a la erosión causada por el tiempo, hay respuestas a las angustiosas preguntas de nuestro presente. Pero su comprensión exige esfuerzo, paciencia y atención.
Pensamos con palabras y nos expresamos con ellas. Es una curiosa paternidad en la que no sólo los pensamientos alimentan nuestras manifestaciones verbales, sino que éstas también moldean aquellos. Un vocabulario pobre nunca podrá fertilizar nuestro cerebro para que ofrezca pensamientos ricos. Y la lengua que hablamos se asemeja cada vez más a un páramo en el que nada crece. La comunicación a través de las pantallas está matando este tesoro y a nuestra capacidad para la reflexión y el pensamiento abstracto. Esto no sólo nos empobrece intelectualmente, sino que nos hace tremendamente vulnerables emocionalmente al aplastarnos con la conciencia de nuestra soledad. Vivimos alejados de los sabios que fueron porque no les entendemos y vegetamos aislados de nuestros semejantes porque nos falta la relación directa, cara a cara y sin el acoso del vértigo del tiempo que nos devora. Solos quedamos y solos estamos.
Fernando Lázaro Carreter, el gran amante de nuestra lengua, miembro de la Real Academia Española, manifestó hacia los años setenta del pasado siglo su preocupación por el deterioro galopante de la lengua castellana. Múltiples ediciones de su libro “El dardo en la palabra” (1), acreditan que sus denuncias, llenas de humor y sabiduría llana, popular y nada pedante, contaron con no pocos lectores. Él intuía las consecuencias del viaje empobrecedor en el que nos habíamos adentrado. Especialmente los medios de comunicación, entonces todavía mayoritariamente públicos. Lamentó el aislamiento al que este proceso nos abocaba, la ruptura de esa cadena del saber transmitido aupándonos a hombros de unos gigantes a los que ya no seríamos capaces de leer. Sus peores augurios se quedaron cortos. A los medios públicos se sumaron los privados en la cruzada contra la lengua que era y es la batalla contra el pensamiento libre y autónomo. La pugna por hacer de nosotros átomos aislados, carentes de carácter y pésimamente dotados para el cultivo de la razón y hasta del sentido común.
En 1986 Lázaro Carreter ironizó sobre el empleo de la palabra “Climatología” como chivo expiatorio de cualquier contratiempo meteorológico, cuando con ella nos referimos únicamente a la ciencia que estudia los climas. En modo alguno la Climatología es responsable de que llueve o nieve o de que el Montemayor tenga capota o no. No se le escuchó y hoy la climatología es salsa en todos los platos. Con esos antecedentes, sin duda que habría sido memorable el artículo que pudiera haber dedicado a un nuevo vocablo, meta sublime y empresa digna e ideal sin igual, que es el de “descarbonizar” nuestras vidas. Menudea por noticieros y letra impresa, siendo una idiotez elevada a la décima potencia con la cual quieren armamos para salvar el clima y el planeta. Y de paso, aterrorizarnos.
El químico francés Lavoisier, que acabó aguillotinado por la revolución de las luces, es tenido por el padre de la química orgánica, aquella que sustenta directamente la vida y que tiene en el carbono a su elemento principal. Apenas medio siglo más tarde, correspondería a un químico alemán, Kekulé, soñar con el anillo de benceno, formado por seis átomos de carbono, un sueño que se le apareció en forma de serpiente que se mordía la cola. O al menos eso es lo que el bueno de Kekulé manifestó. Lavoisier, Kekulé y tantos otros reforzaron la posición de preeminencia del carbono como sostén de la vida sobre la tierra. Hoy es el enemigo a batir al formar parte del CO2, anhídrido carbónico, que nos estaría matando aun cuando antes le había tocado darnos la vida.
El término “descarbonizar”, lo cual en la germanía ósea correspondería a un universo de osteoporóticos, no se emplea en modo alguno de una forma inocente y revela el pensamiento subconsciente de los que lo idearon. Las palabras que se emplean por los medios de comunicación, cuando son lanzadas de forma unánime y tienen una fecha concreta por natalicio, no obedecen al azar. No cualquier palabra, por más que pudiera ser más correcta y apropiada para aquello que queremos decir, consigue imponerse. La palabra, en este caso, también acaba por determinar nuestra forma de pensar y de forma inconsciente.
Descarbonizar supone negar la vida, la vida que nos es conocida, el pasado de la naturaleza y nuestro presente. El objetivo es más que claro. Sólo nos queda el futuro. Aquello que no ha sido y todavía no es. Se trata de crearlo. Conforme a otro sueño, no el de Kekulé, sino a la pesadilla que pretende mejorar a la naturaleza con los milagros de una ciencia falsa y una tecnología que nos promete la inmortalidad y la superación de todas las imperfecciones de nuestra condición humana. En lugar de elevarnos nosotros mismos con el esfuerzo, paciencia y atención citados al inicio, se trataría de recibir pasiva y sumisamente las bendiciones de los progresos tecnológicos sabiamente administrados por quienes se cuidarían de nosotros.
Recuerdo un experimento que hacíamos en la escuela en la clase de química. Se trataba de introducir un hueso en una solución de un ácido de alto poder corrosivo. Con el tiempo, el ácido acababa por disolver el carbonato cálcico del hueso y este se transformaba en un objeto flexible y carente de una estructura estable. La deliberada utilización de un lenguaje perverso y empobrecedor no pretende otra cosa. Nosotros somos los huesos sostenedores de la vida que debemos dejar paso a seres moldeables conforme a las pesadillas del poder real que utiliza sus altavoces y pantallas para rociarnos sin descanso con la neolengua que anula nuestra capacidad de pensar. El hueso del ensayo escolar no podía defenderse, tú sí.
(1) Fernando Lázaro Carreter, “El dardo en la palabra”, Galaxia Gutenberg, segunda edición, Barcelona, 1998