Adiós turismo

CARLOS FEUERRIEGEL

Seguro que las has visto. Cuando la temperatura ambiental empieza a descender, las culebras buscan la superficie caliente de los caminos asfaltados para calentarse. Podrían subirse a un arbusto, pero no lo hacen, el suelo está más caliente y todavía más un suelo oscuro, como el asfaltado. Ellas lo saben, todo un ministro alemán lo ignora.  Fuerte es la inercia de la mentira y el Ministro de Sanidad alemán, Karl Lauterbach es rehén de todas las que ha ido sembrando en estos tres últimos años de desvaríos coronavíricos: en la nueva competición olímpica de embusteros, Lauterbach alcanzó la medalla de oro. Ahora, ya en vías de agotarse el arsenal de las falsedades sobre el virus, con las vacunas que no lo son, los confinamientos que debían protegernos y los bozales que nunca lo hicieron, toca agarrarse a las temperaturas que achicharran.

El pasado trece de julio, la Agencia Espacial Europea (ESA) dio a conocer un comunicado en el que avisaba de elevadas temperaturas, entre 45 y 50ºC, para los siguientes días en gran parte de los países europeos del Mediterráneo: Italia, España y Grecia. El Sr. Ministro alemán se encontraba de vacaciones en Italia y le faltó tiempo para lanzar su particular bengala de socorro desde su infernal sauna vacacional. Al borde del colapso, reproducía los datos del comunicado de la ESA con su propia guinda febril añadida:

“El cambio climático destruye el sur de Europa. Una era llega a su fin. Estos destinos turísticos no tienen ya ningún futuro”

Entre esos destinos incluyan el nuestro, la España de sol y playa, también la del interior. No les extrañe que por estas tierras no se hayan difundido mucho las luminosas previsiones del ministro germano, al fin y al cabo, el turismo es nuestra principal fuente de ingresos. En cualquier caso, Lauterbach se equivocó o mintió, que es lo suyo. Las temperaturas del comunicado de la ESA eran valores tomados por satélites y se referían a temperaturas registradas en el suelo. Justo a la altura de nuestras culebras sabedoras de cómo varía el bochorno conforme nos elevamos de la tierra candente. El comunicado de la ESA incluía esta precisión, “las temperaturas a nivel del suelo son significativamente más altas que las aéreas”. También dependen de la naturaleza del suelo. Pero el ministro no se quiso enterar. Lo suyo es sembrar el pánico y lo nuestro tragarnos lo que nos echen.

Hasta la fecha, las temperaturas que se nos daban en los partes meteorológicos se medían a cerca de dos metros sobre el suelo y en lugares a la sombra. Quizás a partir de ahora se nos den las temperaturas del asfalto y sin paraguas ni abanicos que valgan. El terror sigue vendiendo y este filón promete no defraudarnos.

El problema surge cuando todo lo que se considera utilizable se quiere cargar sobre las espaldas del cambio climático y del carbono genocida, hasta ayer santo y seña, químico, de la vida.  Igual que han visto culebras en las carreteras caldeadas habrán visto la gráfica delatora, la del “palo de Hockey”, o curva de Keeling, que muestra la concentración del anhídrido de carbono, Co2, durante los últimos siglos en la atmósfera. A partir de 1960 los valores se disparan y suben de las 310 ppm (partes por millón) a unas 420 ppm en el presente. También se conocen los niveles estimados de Co2 desde hace cientos de miles de años, calculados, por ejemplo, a partir del aire recluido en burbujas aprisionadas en capas profundas de hielo. Estos valores nos indican la existencia de oscilaciones cíclicas en los niveles de Co2 que variaron entre las 270 ppm y las 180 ppm con una periodicidad de unos cien mil años.  Durante los últimos mil años y hasta 1850 con el inicio de la industrialización, el nivel de Co2 se habría encontrado en torno a las 270 ppm con apenas oscilaciones.

¿Dónde se encuentra el problema? En que el nivel de Co2 en la atmósfera como causa principal del aumento de las temperaturas actualmente registradas no es capaz de explicar sucesos como la llamada pequeña era glacial medieval entre los siglos XVI y XVIII, que vieron un Guadalquivir congelado a su paso por Sevilla  en el invierno de 1602/1603 o el hecho de que hace cuatrocientos mil años, Groenlandia estuviera cubierta por vegetación, tal y como se podía deducir de las muestras profundas del suelo, que los norteamericanos obtuvieron antes de construir sus bases albergadoras de armas nucleares en esa isla y durante la guerra fría. Esas muestras sólo fueron analizadas en 2017, más de cuarenta años con posterioridad a su extracción. Tanto durante la pequeña era glacial medieval como hace cuatrocientos mil años en Groenlandia, el nivel de CO2, como principal explicación no encaja con la hipótesis de que sea el causante del ascenso medio de las temperaturas. En el caso de los siglos XVI, XVII y XVIII se mantuvo constante, antes y después del periodo de frío extremo y en el caso de Groenlandia, hoy con niveles de CO2 muy superiores a los existentes hace cuatrocientos mil años, más del 82% de su superficie está bajo el hielo y con un grosor medio de hasta un kilómetro.

De introducir otras variables en nuestras hipótesis, sí que se puede explicar lo sucedido en ambos ejemplos citados. Esas variables serían la actividad solar que también varía cíclicamente y la distancia entre el sol y la tierra, sujeta igualmente a cambios. Apenas oímos hablar de estas posibilidades, defendidas por investigadores que no merecen la atención ni de los medios, ni del poder económico, véanse las directrices para la correcta inversión defendidas por BlackRock, el mayor gestor de fondos de capital del mundo. Como en el coronavirus, en todo lo que gira alrededor del mal llamado cambio climático, se quiere imponer un único discurso. Y digo mal llamado porque el clima por definición es cambiante y refleja únicamente un estado medio de los fenómenos meteorológicos durante un periodo de tiempo dado y para un lugar determinado de la tierra. En función del periodo de tiempo que consideremos, el clima de un lugar variará, habrá variado y desde los primeros pasos de nuestro planeta en el sistema solar.

Si las plantas y los seres vivos que cubren no sólo la superficie terrestre, sino también los océanos tuvieran derecho a voto a la hora de redactar las conclusiones resumidas y consensuadas que se recogen en cada nueva edición del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), no nos quepa duda que el CO2 no sería el villano principal de esta película: la desaparición de la tierra fértil con una urbanización imparable que calienta el aire que respiramos, la destrucción de los bosques en gran parte del planeta, tanto para infraestructuras como para la agricultura industrial y la contaminación de los mares ocuparían un lugar preferente. Pero estos saqueos pasan a un segundo plano en el discurso del poder.

El ministro alemán Lauterbach quisiera acabar con el turismo, demasiada huella de carbono en la neolengua del gran reinicio. Las temperaturas mal leídas y peor comunicadas le vienen como anillo al dedo. Otra cosa es la resurrección de las centrales térmicas de carbón en su país, con la bendición de los Verdes de la coalición gubernamental y el trágala del gas natural norteamericano que ahora llega a Alemania y Europa, con huella de carbono de zapatones de Gulliver, y ante la que guarda un piadoso silencio. Aquí ya no hay cambio climático que valga. Aquí ya no interesa medir el CO2 emitido. Aquí pesan otras prioridades y es por eso mismo por lo que demasiadas piezas no acaban de encajar en todo este sospechoso afán de los salvadores del clima.       

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