En recuerdo de Alonso García, “el manco”
CARLOS FEUERRIEGEL
El reencuentro fue sorprendente, también pudo ser fatal. Después de más de dos décadas, a finales de los años ochenta, Alonso reaparecía como una visión irreal de otro mundo: conduciendo una motocicleta, en el medio de una curva sin visibilidad alguna, y valiéndose de una sola mano. Aquello ocurrió en el paraje de Cubillas en las fragosidades forestales del término de Quesa. Mis recuerdos primeros de Alonso estaban, sin embargo, desprovistos de tanto peligro y taquicardia, pertenecían al bucólico mundo pastoral de mis veraneos infantiles.
Alonso, antes y entonces, en aquella pista en la que se rozó la calamidad, siempre fiel al personaje real y verdadero de otro mundo que él fue. Un mundo que ya no existe y en el que tampoco creo que abundaran los ejemplos de personas que desde su mocedad se vieron abocados, tras la pérdida de un brazo por incompetencia médica, a pastorear el ganado por los más escondidos montes del interior valenciano.
Al poco de hallarle en Quesa, supe que había vuelto al Valle y que tenía su rebaño de cabras en la finca de “El Marijuano” de Zarra. A partir de entonces, nos volvimos a ver con regularidad. Es cierto que hasta mediados del pasado siglo, los montes de nuestros pueblos acogieron a una parte considerable de los habitantes de estas comarcas, del Valle de Ayora, de la Canal de Navarrés; en eso, Alonso no caminaba por senda no trillada por tantos otros. La excepción radica en que Alonso nunca abandonó ese entorno duro y extremo, más aún, si cabe, en su caso. No sentía atracción alguna por la vida en el pueblo. El monte y sus animales eran su vida. Hablar con él era realizar un viaje al pasado con cómodo billete de vuelta y sabiendo que tras cada despedida él quedaba en su mundo carente de toda comodidad.
España estuvo poblada en el pasado remoto por pueblos que sorprendieron a sus diferentes conquistadores por gentes extremadamente austeras, parcas en necesidades, hechas a un entorno hostil y extremado; en su clima, en sus suelos y en la vegetación que ambos, pobremente alumbraban. La cabra blanca ibérica era el animal domesticado que mejor se adaptaba a esas condiciones, bajo la mirada atenta y conocedora de sus pastores.
Alonso apenas sí sabía de letras y números. Con mil ojos debía prestar atención al mercadeo de sus chotos para no salir trasquilado en el trueque con aquellos siempre listos para sangrar al confiado. Y sin embargo, en su actitud ante la vida rezumaba por todos sus poros la sabiduría que dejó en sus escritos aquel otro ser hispánico, Séneca, que nos llamaba a conservar la serenidad y la imperturbabilidad ante todos los sucesos de nuestras vidas. La fortaleza ante la adversidad, la medida en las horas de triunfo.
Mi último encuentro con Alonso fue en la residencia de ancianos San José de Almansa, en la que moriría. En mi ignorancia siempre juzgué que, sacado del monte que había sido su vida, y hurtado de sus soledades, Alonso no podría convivir en un espacio muy limitado y con seres totalmente ajenos al que había sido su mundo. Me equivocaba. Con la misma naturalidad y sonrisa que se desenvolvía en su ruina de casa gélida, más madriguera que hogar, lo encontraba ahora rodeado de atención y compañía. Sin añoranzas ni celebraciones. Una nueva lección que él me dio, de aquella ataraxia clásica de los hombres sencillos y nobles del campo, hechos a convivir con las fuerzas de la naturaleza incontestable. Con sus luces y sombras, sus altos y bajos.
“El viento que pasa”, es la narración de unos días que pudimos compartir con Alonso, con sus animales y en el pueblo donde nació, Alcalá del Júcar. Es una mirada, llena de respeto, a un mundo que fue.