Carlos Feuerriegel
“Civilización o Barbarie” (1) es el título de un libro que un buen amigo me dejó para su lectura hace unas semanas. Cortesía de los diseñadores de la editorial o de las ambiciones del propio autor, Alán Barroso, quizás una combinación de ambas, el texto nos ofrecería, humildemente lo anuncia en su portada, una especie de hilo de Ariadna en la batalla por el futuro de la humanidad. No por gentileza de algún nuevo Mesías, no, ahora la redención viene de la mano de la digitalización y la Inteligencia Artificial. Ni más, ni menos. Tan alta meta, ya por higiene mental abrigadora de reductos de escepticismo, ya por inalcanzable, no ayudó en nada a fomentar mi interés por los pensamientos de tan modesto escritor, pero, disciplina mental obliga, me interné en sus páginas, temeroso de no querer perderme el gran bálsamo de fierabrás intelectual que pudiera esconderse en ellas.
El autor lo afirma apenas al inicio, el título de su libro le habría sido sugerido por aquel “Socialismo o Barbarie” de la dirigente comunista judía, nacida en Polonia, Rosa Luxemburgo, que intentó fallidamente, al frente de la Liga Espartaquista, allá por enero de 1919, implantar la dictadura del proletariado en la Alemania derrotada de la Gran Guerra Mundial (1914-1918). Dictadura apoyada e impulsada desde la Rusia soviética, recién salida de su revolución, y que entrañaba la caída de la apenas nacida República de Weimar al frente de la cual se encontraba la socialdemocracia alemana. Esa socialdemocracia era, en aquel entonces, el enemigo a batir de los comunistas como Rosa Luxemburgo, a la vez que también constituían el futuro aliado a abrazar, siempre en función de las veleidades moscovitas.
A lo largo de las páginas del libro, nuestro autor parece moverse llevado por alguna que otra filia, como la de un marxismo no muy bien digerido, y la de una veneración por los avances de la inteligencia humana que se manifestarían en el gran logro de la digitalización y la infinidad de datos, de información, que esta pondría a nuestra disposición. Que estamos ante un marxismo con sordina, tirando a líquido y bajo en calorías, ya parece indicarlo que en lugar de “socialismo”, se hable de “civilización” en el título del libro, olvidando a la Luxemburgo y en consideración al posible efecto depresor de las ventas, caso de no realizar el trueque de términos. No todos estarán dispuestos a abrazar la causa socialista reducida a su opción marxista, sea cual sea lo que cada uno entienda por tal, mientras que pocos querrán incluirse en la subespecie de los no civilizados. Aquí se juega sobre seguro.
El libro expone una crítica acertada a diferentes síntomas patológicos derivados del capitalismo de última generación que nos pastorea: el individualismo que enferma, la desigualdad que crece, las pantallas que menguan nuestros cerebros, el culto al crecimiento material irrenunciable, medido en forma de PIB, o el poder inmenso que atesoran las empresas norteamericanas de la tecnología digital, pero ni entra en las causas de estas manifestaciones, ni acierta con el tratamiento a aplicar.
Cualquier mención a la pérdida de soberanía monetaria de los Estados nación, carece de acomodo en el libro, nada hay de su cesión del control de la creación del dinero a entidades privadas. Esta cesión trae consigo la ruptura de todo vínculo entre la economía real, que produce bienes y servicios, y la especulación financiera que hace del dinero, creado de espaldas al interés general, y en contra del mismo, el partero de más dinero con su inseparable acompañante del interés. El pago de ese interés es el que obliga, necesariamente, a mantener el dogma del crecimiento sostenido e irrenunciable, en un intento imposible por devolver el capital y los intereses de todo dinero que nace ya como deuda. Porque conviene recordarlo, devolver el capital del préstamo cabe dentro de lo posible, pero los intereses deben salir del rendimiento de tu inversión, es decir, del crecimiento de la economía. Economía que se convierte en tumor, devorando hogares, pueblos y la misma tierra, fuente de vida.
Nuestro autor iluminado por su filia marxista trata de atribuir la religión del crecimiento permanente, no a la necesidad impuesta por el reino del capital financiero, sino a una hipotética represión de las buenas ideas de Marx y sus discípulos, los cuales habrían abogado por un freno a ese crecimiento. Un freno del que no parece echarse mano con alegría en la China gobernada por el Partido Comunista “que ha crecido durante décadas al 7% anual” (2). ¿Una pequeña incongruencia? Pequeña o grande, pasa inadvertida, porque todavía es susceptible de crecer con holgura. No seremos defraudados a la hora del tratamiento curativo.
Porque llegados ya a la terapia, nuestro doctor civilizatorio no tiene dudas: el comunismo digital nos salvará. Si el comunismo en su día fracasó, esto se debió a una falta de herramientas, que, finalmente, ya estarían a nuestro alcance. Con sus propias palabras,
“el comunismo fracasó en el siglo XX porque la tecnología no estaba lista. Ahora lo está” (3)
Y aquí es necesario pedir un tiempo muerto para tomarnos un respiro. Probablemente nuestro autor confunde comunismo con socialismo, ambos de la escuela marxista, y aquí, al contrario que en el título del libro, sí debiera haber indicado como terapia inmejorable al socialismo digital, en lugar del comunismo. La razón es que en la fase final del ascenso de la humanidad hacia su redención, en las creencias del marxismo genuino, es decir, en la etapa comunista, el Estado habrá dejado de existir, y a falta de toda estructura estatal, cabe preguntarse en qué manos quedará esa portentosa herramienta digital. Una ausencia de Estado que iría acompañada, no sólo de la desaparición de la propiedad privada, ¡sino también de la división del trabajo!, receta más que extraña para un mundo que se enorgullece del alto grado de especialización que requiere su poco afortunada gestión. Pero prosigamos con la receta y la profecía.
La salvación gracias al comunismo digital nos lleva a preguntarnos dónde ubica el autor al comunismo chino, ejemplo claro, presente, palmario de un Estado gobernado por un partido comunista y que dispone de todas esas herramientas digitales que, lamenta nuestro pensador, no estaban al alcance del comunismo soviético. Conforme a las ideas expuestas en el libro que comentamos, China posee todos los juguetes tecnológicos disponibles para alcanzar ese paraíso de civilización que nos libraría de la barbarie que el libro propone superar. Ni Google, ni Facebook, ni Amazon, ni Palantir, ni Microsoft, controlan la tecnología digital, ni la investigación en Inteligencia Artificial de China. China parecería disponer de toda la tecnología ideal y liberadora a la que aspira el señor Barroso. Sin embargo, el lector no encontrará en lugar alguno del libro una constatación de esta realidad. ¿Le chirría al autor que China no sea una democracia de partidos como manda la Santa Iglesia del capitalismo financiero? ¿Es poco presentable una China que no profesa los valores del liberalismo occidental y cultiva celosamente el nacionalismo refractario a toda injerencia extranjera?
Que el comunismo soviético, pues es únicamente este el que parece tenerse en cuenta en el libro, fracasara “por una falta de herramientas” no se sostiene. Herramientas que servirían para conocer y predecir de antemano todas las necesidades humanas y poder satisfacerlas, no en busca de un incremento de los beneficios, sino en aras del interés general. Herramientas para dar satisfacción a ese otro mantra del marxismo que sostiene que:
“De cada uno según sus capacidades y a cada uno según sus necesidades”
La tecnología digital, hoy nos permitirían, ¿a quién?, calcular esas necesidades. Pero, el comunismo, en realidad el socialismo marxista, fracasó por negar la realidad de la naturaleza del hombre, no por carecer de herramientas para calcular, moldear o satisfacer las necesidades humanas. El comunismo, como el capitalismo, sólo reconocen al hombre en su realidad material, económica. El hombre, tal como es no existe para el marxismo. Su fijación gira en torno al hombre “como debiera ser”. Este hombre ideal, inexistente, conoció una era paradisíaca inicial a la que puso fin la aparición de la propiedad privada y la división del trabajo, ambas fuentes de explotación. El final de los tiempos, ineludible, científicamente más asegurado que el próximo eclipse, y que nos traerá la sociedad comunista, nos devolvería a ese paraíso que perdimos y vendría acompañado, no sólo por la desaparición del Estado, sino también de la familia y de todo sentimiento religioso. Palabra de Marx. También cuestión de fe y negación radical del hombre biológico e histórico hasta ahora conocido.
El hombre en la creencia marxista es un ser bidimensional, determinado por factores económicos, que se mueve en un plano superficial y que es, por tanto, intercambiable. Su conciencia es reflejo de las relaciones económicas de su tiempo y lugar, ellas le determinan. Este hombre ideado sólo existe como quimera, como negación del hombre real poseedor de cuatro dimensiones.
Las dos dimensiones que se dan en el plano horizontal, el de nuestras necesidades materiales, las compartimos con el resto de los seres vivos. La dimensión que penetra espacialmente en la tierra y temporalmente en el pasado, es, en parte, propia de nuestra especie. La cuarta dimensión, la que nos llama a elevarnos por encima de nosotros mismos, la ascensión espiritual de la que hablaba el Dr. Alexis Carrel en su obra “La conducta en la vida” (4), es propia y exclusivamente humana. Gracias a esta dimensión, el hombre que aspira a una vida noble, elevada, se esfuerza por poner sus días al servicio de un ideal que le trasciende, que va más allá de su realidad corporal. Su conciencia aspira y consigue trasformar las circunstancias.
La mera y segura satisfacción de nuestras necesidades materiales, por más que esa chata meta pueda alcanzarse con la tecnología disponible, ni garantiza, ni garantizará nuestra sensación de plenitud vital, sino que irá contra ella. Sólo en la lucha por la existencia se avanza en el camino de la ascensión humana. Nuestra especie se ha forjado en un entorno de escasez y requiere precisamente de ese desafío para mantener su vigor corporal y espiritual. No se puede planificar, calcular, ni prever el afán por cultivar nuestra cuarta dimensión espiritual, ni se puede ignorar nuestro arraigo en la tierra y en la cultura de nuestros antepasados. El futuro siempre es incierto, nunca está escrito, no persigue meta alguna y no hay Inteligencia Artificial capaz de anticiparlo.
No somos páginas en blanco, que recibirían su texto impreso en función de las realidades económicas del momento, sino herederos enraizados en un territorio y nacidos en una comunidad que históricamente compartió una propia visión del mundo y de la vida. Si en el plano superficial, todos somos intercambiables, en la realidad del hombre cuatridimensional, no lo somos.
Es la ignorancia de todas estas realidades la que condujo al fracaso del comunismo soviético, y no la “falta de herramientas”, a la que se refiere nuestro autor. También es esta misma ignorancia la que se manifiesta en nuestro mundo dominado por el capitalismo financiero. Ambos niegan la naturaleza del hombre real.
Nuestro autor, Barroso, consecuente con su creencia en el hombre bidimensional, nos relata el encuentro de uno de los estudiosos de la digitalización, Douglas Rushkoff (5) con cinco milmillonarios del complejo digital de los EEUU, que:
“podrían, individual y literalmente, cambiar el curso de la historia con sus recursos”
No, no podrían. Al margen de que tampoco lo pretendan. No es el dinero el que cambia la historia, son los pueblos movilizados por el ejemplo militante de una minoría noble arraigada en su seno y entregada al servicio de la ascensión, no sólo material, sino espiritual de esos pueblos. El dinero no es mas que una convención social, un papel al que damos valor porque lo consideramos respaldado por el Estado que creemos nos representa. Un medio para los intercambios que pierde todo su valor en la medida en que no sea expresión de la riqueza intercambiable creada por un pueblo.
Douglas Rushkoff es, por otra parte, un escritor que no ha dudado en denunciar cómo los magnates de las corporaciones digitales, caso de Mark Zuckerberg, no dudaron durante la pandemia del coronavirus, en censurar todo mensaje que cuestionaba la eficacia o la aplicación de las mal llamadas vacunas contra la COVID (6). Rushkoff no parece haber sucumbido a la adoración de estas nuevas inyecciones que tanto parecen entusiasmar a nuestro compatriota Barroso, como más adelante nos manifestará.
Barroso, en su recetario para salvar a la humanidad, no sólo muestra sus filias, también alguna de sus fobias. Así teme que con el poder de las multinacionales de la digitalización y su control del discurso imperante, llegará un día en que “no necesiten prohibirnos leer a Marx o a Chomsky” (7) o “no necesiten censurar las noticias sobre el cambio climático” (¡!).
Ignoro en qué extraño mundo vive nuestro autor y en el cual se difundirían abiertamente opiniones de científicos que cuestionaran el dogma oficial del cambio climático, cuando precisamente esas corporaciones digitales están a la vanguardia de la difusión de la ortodoxia del Panel de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNPCC).
En lo que atañe a las lecturas de Marx o Chomsky, curiosa asociación en la que solo encaja el parentesco tribal, nada que temer. De Chomsky, últimamente incluso hemos llegado a leer demasiado, y algo más de lo que él quisiera, como sus cariñosos y alentadores correos a su buen amigo y anfitrión de viajes aéreos, Jeffrey Epstein. Barroso, bien podría, en el caso de lecturas real y contundentemente prohibidas, echar mano de todas la numerosas publicaciones revisionistas de la historia contemporánea europea que sí son condenadas al fuego purificador de la justicia democrática. Como, por ejemplo, toda aportación fundamentada que cuestione la realidad del llamado holocausto judío. Un terreno más que minado en el que no encontraremos a nuestro autor, por más que nos llame a “ romper las reglas que todos siguen, (a nuestro derecho) de rebelarnos” (8).
Es, sin embargo ya hacia el final del libro, cuando caigo en la cuenta de que, quizás, sí debiera haberme ahorrado el tiempo de su lectura. Después de habernos criticado con valor sin igual a los asistentes a las reuniones de Davos (del Foro Económico Mundial, WEF), aquellos seres que “discuten el futuro de la humanidad, sin ningún humano que gane menos de seis cifras”( 9), nos manifiesta su fascinación por el éxito sin igual, oficialmente declarado, que él vio tomar cuerpo en la campaña de la mal llamada vacunación contra la COVID iniciada el año 2021. Campaña que contó con el empuje, las alabanzas y las bendiciones, no solo papales, sino también, precisamente de esos mismos señores, y señoras, de Davos. Los de las seis cifras.
Barroso parece ignorar que fue precisamente desde la presidencia de ese Foro de Davos desde donde se lanzó el cántico a la pandemia como ocasión para el “Gran Reinicio”, en palabras y título del libro escrito por el presidente, entonces, del WEF, Klaus Schwab (10). Un reinicio, no para acabar con el capitalismo, sino para rebautizarlo como el capitalismo de las llamadas partes interesadas. O sea, el de los señores y señoras de las seis cifras. La pandemia no fue una demostración de que “se puede parar la máquina del capitalismo” (11) como ingenuamente, o con absoluta ignorancia, afirma Alán Barroso, fue una vuelta de tuerca más en la acumulación de riqueza de ese mundo digital y financiero que él dice rechazar. Sólo la economía real sufrió. El capital digital y especulativo celebró por todo lo alto sus particulares bodas de Camacho. Hasta hoy. Suma y sigue.
Debemos preguntarnos, si fue una medida beneficiosa que se pinchara por igual, en nuestra benéfica Unión Europea, a ricos y a pobres, como Barroso manifiesta, ¿acaso lo fue que nos ahorraran el espectáculo de que los ricos se pincharan más que una modista y los pobres se libraran del aguijonazo? Dado que el libro de Alán Barroso se publicó en 2025, no cabe aducir ignorancia para desconocer todo el entramado mafioso entre la farmaindustria y las autoridades sanitarias, tanto de la UE como de los Estados Unidos. No cabe alegar desconocimiento de la ocultación por parte de Dña. Ursulina von der Leyen de sus tratos fétidos con Pfizer-BioNTech, tratos que siguen ocultos en la Europa de la transparencia. Y no cabe ignorar el aluvión de efectos secundarios nefastos y persistentes derivados de la aplicación por vez primera de la tecnología del ARN mensajero modificado, fundamento de todas esas inyecciones que tanto enorgullecen al Sr. Barroso y de la que le suponemos agraciado receptor de su parte alícuota.
La lectura del libro comenzó con una promesa de ofrecernos esperanzas para esa futura, más bien presente, batalla por la humanidad y terminó con un sello de conformidad al mayor experimento realizado con varios miles de millones de cobayas humanos para mayor gloria de la farmaindustria y todo el complejo tecnológico digital que se forró con la pandemia. Muy por encima de esas seis cifras de los huéspedes davosianos. Como balance, queda lejos de ser muy alentador.
Carlos Feuerriegel
(1) Alán Barroso, “Civilización o barbarie”, Ediciones B, 2026
(2) Ibidem, pág.130
(3) Ibidem, pág. 102
(4) Alexis Carrel, “La conducta en la vida”, Ed. Guillermo Kraft, Buenos Aires, 1951
(5) Alán Barroso, pág. 157
(6) Entrevista Douglas Rushkoff en youtube.com/watch?v=rxSdzapOmzM
(7) Alán Barroso, pág. 55
(8) Ibidem, pág. 82
(9) Ibidem, pág. 16
(10) Klaus Schwab & Thierry Malleret, “COVID-19. El gran reinicio”, Foro Económico Mundial
(11) Alán Barroso, pág. 39