CARLOS FEUERRIEGEL
Joris Luyendijk fue durante cinco años, de 1998 a 2003, corresponsal de medios de comunicación holandeses en el Oriente Medio. Parte de ese tiempo decidió vivir en la parte oriental de Jerusalén, ocupada desde 1967 por el Estado judío. En 2006 escribió el libro “Gente como nosotros” (1), que recogía parte de sus vivencias en aquellos años y que obtuvo una considerable difusión tanto en Holanda, como en Alemania o la Gran Bretaña. Luyendijk no era un corresponsal al uso, inicialmente ni siquiera había estudiado periodismo. Era un licenciado en lengua árabe por las Universidades de Amsterdam y El Cairo.
Su dominio de la lengua árabe le permitió tomar el pulso directamente al estado de ánimo de la calle y en los países en los que trabajó: Egipto, Jordania, el Líbano y la Palestina ocupada. También le dio una visión no desfigurada de las entrañas del mundo de la información en nuestros países occidentales, un mundo que se precia de ofrecernos una visión veraz, objetiva, de una región que es el principal foco de tensión en el mundo desde hace ya prácticamente un siglo. La región que hoy podría ver desencadenarse una guerra que supere en su alcance a todas las ya sufridas desde los años veinte del pasado siglo.
Luyendijk tuvo que familiarizarse con la regla de oro de la televisión. La llamada “tijera de la información”. Esta regla es muy sencilla: para que un mensaje llegue realmente al televidente, debe coincidir el mensaje que traslada la palabra hablada con la imagen que estaría siendo descrita por esa palabra. La palabra llegará a nuestro cerebro, nos llama a reflexionar, la imagen nos golpeará en el estómago, despierta nuestra emoción. De no coincidir las dos hojas de la tijera, prevalece la imagen sobre la palabra, la información no llega correctamente y la tijera no corta.
No hay ni que decir que vivimos en el mundo de la imagen, aquel que dice valer más que mil palabras. Esto dificulta enormemente hacernos una idea cabal de situaciones que son la norma, menos retratables en una imagen, y ante la relevancia que reclama la excepción, más explosiva y plástica. Luyendijk lo ilustra con un ejemplo de su experiencia como corresponsal. Es sencillo recoger en una toma de la cámara, las consecuencias de un atentado de la resistencia palestina contra las fuerzas ocupantes, o incluso contra civiles no uniformados. Basta fijar el objetivo sobre los cuerpos inertes y ensangrentados y no es difícil dar con las palabras para acompañar a esas imágenes duras y cargadas de visceralidad.
Pero ¿cómo recoger en una imagen que ni siquiera podrá superar el minuto de duración, el horror y el duelo sufrido por la población de la Palestina ocupada durante décadas? No es posible grabar las muertes de pacientes en ambulancias bloqueadas por controles del ejército judío en los incontables puntos que cada día buscan hacer imposible la vida a los palestinos; no resulta fácil grabar a las retroexcavadoras gigantes de ese mismo ejército arrasando los campos de olivos que durante generaciones cultivaron los campesinos palestinos. No veremos en nuestras pantallas al sin número de niños palestinos abatidos por francotiradores del ejército judío. Ni el ejército lo permite ni es posible desplazar equipos de grabación a la espera de que sucedan esos hechos. Es ya larga la lista de periodistas asesinados por haberse atrevido a desafiar ese impedimento que no permite que las imágenes de la normalidad brutal que padece la población ocupada llegue a nuestras casas. Y si no llegan, no existen para nosotros.
La carnicería que el Estado judío en estos momentos perpetra en Gaza, rompe excepcionalmente la regla de la tijera que normalmente ha jugado en contra del pueblo palestino. Hay palabras y hay imágenes en terrible abundancia para dar la vuelta al mundo. Es la segunda gran derrota que sufre ese Estado en apenas unas semanas. A un coste inimaginable para una población encarcelada desde hace casi dos décadas. Puede que en muchos países occidentales esas imágenes lleguen con sordina, que las palabras traten de relativizar lo que es absoluto, pero el mundo no acaba ni en los Estados Unidos ni en nosotros, sus pobres vasallos. El mundo también son los cerca de mil millones de musulmanes con acceso a otras fuentes de información. El mundo también es la República Popular de China, Rusia o la India. En ese mundo, la tijera corta con filo de hoja de afeitar. En ese mundo los valores del occidente siempre solidario con el ocupante en Palestina, se escapan a través de la herida abierta por la tijera de Gaza. Sin remedio, sin emplastos que valgan.
Décadas de desinformación interesada, nos han hecho aceptar como palabras sinónimas el islam y la violencia. No lo son. Esa idea no responde a la normalidad de cada día en esas sociedades. Luyendijk lo manifiesta reproduciendo un cartel que colgaba en una librería palestina de Jerusalén oriental:
“En la primera viñeta se ve a un esquimal enfadado que afirma, “mi nombre es Menachim, y ¡Jerusalén es MÍA!”, al lado un hombre negro igualmente enfadado, “mi nombre es David, y ¡Jerusalén es MÍA!”, un norteamericano con sombrero tejano y pateando firmemente el suelo, “mi nombre es Shimon, y ¡Jerusalén es MÍA!”, un ruso furioso, “mi nombre es Shlomo, y ¡Jerusalén es MÍA!”, un indio iracundo, “mi nombre es Benjamin, y ¡Jerusalén es MÍA!”. la última viñeta la ocupa un palestino lleno de confusión: “mi nombre es Mohamed, nací en Jerusalén, pero debe de haberse tratado de un error”
No hay turbas vociferantes, ni puños cerrados, ni tiros al aire en este humilde cartel, lleno de ironía y dolor. No responde a nuestra imagen del islam violento e irracional. Sería difícil aplicar la regla de oro de la tijera a este cartel de la librería palestina. Estaba escrito en árabe, habría que traducirlo y una imagen sin movimiento carece de atractivo, pero en él se recoge el drama y la raíz del sufrimiento que hoy rompe todos los diques en la franja de Gaza. Cualquier persona que demuestre ser judía conforme a los criterios vigentes en la entidad sionista, tiene derecho a la ciudadanía israelí, pero los palestinos nacidos allí o hijos de los allí nacidos no pueden volver a la tierra y los pueblos de los que fueron expulsados. Podremos cerrar los ojos a esta realidad, pero ella va a seguir llamando a nuestra puerta. No cabe hacerse los sordos.
(1) Joris Luyendijk, “People like us”, Soft Skull Press, Berkeley, California, 2009